Opinión

Ruibal

Concha D’Olhaberriague | Martes 27 de abril de 2010
La obra del artista gallego Manolo Ruibal, pintor de siluetas, dintornos, sombras y lejos es rica en facetas sucesivas y complementarias que conforman un todo sumamente armónico, es decir, elegante.

Se trata de un autor poético, con un dejo melancólico y aliento propio. Una excelente muestra que puede visitarse en el Centro de Arte de la madrileña plaza de Colón, junto al Teatro Fernán Gómez, nos permite disfrutar con sosiego de la pintura ruibaliana de las cinco últimas décadas y de algunas esculturas de tamaño hogareño: sus broncíneas damas combadas.

Por fortuna, no hay que hacer cola ni sufrir la molesta bulla de otras ocasiones. Un aliciente más en tiempos enemigos del silencio.
El recorrido por la obra de Ruibal descubre una rigurosa y esforzada búsqueda hacia el trazo esencial, en pos de las notas básicas del ritmo sígnico despojado de hojarasca. Contemplando la panorámica -más de cien piezas- se aprecia mejor ese proceso suyo, casi me atrevo a llamarlo ascesis, de simplificación sin ruptura de las dos últimas décadas.

Las magníficas condiciones de la sala y el aislamiento del exterior que procura el estar en un sótano potencian el solaz del visitante.
Empezaré por lo más reciente. Sobre fondo monocromo hallamos líneas espigadas o en leve racimo, tenues cuñas, contornos de aves, el rayo zigzagueante, estelas unidas por una onda, formas apuntadas de finura oriental caligráfica en lienzo o papel y la figura de la mujer doblada por el fardo de los años, evocada, ahora, con los elementos mínimos, el esqueleto de la pintura.

Elijo, de esta época, Horizonte azul, impresionante cuadro entre azulado y liliáceo de considerables dimensiones, surcado por una doble línea medular. De época anterior, en carbón y pastel o acrílicos, encontramos la imagen recurrente de la madre, arrebujada sobre sí misma o en torno a su hijo venidero. Otros tipos de mujer pueblan, asimismo, el paisaje del artista. Por ejemplo, la Venus de Pontevedra, tumbada en la cama y desnuda, óleo donde los perfiles son los protagonistas y el marco rojizo realza el aire decadente; o bien Gallega, bella y fina silueta erguida de mujer envuelta en un rebozo, con toques azul pastel, del mismo tono que el marco, fondo gris y una pincelada amarilla para el cabello.

El mar tormentoso azotando la playa de La Lanzada o San Vicente es un vaivén de pinceladas discontinuas y en borbotón de blancos y azules grisáceos. Usando tinta china y temple con huevo sobre papel, logra Ruibal una estética composición en la que pululan formas como de lengua, hoja o corazón en tonos lila, verde y amarillo.

Junto a la mujer en edades diversas y el mar, incluyéndolos, está el bosque, fuerza natural por antonomasia, en múltiples perspectivas –ensoñado, ardiendo, tras la quema, en distintos momentos del día, iluminado- que captan el ritmo interno y el pálpito de la savia. No faltan los motivos florales ni la gran ciudad neoyorkina con sus torres.
Una obra, en suma, que, sin desatender la tradición, la atraviesa y continúa, imprimiéndole, en toda hora, un poderoso sesgo genuino, clásico y actual.

Si los retratos femeninos con ventana de los años sesenta, la época más abiertamente figurativa, pueden hacernos pensar levemente en Vermeer o Dalí, se debe tan sólo a calidad de su factura. Y lo mismo cabe decir del Bosque iluminado y su posible reminiscencia del expresionismo alemán, o los toques fauve de ciertas pinturas, cuyos mentores podría buscarlos quien dé preeminencia a las fuentes.

Yo creo, en cambio, que por sí solas, las influencias son poca cosa, máxime cuando hablamos de un artista con fundamento, técnica y estilo.
Manolo Ruibal lo es, y, además, escribe poesía y aforismos. He aquí uno del catálogo: “Siempre es verdadero artista aquel que empieza donde terminan los demás”.



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