Opinión

Antonio de Andrés

Norberto Alcover | Miércoles 29 de abril de 2009
Seguramente, ninguno de mis lectores lo conocerán. Como solemos desconocer a nivel nacional a los simples sacerdotes seculares que pasan años y años en cualquier parroquia y un día inesperado fallecen, sin más. Se pierden en el infinito mar de una Iglesia misteriosa y formada por tantas personas excelentes que, tras servir a los demás años y años, desaparecen, algunos les lloran, y se acabó. Me dirán que es lógico, pero es que el celibato, en tales casos, pasa factura: no hay pareja, ni hay hijos, ni hay nietos… Un detalle en el que no recalamos los demás. Un detalle muy serio. Que solamente comprende el sacerdote muerte y su Dios, tanta veces en la bruma.

Hace unos días y en el Barrio del Cristo de Valencia, ha fallecido tras una caída fortuita, Antonio de Andrés. Tenía 77 años, estaba muy mal de la vista, y renunciando a su correspondiente paga como presbítero, se ganaba la vida como pintor, como pintor de paisajes, sobre todo. Era un esmerado cristólogo, una cabeza privilegiada, cuyas homilías levantaban fervores entre los fieles, pero apenas deja obra escrita. Y sobre todo era un hombre entre los hombres, entre sus parroquianos, a quienes daba sin descanso un tremendo testimonio sacerdotal dentro y fuera del templo. Le querían a rabiar. Le cuidaban como uno de sus mejores bienes. Desde mi punto de vista, era uno de esos santos con quienes nos cruzamos en la vida tan buenos, tan buenos, pero tan normales que apenas nos llaman la atención, salvo cuando marchan a la gloria de Dios. Entonces, rebobinamos y…

Por lo menos, desde aquí hago memoria de Antonio de Andrés, sacerdote, hombre bueno, inteligente y sacrificado. Ha recogido lágrimas, pero muy pronto será olvidado. Mientras tanto, descansa en Dios, quien a estas horas ya le abrazará con su infinita Paternidad. Célibe, sabía que tal momento llegaría.

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