El pretendido Broadway madrileño, la Gran Vía, cumplió el domingo sus primeros cien años. Casi sin cines ya; sin aquellos lujosos recintos donde se estrenaban las mejores películas y nadie podía entrar sin corbata, la guapa avenida ha sabido resistir a medias el embate de mercachifles nada parecidos a aquellos mecenas que tanto la adornaron de cultura: el maestro Jacinto Guerrero, creador del Teatro Coliseum (1932), o el Marqués de Fontalba, a cuyas expensas se construyó el más lujoso de todos, el Teatro Fontalba (1924), desaparecido como tantos otros por el poderío y la avidez expansiva de un banco que murió de castigo (Coca), ahora, el hermoso vestíbulo y el que fuera confortable patio de butacas están ocupados por una tienda más de ropa barata.
También una entidad mercantil, la Inmobiliaria Metropolitana dotó a la Gran Vía de un teatro, el Lope de Vega (1949), a sabiendas de que ya en los cuarenta, el teatro no era el mejor negocio. Otros como el Avenida y el Palacio de la Música no resistieron las millonarias ofertas que, a su último propietario, el rico constructor valenciano Bautista Soler, le hicieran unos grandes almacenes –más ropa barata-, y el Ayuntamiento –menos mal- que este lo adecuará como sala de conciertos. Gracias a la iniciativa privada quedan, además de los citados Coliseum y Lope de Vega, el Gran Vía, el Rialto y los aun recuperables para teatro Capitol, Callao y Palacio de la Prensa. También el Príncipe Gran Vía y el Arlequín a pocos pasos de la céntrica avenida. Lejos queda la inauguración del que fuera precursor de los teatros de la zona, el Teatro de la Gran Vía que inaugurado el 8 de marzo de 1911, en el lugar que hoy ocupa el Cine Callao, fue uno de los centenares de edificios que sucumbieron bajo la piqueta para dar paso a la nueva gran avenida que terminaba en la Plaza de España. Durante sus cien años, la Gran Vía ha cambiado de nombres: calle Eduardo Dato; avenida de Pi y Margall, Conde de Peñalver. Poco antes de comenzar la Guerra Civil, en 1936, Avenida de la CNT y después, Avenida de Rusia, Avenida de la Unión Soviética, con una placa con los escudos de la II República Española y la Unión Soviética. Como todos opinaban y nadie mandaba, también se llamó Avenida de los obuses o, Avenida del quince y medio, en referencia a los proyectiles que arrojaban los aviones nacionales sobre el edificio de la Telefónica. En 1937 el tramo llamado Eduardo Dato recibió el nombre de avenida de México. Al finalizar la Guerra Civil en 1939, la calle pasó a llamarse Avenida de José Antonio. Ya en 1981, siendo alcalde de Madrid el socialista Enrique Tierno Galván que no se atrevió a recuperar algunos ridículos nombres, cambió el nombre a muchas calles, entre ellas el de la Avenida de José Antonio, que desde entonces se denomina simplemente Gran Vía.
Ocupación estimada durante la semana del 29 de marzo al 4 de abril
