Regina Martínez Idarreta | Domingo 06 de junio de 2010
¿Dónde está el límite? Me lo pregunto tantas veces que a veces no sé ni donde queda el principio. Me cuesta mucho decidir dónde parar. Hasta dónde hay que llegar en el esfuerzo por conseguir las cosas, las personas, los objetivos. No soy muy amiga del fin justifica los medios, pero tampoco de las excusas baratas para tranquilizar concienzas fracasadas. Por eso, antes pensaba, mejor dicho, asumía sin planteármelo, que luchar por todo lo que deseaba, incluido, lo que yo consideraba el hombre de mi vida, se merecía una entrega casi total hasta el extremo de aguantar actitudes que rozaban el desprecio. Lo reconozco, era así de tonta, influida en gran parte por todas esas pelis y libros que predican que “cuando sientes algo así, tiene que ser de verdad” y que las cosas que realmente merecen la pena nunca son fáciles de conseguir.
Ahora mismo, en mi nueva vida de mujer madura y liberada, siento una cierta punzada de vergüenza cuando pienso en todas las caras largas que he aguantado, en las mentiras que he querido creer, en todas las aventuras absurdas en las que me he embarcado siguiendo corazonadas irreales que empezaban como películas sublimes para acabar como films indepedientes, de esos que terminan sin terminar, dejándonos a medias y con la sensación de que se han debido perder algunos metros de trailer.
Reconozco que aún no me acostumbro a lo anodina que puede llegar a ser la vida. Me cuesta asumir que las corazonadas no existen, que el amor a primera vista no es más que encoñamiento pasajero y que los sentimientos intensísimos que nos inspiran cuando creemos haber encontrado ese “algo” en una persona, no son más que mentiras volubles, pasajeras e inconsistentes. Cuesta asumir que, a pesar de sentir tantas cosas, tan cerca y tan sólidas, debes darles la espalda porque son como las visiones de un loco: falsas y peligrosas. Peligrosas porque te llevan a construir una realidad inventada para que todo encaje en ese cuento de princesas que deseas vivir desesperadamente. Y esa realidad pocas veces se sostiene durante demasiado tiempo. Siempre acaba dejándote caer y, aunque suene a tópico, cuanto más alto la hayas dejado volar, más duro es el golpe contra el suelo.
Hace poco me di de bruces con una de esas realidades ásperas que no por tonta, resulta más fácil de asumir. En mi otra vida, probablemente habría cerrado los ojos a los nubarrones que en cinco minutos ensombrecieron el cielo de una historia perfecta que yo había alimentado y construido durante dos meses en el limbo de los posibles. Me habría aferrado a mi yo más voluntarista para insistir en que querer es poder, aunque la experiencia me haya enseñado una y otra vez que lo que no puede ser, no puede ser y además, es imposible. Esta vez, sin embargo, decidí levar anclas y mirar de frente a mi mentira. Reconocí que había sido difícil resistirse a su belleza y atractivo, hasta el momento en el que mostró su verdadera faz: anodina, absurda y hasta aburrida. Fuera lo que fuese, fue bonito mientras duró, pensé mientras giraba la espalda…
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