Hubo un tiempo en el que el teatro se nutría de los
coregas, burgueses pudientes que costeaban la escenificación de las obras teatrales y contribuían al sostenimiento del teatro en la Grecia antigua. Desde que aquel poeta del Peloponeso, llamado Arión -precursor de los autores dramáticos- compusiera su primera obra, la afición al teatro había aumentado tanto que se llenaban recintos como el teatro de Atenas, en el que cabían 17.000 espectadores, o el de Dfero, donde entraban 30.000, y el mayor de todos, el de Megalópolis, para cerca de 35.000.
El público griego, aficionado, sobre todo, a las pantomimas y al género bufo, se deleitaba con las interminables representaciones que comenzaban poco después de la salida del sol y terminaban al anochecer. El precio de las localidades, el teorikón, era de dos óbolos. Mucho antes de que el acuerdo Aguirre-Gallardón estableciera el precio de tres euros para los mayores, ya en tiempos de Pericles, el gobierno daba un óbolo para la entrada y otro para la merienda a los pobres. Los
coregas -mecenas de la época- eran elegidos por los arcontes (magistrados a quienes se confió el gobierno de Atenas a la muerte del rey Codro) y tenían que dedicar una parte de sus ganancias a mantener el teatro, deduciendo la cantidad de los preceptivos impuestos. Una suerte de Ley de Mecenazgo a la griega.
Mariano Torralba 