Mariana Urquijo Reguera | Sábado 01 de agosto de 2009
Hace años leí aquel libro titulado “Otra vuelta de tuerca”. Con un grupo de amigos comentamos el misterio de los niños y del castillo y lo que más nos gustaba era que el título no hacía alusión a la trama si no a la estructura. Nada más empezar el relato el narrador cuenta que le han contando que uno, una vez un amigo leyó lo que escribió otro narrando lo que un amigo le contó que escuchó narrar a una señora en un café. O algo así, me explico: ese es el fondo del relato, la cadena de mensajeros, aunque no la recuerdo exactamente.
La transmisión de esta truculenta e inquietante historia de fantasmas, niños abandonados, niñeras inocentes y deudas por pagar con la vida, recuerda a aquellos relatos orales, que a base de ser contados una y otra vez, cambian sus matices y las anécdotas, pero mantienen el fondo, la trama, el punto de interés, aquello por lo que tal relato resulta interesante a muchas personas y por lo que se sigue contando una y otra vez, aquello que revela algo muy íntimo y a la vez universal de las personas y de las relaciones humanas. Igual que se repite la narración, se repite el hecho de interés que motiva el cuento; los humanos, nos guste o no, tendemos a ser repetitivos, a tropezar con la misma piedra mil veces, a no aprender.
Así que yo hoy, voy a dar mi vuelta de tuerca contándoles un relato que escuché anoche. Intentaré ser fiel a lo que oí y no cambiar ningún detalle. Sobre su veracidad y realidad, juzguen ustedes.
Había una vez una señora que a lo largo de su larga vida había cuidando mucho a los suyos. Cuidaba a todos aquellos que a ella le hacían la vida mejor por estar cerca y ayudarla. En la vida práctica e intelectual. Una mujer generosa que se rodeó de amigos con los que compartía lo que tenía: cosas y tiempo, afectos y experiencias.
Solía reunir los fines de semana a sus amigos para hablar de literatura, política, de la vida, el arte. Todos los elementos de la casa se ponían a disposición de estas tertulias, en plena libertad para disfrutar del aire libre y del aire culto. Practicó el mecenazgo rodeándose de arte, artistas y cariño. Sin distinción de condición, ayudó a los que trabajaban con ella y para ella, dándoles seguridad, compañerismo y bienestar, un presente y un futuro... hasta que ella se quedó sin futuro.
Cuando sus horas se acercaban al final, tuvo que ir al hospital, donde sus amigos la cuidaron. Cuando llegó el momento de volver a casa a quemar las últimas experiencias, sin embargo, los que habían vivido de ella y con ella la habían abandonado. Su casa, siempre abierta, siempre compartida y llena de placeres para quien quisiera acercarse y entrar, estaba cerrada, sucia, su cama igual que antes de ir al hospital como si ya no fuera a volver, la penúltima taza de café, sobre la mesa, seco el poso y rodeado del polvo acumulado durante meses.
Las personas que durante decenios se habían ocupado de mantener habitable la casa, habían abandonado, en un acto egoísta habían decidido dejar de trabajar para los otros para ya sólo mirarse el ombligo; la habían abandonado pensando que el regreso no se produciría. Mientras ella luchaba por seguir viviendo y volver a su pequeño paraíso para decir adiós, los otros ya no la esperaban.
En ese momento el encanto desapareció. La construcción afectiva de una vida se había roto, la confianza, se había esfumado. La decepción por la ingratitud recorrió la casa y despertó a los fantasmas del mal, aquellos que con tanto esfuerzo se habían conjurado para nunca entraran en el jardín ni en la biblioteca.
La vuelta de tuerca cuenta esta vez cómo la ingratitud surge en un mundo egoísta donde frecuentemente olvidamos que somos un conglomerado de pequeños trocitos de toda la gente que nos ha rodeado y penetrado a lo largo de la vida. Somos un poco de todos, y por lo tanto no debemos olvidar dar siempre las gracias, atender hasta el último suspiro a nuestros amores y a nuestros afectos. Porque abandonando al final a los que nos han amado, matamos dentro y fuera.
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