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Y DIGO YO

EL CHIVATO

El próximo mes cumplirá tres años el establecimiento del denostado canon aplicable a grabadoras y a sus soportes, a teléfonos, a memorias portátiles y a cuantos utensilios capaces de grabar y reproducir imágenes, sonidos o datos.

El chivato

Es ya una costumbre entre gentes –sobre todas jóvenes- de esas que gastan sus dineros en “divertirse mogollón”, afirmar que “les gusta mucho el teatro pero… es tan caro…”

el chivato

Pocas veces se siente la necesidad de aplaudir a un actor que no ha pronunciado palabra durante los primeros seis minutos de la comenzada representación; en un silencio insufrible para el espectador, si el personaje –el actor- no es un virtuoso del gesto, capaz de llenar el escenario con su sola acción. José Luis López Vázquez nos encogió el corazón a los cientos de espectadores que llenábamos el María Guerrero –aun lleno de termitas, en 1982-.

el chivato

Hay quienes afirman –los teatreros sobre todo- que si el Teatro gozara de la misma promoción por parte de los medios de comunicación con que cuenta el fútbol, no habría una sola butaca libre en ninguno de los teatros de gestión privada.
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El chivato

El aburrimiento debiera ser proscrito del teatro. Asaz aburren los políticos en sus cámaras, auténticos escenarios sin telón material, donde aun existen los “entre bastidores” y los “arrojes”. El pensador francés Joseph Joubert, escribió en el siglo XVIII: "El teatro debe divertir, noblemente, pero nada más que divertir. Pretender hacer de él una escuela de moral es corromper a la vez la moral y el arte". Pero lo moderno, lo intelectual, lo progre, pasa por el aburrimiento sin que nadie “meta el pié” como hacían antes los buenos aficionados. El temor a ser tachado de inculto –en los estrenos, claro- obliga a dormitar en disimulo, anclando bien la cabeza, o a poner cara de un interés enorme.

El chivato

El pretendido Broadway madrileño, la Gran Vía, cumplió el domingo sus primeros cien años. Casi sin cines ya; sin aquellos lujosos recintos donde se estrenaban las mejores películas y nadie podía entrar sin corbata, la guapa avenida ha sabido resistir a medias el embate de mercachifles nada parecidos a aquellos mecenas que tanto la adornaron de cultura: el maestro Jacinto Guerrero, creador del Teatro Coliseum (1932), o el Marqués de Fontalba, a cuyas expensas se construyó el más lujoso de todos, el Teatro Fontalba (1924), desaparecido como tantos otros por el poderío y la avidez expansiva de un banco que murió de castigo (Coca), ahora, el hermoso vestíbulo y el que fuera confortable patio de butacas están ocupados por una tienda más de ropa barata.

el chivato

Decidí aplazar algún tiempo mi panegírico a la memoria de mi amigo Luis Aguilé, conviniendo con Byron en que, “el hombre es un péndulo entre la sonrisa y el llanto” y, desde este no encontraba las palabras. La ley del péndulo, inexorable como es, me trajo al fin a la sonrisa y es desde aquí de donde mejor puedo evocar la memoria de quien fuera un madrileño desde 1963 y español a partir del noventa.

El Chivato

Por todas partes proliferan las escuelas de teatro. Las hay universitarias o superiores, autonómicas, municipales, particulares… Todas con la buena voluntad de crear buenos profesionales pero, la mayoría sin profesores competentes. En otro tiempo -cuando La Real Escuela Superior de Arte Dramático fue creada en 1831 impulsada por la reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII- los mejores actores eran quienes enseñaban a los neófitos los secretos de las tablas. Después, los aprendices (meritorios) practicaban desde mínimos papeles, entre profesionales de las mejores compañías.