Pasaba de la media noche. Noche templada de vocación veraniega. Los teatros habían terminado ya sus sesiones vespertinas de horario europeo. Los cómicos activos disfrutaban la quietud de la breve jornada laboral pero… No todos.
En mi caminata de regreso a casa, desde la luminosa Gran Vía. En una calle solitaria, atajo de mi camino, me topé con una mujer aun joven, acompañada de un perrazo que portaba una guitarra. Confiado por la presencia del can, de la guitarra y de la chica que tutelaba el grupo, reduje mi marcha intuyendo alguna comunicación próxima; que sonara la guitarra o ladrara el perro y hasta que la muchacha cantara… Pero esta habló. Y lo hizo quejándose de su mala suerte: dos cuerdas rotas de la guitarra la entretuvieron hasta que se vaciaron de gentes las terrazas y se esfumaron las pocas posibilidades de recaudar lo necesario para el sustento diario. No te aflijas mujer –le dije- puedo compensarte, con algunas monedas, la nada productiva jornada y, la chica –cada vez me parecía más joven- agradecida por el gesto, me regaló una melodía con su voz y su guitarra, mientras el perro escuchaba, casi tan interesado como yo mismo. “No existe un momento del día/ en que pueda alejarme de ti…”. Si, era la vieja canción del cubano César Portillo de la Luz, estrenada allá por los cuarenta, cuando Castro, camino de la sierra, aun tenía engañados a los incautos que financiaron su revolución. Cuando acabó de cantar para mí solo –nunca había experimentado tal situación, en mitad de la calle- le dije –ya tuteándola- “Cantas muy bonito”. –He cantado en el coro del Teatro de La Zarzuela y he actuado en un musical producido por Alonso Millán…
-¿Cómo te llamas? –Le dije, sospechoso de conocerla-
-”Paloma” –contestó-
La muchacha con perro y una guitarra, a quien encontré a media noche, era una antigua conocida mía; ambos habíamos participado en “Anny” –yo, como empresario- hace… un montón de años. Cuando Paloma era una jovencísima actriz-cantante de quien todos estábamos prendados; todos, hasta un ex canta-músico de un grupo isleño denominado “Los Canarios” que fue quien se la llevó al río con solo diecisiete añitos. Luego se casó y nació una preciosa niña.
El de “Los Canarios” había cosechado ya un sonado éxito en el triunfante musical “Jesucristo Súper Star”, con el impar Camilo Sesto, encarnando el papel de Judas pero, sin un horizonte claro para mantener a la nueva familia.
Juan José Alonso Millán, a la sazón Presidente de la Sociedad General de Autores de España, producía y dirigía “Anny” –donde actuaba Paloma Morla- y le ofreció al canario la dirección musical de la comedia americana y, poco después le nombró Vicepresidente de la SGAE. El flamante “Vice” abandonó al Teddy de Los Canarios y pasó a llamarse Eduardo Bautista. Al cambio de nombre le sucedió la compra de un lujoso chalet y al cambio de esposa el abandono de la primera; de la bella Paloma. La misma que cantaba “Contigo en la distancia” la noche aciaga en que la rotura de dos cuerdas de una guitarra pusieron en peligro el sustento diario de la abandonada actriz cantante. El canta-músico, Judas, director de orquesta y Vice, no se acuerda ya de Paloma o de su hija Yaiza; ni siquiera para ayudar a la supervivencia de la antigua familia.