Hace años, cuando comenzaban a reivindicar de todo los agazapados durante cuarenta años, muchas calles de todas las ciudades y pueblos de España sufrieron cambios de nombre. En aquel tiempo yo colaboraba en el diario Pueblo del maestro Emilio Romero y escribí un artículo titulado: “La trasnominación de las calles” en el que propugnaba un procedimiento menos hiriente que el irreconciliable de los pancarteros puñeteros (de puño en ristre), que ya proliferaban como hongos yesqueros. El asunto consistía en añadir un “apellido” a los nombres, más o menos ilustres, que portaban las calles.
Por ejemplo -escribía yo- la calle de Guzmán el Bueno podría cambiar su nombre por Guzmán el Malo según los políticos gallos del momento; y la tal calle siempre sería la de Guzmán (Alonso Pérez de Guzmán, duque de Niebla) con el consiguiente ahorro en tarjetas de visita, guías de teléfonos, documentos oficiales, padrones municipales… Además, amigos y enemigos de Guzmán (cristianos o moros) conservarían el recuerdo del personaje admirado u odiado, sin necesidad de recurrir a memorias históricas.
Viene al caso en un momento en el que los puñeteros –en contra de la mayoría de los ciudadanos- han resuelto la eliminación del nombre de un ilustre general que probó su valía en la guerra de Cuba, para sancionar a una calle sevillana con el nombre de una cómica de reparto, cuyas armas han sido más probadas en calles que en escenarios. Lo curioso es que la tal aspirante a “pasionaria” aunque sea de atrezzo, tiene más calles en más pueblos y hasta presta su nombre al teatro de una localidad madrileña de alcalde comunista. Qué tristes han de sentirse los grandes que forjaron sus nombres en o para el teatro como Albéniz, Calderón, María Guerrero, Marquina, Muñoz Seca, Romea, Valle Inclán… Que solo por su grandeza lograron el clamor popular –no partidario- para figurar en placas de calles, plazas o teatros. Y tristes aquellos que, con estimables méritos profesionales, no supieron, o no quisieron, apoyar con gestos y actitudes a los políticos imperantes.
Los vecinos de Sevilla rechazan con su razón la imposición sectaria; prefieren el nombre del heroico general lugareño que los ignorantes confunden, a sufrir la “convivencia” callejera con personajes de poco fuste, dudosa subsistencia y equívoco mérito. Hay suficientes nombres ilustres en la farándula de un tiempo pasado y algunos en la actual con más derecho, más mérito y más seguidores, ciertamente idóneos para engalanar calles, plazas y teatros. ¿Lo sabrá Monteiserín?