Hace algunas décadas los teatros celebraban cada Sábado de Gloria, “la segunda temporada importante del año”, en esta se anunciaban (también lo hacían los cines) estrenos de espectáculos de primera categoría.
Era un tiempo, apenas instaurada la televisión, en el que los cómicos relevantes –y muchos otros-comenzaban a disfrutar suculentas ganancias, (sin apenas impuestos en la época) a base de actuar los siete días de cada semana, celebrando dos funciones diarias y, a veces, una “sesión golfa” tras la segunda del día, para que otros cómicos pudieran asistir de madrugada a presenciar lo programado en los numerosos teatros privados de Madrid (cerca de cuarenta). Un tiempo en el que se consideraba gran éxito que una comedia alcanzara las cien representaciones en algo menos de dos meses.
El gran empresario Arturo Serrano, decoró su Teatro Infanta Isabel, con copias reducidas de los carteles cuyas funciones alcanzaron el jalón de las “cien”. Lástima que el pequeño tesoro desapareciera del vestíbulo tras la leve reforma realizada por Santiago Paredes, continuador de un “Infanta” que, dormido durante algún tiempo sin pena ni gloria, fue despertado por Enrique Salaberría (empresario de los teatros: Alcázar, Fígaro, Gran Vía, Infanta…).
Ahora, el Sábado de Gloria es Sábado Santo desde el Concilio Vaticano II de Juan XXIII, pero sigue siendo el mismo día del Triduo Pascual, aquel en que "...rogó a Pilatos José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por temor de los judíos, que le permitiese tomar el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo se lo permitió. Vino, pues, y tomó su cuerpo…”. Es la conmemoración de Jesús en el sepulcro y su descenso al abismo, no a la Gloria. Por eso debió ser adoptada la nueva denominación litúrgica.
Entre la cacareada crisis de autores –que es la más seria del teatro-, la crisis “¿qué crisis?”; la desaparición de los tradicionales estrenos del Sábado de Gloria; y sobre todo, a causa del caprichoso cambalache de la Administración al trasladar el culto y triste Festival de Otoño hasta un alegre (¿) Festival de Primavera, decisión errónea, poco meditada y perjudicial para los teatros privados, esencia del teatro libre y renovador, que se sienten despojados de la lucrativa temporada que enriquecía el tiempo primaveral.
Temporada precursora antes de la gira veraniega por el Norte; un tiempo desaparecido en el que las giras lo eran por los teatros privados de toda España, sin injerencias de morosos municipios con ediles diletantes. Ítem más,, los comediantes ya no “tragan” las catorce, ni las trece… Ahora se hacen seis o siete funciones por semana. Un tal Pepiño, si el caso le perturbara diría: La culpa es de Juan XXIII y su Concilio, o de Franco, o hasta de los Reyes Católicos. Por eso, por católicos, ¡Ea!
