Opinión

El saludo

Ricardo Ruiz de la Serna | Viernes 12 de marzo de 2010
Cuando me lo contaron me pareció un poco chusco, pero luego pensé que tal vez fuese algo más serio. Yo suponía que el saludo entre policías –un acto reglado- era en realidad cosa de disciplina y educación a partes iguales. En las pelis de Mel Gibson casi se abrazan, pero España –por fortuna- es diferente. Aquí el policía corre más riesgo de ser el tiroteado que el tiroteador. El caso es que se va a aprobar una nueva resolución por la que se establecen normas en relación con el uso del uniforme y el deber del saludo.

Verán: antes el funcionario de menor rango saludaba al superior, que debía corresponderle. Es lógico que quien saluda sea, a su vez, saludado. Bueno, pues no. En el borrador de resolución de esto segundo no se dice nada: el subordinado debe saludar y el superior puede quedarse mirando al tendido o corresponderle o pasar de lado como quien oye llover y no se moja. Al subordinado ya no hace falta saludarlo.

Cuando me lo contaron, al principio me dio un poco la risa porque no podía creer que alguien a quien se saluda no responda, sea un superior policial o sea un vecino de mi edificio. Si falla la urbanidad, no hay resolución que la imponga. Sin embargo, me han contado que es cierto: hay jefes que no devuelven el saludo, ni reaccionan ni nada de nada.

Ya saben que me cae bien la gente que entra en los lugares de donde todos salen: los bomberos, los soldados, los misioneros (¿por qué será que los pongo a continuación de los soldados?)… y los policías. Bueno, voy a empezar a hacer excepciones porque no quiero pensar cómo me tratará a mí , que no tengo galones, ni pistola, ni chaleco ni nada más que una simple toga, un tipo que no le devuelve el saludo a un subordinado.

En las Fuerzas de Defensa de Israel, los oficiales avanzan al frente de la tropa cuando entran en combate y por eso es el ejército que tiene más oficiales caídos luchando contra el enemigo. Siempre he creído que quien manda debe ganarse el respeto por sus actos y no porque lo diga un reglamento: el poder sirve de poco sin la autoridad, y ésta se gana de verdad con las acciones.

Espero que los mandos policiales reflexionen porque no es un problema de cortesía –y esto es ya muy importante- sino de respeto. Un viejo proverbio castellano decía que nadie es más que nadie porque lo máximo que se puede ser es hombre –es decir, ser humano- y eso ya lo somos todos.

Así, no está en juego la autoestima del subordinado sino la autoridad del superior, es decir, su capacidad para el mando y su madera de líder.

¿No les parece?

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