José María Herrera | Sábado 16 de mayo de 2009
Una leyenda urbana cuyo origen desconozco ha hecho correr por ahí el augurio de que el mundo concluirá el día en que todo haya sido fotografiado. Para los escépticos en materia de adivinación esta profecía apocalíptica probablemente sea tan digna de ser tomada en serio como las que se obtienen escrutando el vuelo de las aves o los posos del café. Yo, sin embargo, atisbo en ella algo malicioso que me atrae y que, no sé por qué, me recuerda a ese género de intuiciones asombrosas, aunque no inverosímiles, según las cuales la imagen de la víctima queda retenida en la retina del criminal o el hombre, al llegarle la hora de la muerte, repasa en el último momento cuanto hizo a lo largo de toda su vida. Se trata, no lo niego, de conjeturas fantásticas e indemostrables, pero respecto de las cuales soy incapaz de mostrarme enteramente remiso.
La afirmación de que un día ha de caer el manto de hermetismo que ha cubierto hasta ahora el universo –tal significa la metáfora del registro fotográfico- quizás sea un tanto desorbitada, pero es indudable que concuerda con el espíritu de nuestra época. En cambio, el anuncio de que entonces acaecerá la debacle universal, pertenece al espíritu mistificador de otros tiempos, incompatible con la mentalidad de hoy. Para el incrédulo hombre contemporáneo resulta igual de absurdo creer que el universo es un fantasma y la placa fotográfica un medio de materializarlo, como lo contrario, que la fotografía (el saber) puede volver inconsistentes o inmateriales las cosas. Tomada en su conjunto, la leyenda parece sin duda una patraña. No obstante, la hipótesis de que cuando se disipen las tinieblas que nos rodean irrumpirá en nuestras mentes tanta luz que no lo podremos soportar y que esto no sólo será el final de la humanidad, sino, que por ser el hombre la conciencia del universo, el fin del mundo, constituye una ocurrencia digna de reflexión.
La posibilidad de que sucumbamos aplastados por un cúmulo de información tan grande como el propio universo no resulta en rigor inverosímil. De cualquier forma, el auténtico meollo de la fábula no es lo que pronostica, sino lo que pone de manifiesto. Me refiero a la diferencia entre el mero conocimiento de las cosas y el conocimiento de su sentido o articulación. El autor de este mito no sólo niega que el sentido del conjunto sea producto de la suma de sus partes, como suponen hoy los investigadores; sino que afirma que por ese camino el mundo perderá su razón de ser y entonces inevitablemente concluirá. ¿Cómo ocurrirá esto? No lo dice. Claro que, ¿por qué iba a hacerlo? Si el universo comenzó con una solapada explosión previa, su muerte puede perfectamente suceder de la misma socarrona manera.
Pero no adelantemos acontecimientos. Aunque desconozcamos en qué momento exacto del proceso nos hallamos, es innegable que todavía no hemos alcanzado el final. Y ello pese a la ingente labor de los últimos tiempos. Millones de personas deseosas de erradicar misterios permanecen día y noche al acecho. Allí donde surge algo nuevo hay un ojo que lo ve y una cámara que lo fija para siempre. Entre satélites espías, reporteros del corazón, pornógrafos, turistas y el google earth, el fin del mundo debe estar mucho más avanzado de lo que se imagina. A la mayoría de la gente esa capacidad registradora le parece estupenda. Hay que progresar. A mí, les confieso, me desconcierta un poco. Y no porque no secunde el progreso o porque no esté mentalmente preparado para recibir el fin del mundo cuando llegue –¿acaso el universo no es lo bastante viejo como para reventar cualquier día de estos?-, sino porque me temo que la mayor parte de la gente se equivoca presuponiendo que tales cosas no pueden ocurrir sin previo aviso (catástrofes colosales, plagas atroces, etc.). Pero, ¿y si el fin del mundo no fuera un fenómeno teatral y apoteósico, sino algo muy tonto, una suerte de gatillazo metafísico?
Les ruego que me perdonen. No pretendía alarmarles con este delirio primaveral. Me he dejado llevar por el frenesí. El descubrimiento de que todavía hay mitos, mitos callejeros, nuevas versiones de viejas fábulas, me ha conmovido. El que les he relatado me ha sorprendido particularmente porque pone el pecado original no al principio, sino al final. El mundo concluirá cuando el ser humano lo desentrañe. Es una imagen curiosa sobre la que deberían reflexionar nuestros filósofos. En cuanto a su verdad, no creo que importe mucho. Algún día lo sabremos. Como dijo el adivino Tiresias cuando los dioses lo convirtieron en serpiente: todo se andará.
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