paso cambiado
Jueves 30 de julio de 2009
Desde hace décadas, casi las mismas que tiene la banda terrorista que ahora cumple cincuenta años, se repiten varias frases como si se tratara de un mantra que, de tanto decirlo, pudiera convertirse en real: “Eta está más débil que nunca” y “la unidad de los demócratas acabará con Eta”.
Las dos afirmaciones, que hemos vuelto a escuchar con motivo de los dos últimos atentados, el de la casa cuartel de la Guardia Civil en Burgos que ha podido causar una verdadera matanza de familiares de la Benemérita, y el que ha costado la vida de dos agentes del Cuerpo en Mallorca, son falsas. Y, potencialmente, peligrosas.
Lo explicaré. Llevamos años de éxitos policiales contra Eta. Pero también llevamos años de golpes de Eta, de asesinatos y estragos. Muchos etarras han sido detenidos, pero no se ha podido evitar que otros continúen con el ejercicio persistente del terrorismo. Sectores juveniles del entorno terrorista han sido perseguidos, pero la generación del odio contra España ha seguido nutriéndose de adeptos, gracias a una prolongada educación en la diferencia y a una lucha propagandística independentista apoyada en la similitud de objetivos con el nacionalismo oficial en la Comunidad Vasca.
Decir, por tanto, que Eta está más débil que nunca sólo es una frase propagandística. Nunca ha sido más fuerte que una minoría criminal, pero toda minoría criminal es tan fuerte como el explosivo que utilice. Es decir, que Eta estará “más débil que nunca”, pero no son más débiles, sino más sofisticados sus métodos y sus explosivos. Ni son menos eficaces para sus intereses los refugios que conservan en Francia, aunque Francia ayude más que ayudaba. Ni son menos siniestros sus talleres o menos dañinos sus “aparatos” de información, que saben hasta qué matrícula doblar, y de qué color pintar un coche, para engañar a la Guardia Civil.
El mensaje “Eta está más débil que nunca” sirve para tranquilizar a la población, pero es dañino si alguien en las Fuerzas de Seguridad lo llega a asumir y, por tanto, se confía. Que no es, sin duda, lo que ahora ha pasado, pero que, desde luego, podría pasar, porque el uso de la propaganda política habitual de “estamos ganando y los enemigos huyen” no casa con el principio clásico de la estrategia de la guerra: tener clara la capacidad del enemigo para poder combatirlo con eficacia.
Mal que nos pese, Eta, débil o fuerte como organización, ha puesto a España patas arriba. Luego los cuerpos de seguridad deben intensificar el combate, como tantas veces han hecho con eficacia y heroísmo, sin relajarse ante los éxitos, que son pasado, mientras los muertos son presente. Porque todo atentado es un fallo propio, es nuestro fallo. De las Fuerzas de Seguridad, del Gobierno, y de la entera sociedad.
La segunda frase tras la que se esconde la incapacidad ante Eta es que para acabar con estos criminales es precisa “la unidad de los demócratas”. Que yo sepa, nunca, en toda la Transición (antes fue otra cosa, y que le pregunten a la izquierda) ha habido diferencia moral alguna entre los partidos democráticos nacionales frente al terrorismo. Puede haber habido diferentes estrategias, pero no la aversión y el deseo de acabar con Eta.
Al único partido que le pueden preguntar sobre su interés en acabar con Eta es al PNV, especialmente en los tiempos de Arzallus. Pero, los demás, siempre han condenado y perseguido a los etarras.
Por eso, la “unidad” no es el problema. Es la eficacia. Por supuesto, la policial. Evidentemente, la legislativa. Obviamente, la acción de la Fiscalía y la Justicia. Y también la lucha ideológica, para combatir la propaganda independentista, la educación en el odio, y la indiferencia ante las víctimas.
Los responsables de acabar con Eta, como de acabar con el narcotráfico u otras mafias, son los sucesivos Gobiernos. Pero no porque logran declaraciones de unidad, sino porque sean capaces de descubrir y detener a los criminales.
Eta es un pequeño grupo de pistoleros que ha aprendido en la clandestinidad, que ha gozado de refugios largamente impunes, que dispone de fondos por la extorsión y que cuenta con un entorno contagiado por sus, llamémosle, ideales independentistas.
Y Eta ha sido favorecido por, primero, la cobertura transfronteriza en épocas pasadas; segundo, por la alimentación de su caldo de cultivo por la difusa ideología independentista del nacionalismo vasco; tercero, por la permisividad ante su presencia política en las instituciones españolas y europeas; y, por último, con la complicidad objetiva de los poderes públicos al permitirle avances políticos (concesiones separatistas), fases negociadoras y dinero público.
Eta sabe lo que quiere, y aunque esté claro para la mayoría que no lo logrará, en su ensoñación cree que puede hacerlo. Por eso, en su última “asamblea virtual” plantearon su estrategia de forma clara, y que anticipaba la ofensiva que hoy sufrimos. Su deseo de convertirse en la vanguardia soberanista, incluida la zona ocupada por el PNV, tanto si aceptaba su liderazgo como si se lo imponía a tiros; y, por otro lado, con su voluntad de subir la apuesta frente al Estado hasta obligar al Gobierno a una vuelta a la mesa de negociación.
Están donde estaban, y sólo dejarán de estarlo en la cárcel. Pero, que no se confundan las autoridades, necesitadas de mensajes positivos. No están más débiles que nunca, y según pasa el tiempo buscan una matanza mayor. Porque recuerdan la eficacia del 11-M, capaz de cambiar la historia política. Y no les importa imitarla, como ellos mismos estaban dispuestos a hacer por aquellas fechas de los atentados de Madrid con sus caravanas de la muerte.
Por eso hay que concluir que, aunque Eta no tuviera nada que ver, según la investigación oficial del 11-M, eso mismo era lo que buscaban. Y eso mismo es lo que vuelven a buscar ahora: decenas de ataúdes blancos para poner de rodillas al Estado. Porque sueñan, y también saben, que su única victoria posible en esta guerra cruel y desigual, es que el Gobierno, éste o cualquiera, se rinda y negocie, o negocie y se rinda, como ha estado a punto de suceder no hace demasiado.
Y, ahora, los compañeros de viaje nacionalistas de Eta pueden temblar. Y, ni ellos ni los demás, pueden bajar la guardia, porque la amenaza persiste y durará. Especialmente si alguien cree que “Eta está más débil que nunca” y que basta “la unidad de los demócratas” para acabar con ella.
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