César Antonio Molina; más poeta que ministro; más hombre de letras que político. Era el ministro idóneo para el poco apreciado mundo de la cultura. Llegó Molina a un ministerio, que algunos consideran superfluo, con voluntad de hacer bien las cosas acabando con las cesantías recurrentes de otro tiempo. El culto ministro instauró la estabilidad de los directores de los distintos organismos culturales de su ministerio: bibliotecas, Institutos, museos, orquestas, teatros… Era en el ministro un gestor de la cultura sin tintes sectarios ni talante partidario.
Consideraba al gravoso cine más industria que vehículo cultural. Cuando Molina fue elevado al más alto estamento de intervención cultural, todo aquel que piensa más en la obra bien hecha que en los beneficios personales de las subvenciones, o en canonjías ocasionales, todos, recibieron al nuevo ministro con esperanza. Pero duró poco. El que pocas veces ha leído un libro “inútil”, no ha visitado un museo, ni asistido a más concierto que a los amañados por intereses familiares, apenas a un teatro donde no actuaran “los suyos”, ese, es quien ha considerado que un trato igualitario para todos “no vende” y ha destituido al buen poeta al que condenara antes a ministro.
Convenía corregir tanto desmán cultural y confiar el asunto a cualquiera más comprometido. Alguien como la ya ministra de cultura, Ángeles González Sinde -¡manda huevos!- quien dedicará todo su talante afín a contemplar a la cuadrilla de la ceja quebrada y el cordón sanitario, tan necesitados ellos de cariño, ahora que nadie los quiere ver en la pantalla y pocos en el teatro.
Habrá que mimar a esa desdichada industria del cine (¿por qué no se la asignan al ministro Sebastián?) aunque nos cueste demasiado a todos la escasa cultura que representan las paridas filmadas de los sabios intelectuales del puño y la pancarta –los demás somos imbéciles (Cuerda dixit)-. Esa industria de propaganda sectaria que sonríe ahora, segura –seguros los del cordón- de que la ministra Sinde, defensora ella del canon, se preocupará, casi en exclusiva, de mimarlos a todos con “dinero de nadie” (gran hallazgo de teoría económica, aportado por la ex ministra Calvo) sin considerar que su desconocido juguete abarca también otros ámbitos culturales de gran calado entre los ciudadanos.