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Mariano Torralba

El chivato

Hace algunas décadas los teatros celebraban cada Sábado de Gloria, “la segunda temporada importante del año”, en esta se anunciaban (también lo hacían los cines) estrenos de espectáculos de primera categoría.

El chivato

Desde antiguo, los hombres han utilizado gestos, además del lenguaje, para saludar en son de paz. Ya los romanos saludaban brazo en alto, con la mano abierta y extendida, para mostrar que no portaban armas; que su intención era pacífica. Costumbre más cercana fue la de quitarse el sombrero al presentarse ante el visitado. También los militares de distintas épocas establecieron saludos castrenses de diversos formatos y los histriones e histrionisas han venido empleando el singular “saludo de la ceja” como gesto de admiración y apoyo a su elegido gobernante.

El chivato

Según el diccionario, mentidero es el “sitio o lugar donde se junta la gente ociosa para conversar”. Algunos mentideros madrileños, mientras existieron, ofrecieron una rica y veraz fuente de noticias, cuya difusión e intercambio se producía de viva voz cara a cara. Así ocurría en las célebres gradas de San Felipe el Real, en plena Puerta del Sol, entre las actuales calles Correo y Postas, donde los propios reyes Felipes, II, III y IV, enviaban a sus confidentes, que daban parte -de primera mano- de cuanto acontecía en la villa, antes de que se extendiera al resto de las Españas.

EL CHIVATO

El PIB es masculino… Claramente masculino. Lo dijo la asombrosa ministra de Sanidad, cuando ya pensaba en prohibir el uso del tabaco – ¿por ser también masculino?-. Si la culpa de la crisis ¿qué crisis? la tiene la masculinidad del PIB (Producto Interior Bruto) con sus tres palabras del género malhechor, es deducible que la peligrosidad del tabaco provenga también de su pernicioso género. La pasmosa ministra que nombra a quien le sale de los cojones (sic), de la misma manera prohíbe lo que le sale del mismo sitio; es decir, de unas gónadas inexistentes en las hembras, por muy ministras que sean.

EL CHIVATO

Y no es que el teatro se signifique sólo por el aumento generalizado de las recaudaciones por taquilla. Sino que vuelve a servir de argumento para las memeces protagonizadas por algunas señorías políticas paritarias que habitan el gobierno. Ya hubo una ministra de Cultura, de nombre Carmen y apellido Calvo -¿debería decirse Calva?- que se lanzó a decir: “el dinero no es de nadie”. Claro que la ministra del “Dixi Pixi” omitió que ese dinero “de nadie” siempre va a parar a las manos de los mismos; esos que deben ser los “nadie” amos de la tela y que, con solo elevar una de sus cejas y encerrarse tras el “cordón sanitario” consiguen toda suerte de canonjías a modo de subvenciones. Para estos titirivainas no existe la crisis ni el paro y, aun no se ha descubierto el antídoto que proteja a los cómicos de a pié de las miasmas ideológicas que los tales sujetos exalan con su aliento.

El chivato

Los agravios al teatro no cesan. Además de la crisis que, es cosa de ahora; la descarada atención de los medios al deporte y los funestos horarios de transmisión de encuentros exigidos por el mercantilismo futbolero, ahora vienen ciertas reivindicaciones “hembristas” que tratan de poner patas arriba el diccionario y las costumbres establecidas y aceptadas, hasta por “todas las personas” capaces de crear comedias y obras dramáticas.

EL CHIVATO

La nueva temporada de lucha a pierna partida (lo llaman fútbol) ha empezado con el estreno de “fútbol todos los días”. Inútil intento de adormecer a los paisanos, cada día más avezados en eso de evaluar a sus próceres. Por muchos jeribeques que urdan los arrulladores de opinión, a los aficionados al teatro –siempre en aumento- no se la dan con queso.

EL CHIVATO

Los políticos, a quienes sólo interesa el teatro cuando lo utilizan, si de izquierdas distinguiendo a sus gentes y, si de derechas, premiando también a las mismas gentes; esos que mandan ahora y detentan el poder sobre el teatro como amos de sus escenarios, han hurtado de las tablas a Blanca Portillo, una de nuestras buenas actrices, a quien premian con una canongía remunerada, enriquecedora del bagage artístico de Portillo pero distanciadora de los escenarios que, ya solo vislumbrará desde su despacho de directora del Festival de Teatro Clásico de Mérida.

El Chivato

La tarde madrileña no invitaba al paseo; ni siquiera estimulaba a los aficionados a lecturas teatrales (tantas veces precursoras de éxitos). A pesar del extemporáneo frío y una lluvia molesta, la acogedora sala de la Casa de Valencia, en el Paseo del Pintor Rosales, se adornó de público ávido de buen teatro, enterado de que allí se procedía, en sesión única, a la lectura escenificada de “El ocaso de los brujos”, del valenciano Juan Alberto Gil Albors, dirigida por el también valenciano José Francisco Tamarit, director teatral y maestro de actores en la bella localidad alicantina de Alfaz del Pi.