Cultura

El Cid no se encuentra y Talavante no se rompe

feria de otoño

Viernes 01 de octubre de 2010
Llega tarde el otoño en Madrid. Muy tarde a veces. El septriembre último y el primer octubre nos suelen regalar cielos prístinos, brisas azules y cálidas, de verano equivocado, donde tan solo asoma la melancolía en los oros y los arreboles del crepúsculo. Ocurre todo esto desde mucho antes del cambio climático. También el toreo, en el que la melancolía adquiere los rasgos serenos y dolorosos de las artes grandes, tiene en este otoño madrileño sus peculiaridades.

En el paseíllo, iluminado con luz de mayo, parecen los toreros andar con el ritmo pensativo de la temporada que termina, como a la espera de que las luces del atardecer -luces que presienten el otoño-tiñan de esta melancolía sus capotes y muletas: una de las claves secretas del toreo. No ocurrió hoy. Habrá que esperar a mañana.

Fuerza la curva Oliva Soto en la verónica; baja la mano El Cid -tabaco y oro- en el quite, y rsesponde Oliva -caña y oro- con delantales y una media alta que anuncia fuego y alerta al repetable. El toro atiende con bondad y fijeza y Oliva, tras confirmar, se va a los medios a romper el silencio con una serie templada que busca en el remate el crujido de la cadera. Compuesto el pecho como gitano legítimo, corre con gusto la mano, pero el fuelle del toro no es suficiente para abrir los sonidos de la plaza. Va a menos la cosa y el toricantano pincha. Palmas para el toro. Cuando torea su segundo -lidiado en 5º lugar, pues corrió el turno a la espera de que se recuperase Talavante de una lesión en la mano- el mutismo de las gradas entre dos luces -el coso en sombra, algunas gradas y andanadas al sol poniente- nos revela que no va a quedar ningún recuerdo. Solo la banda se esmeró con "El gato montés".

La serenidad, la pisada segura con la que El Cid recibió al segundo -colorado, astifino, de bella lámina- en las rayas, parecía devolver al torero a su terreno familiar de Las Ventas. Con mucho desmayo remató el tanteo y se fue al tercio a dibujar derechazos templados, no profundos, y naturales deslabazados. La inquietud de la gente en los terrenos del sol -que son sol y sombra entrado octubre- presagiaban el desmorone. Que llegó en el cuarto, porque el torero no se acoplaba ante el ligero cabeceo del Cuvillo. Toro para mandar, porque tenía bondad. Pero tan desarbolado estaba El Cid que no toreaba ni mataba, y en un descuido, desemnascarado por la dejadez, el toro se fue a por él, lo tomó por detrás, lo volteó, y al levantarse del piso llevaba media cabellera pintada de cal blanca. El Cid era un torero fauvista y asombrado que había vuelto a perder su territorio.

Talavante hizo lo único interesante de la tarde. De lila y oro, busca reposo con el capote en su primero, pero solo inicia el lance: no hay nudo ni desenlace, no disfruta. En el tercio comienza con estatuarios, pero el mutismo del público lo despierta y de pronto, ya la embestida iniciada, le cambia la tela sorpresivamente por detrás y estalla la plaza. La derecha mete al toro dentro, rematando atrás, y la izquierda, irregular, lo va embebiendo hasta terminar la tanda con un natural largo, trincherilla corta y giraldilla alegre. Oles y palmas. Centrado Talavante, pisa la arena con convicción, y en manoletinas ajustadísimas, algunas cambiando el recorrido, se lleva un recuerdo leve en una mano. Pincha sin convicción y lo enmienda con estocada al recibo. En la ovación del saludo suena muy acertadamente "El tío Caniyitas". Se fue a la enfermería entre aplausos. Y salió de ella en el sexto, de lila y pálido, que era el mismo color que habían adquirido los tendidos a las siete y veinticinco. Ondeó una capa larga y zángana ante un público impávido y vibraban las tres banderas con la brisa. El animal lo asustó en el comienzo con la izquierda y desde entonces, con cabeceo constante que lo buscaba a media embestida, quiso cogerlo. No pudo. La gente premiaba con palmas la salida con bien de cada tanda. Y el silencio era distinto. Hasta que se cansó el toro y volvió el silencio espeso del aburrimiento.
Madrid 1 de octubre de 2010. Plaza de Las Ventas. Toros de Núñez del Cuvillo para El Cid, Talavante y Oliva Soto, que confirmó la alternativa.

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