Críticas de Teatro

Grecia, el éxito del teatro y sus amigos

el chivato

Domingo 17 de febrero de 2008
Hubo un tiempo en el que el teatro se nutría de los coregas, burgueses pudientes que costeaban la escenificación de las obras teatrales y contribuían al sostenimiento del teatro en la Grecia antigua. Desde que aquel poeta del Peloponeso, llamado Arión -precursor de los autores dramáticos- compusiera su primera obra, la afición al teatro había aumentado tanto que se llenaban recintos como el teatro de Atenas, en el que cabían 17.000 espectadores, o el de Dfero, donde entraban 30.000, y el mayor de todos, el de Megalópolis, para cerca de 35.000.

El público griego, aficionado, sobre todo, a las pantomimas y al género bufo, se deleitaba con las interminables representaciones que comenzaban poco después de la salida del sol y terminaban al anochecer. El precio de las localidades, el teorikón, era de dos óbolos. Mucho antes de que el acuerdo Aguirre-Gallardón estableciera el precio de tres euros para los mayores, ya en tiempos de Pericles, el gobierno daba un óbolo para la entrada y otro para la merienda a los pobres. Los coregas -mecenas de la época- eran elegidos por los arcontes (magistrados a quienes se confió el gobierno de Atenas a la muerte del rey Codro) y tenían que dedicar una parte de sus ganancias a mantener el teatro, deduciendo la cantidad de los preceptivos impuestos. Una suerte de Ley de Mecenazgo a la griega.

Mariano Torralba