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CRÍTICA DE CINE

El Niño, sin miedo a sacar pecho

El Niño, sin miedo a sacar pecho
El nuevo trabajo de Daniel Monzón tras el éxito de Celda 211 en el que cuenta de nuevo con Luis Tosar y descubre al joven Jesús Castro.
Volver a negar el guerracivilismo y el desnudo como nutriente básico del cine español le hace a uno sentirse a veces anacrónico; culpable, incluso, de que el tópico sobreviva. Otras veces, comprobando que aún hay quien –por suerte, cada vez menos- desdeña productos cinematográficos por entender su nacionalidad como un género a rechazar, se torna necesario. Reflexión esta que termina con una invitación a los resistentes: acercarse a una sala de cine, comprar una entrada para El Niño, la última película del realizador Daniel Monzón, y disfrutar en pantalla grande de una superproducción española sobre el tráfico de drogas en el Estrecho que rebosa acción por los cuatro costados, salpica de comedia con maestría y regala algunas interpretaciones extraordinarias. Todo, sin perder el norte. O el sur, en este caso.

El ‘goyarizado’ Daniel Monzón deja clara su intención desde los primeros planos de la película con unas impresionantes y vastas imágenes del puerto del Estrecho de Gibraltar, plagado de monstruosos contenedores de mercancías e interminables grúas grises y mecánicas que la cámara esquiva en su recorrido. Nada de medias tintas: esto va a ser a lo grande. Y así es. Después de digerir el éxito de su Celda 211 y sobreponerse a un retraso de un año en el rodaje de este nuevo proyecto, el realizador mallorquín firma una historia sobre narcotráfico, honor, amor, amistad y traición en una porción del planeta en la que convergen, en 16 kilómetros, Gran Bretaña, España y Marruecos. El Niño arranca con dos historias paralelas llamadas a confluir: la de un policía obsesionado con destapar una red de tráfico de cocaína que opera en el Estrecho y la de un chaval con sobrecarga de adrenalina que busca el dinero fácil junto a dos amigos pasando hachís desde el norte de África en una moto de agua.

La película parte de un guión sólido, firmado por el propio Monzón junto a Jorge Guerricaechevarría –un combinado ganador, sin duda, después de la experiencia de Celda 211-, en el que manda la realidad. Los diálogos fluyen, naturales, en todo el metraje con contadas excepciones y la credibilidad de la trama, a pesar de su espectacularidad y, a ratos, complejidad, se mantiene intacta. En medio de camellos, ‘gomeros’, mafiosos y narcotraficantes, surge la cotidianidad en las conversaciones.

Hay un pero al, por lo demás, merecido 10 de la película. La subtrama amorosa entre el protagonista, El Niño, y una joven marroquí que sueña con cruzar a Europa flaquea y ocupa las escenas menos logradas de la cinta, tanto en lo relativo a guión, como a interpretación y a ritmo. Puede entenderse como un paréntesis a la acción intempestiva del resto del metraje, un ‘para y respira’, pero el efecto termina restando puntos al conjunto. La relación entre ambos es una pieza determinante para la historia, suma motivación al protagonista. El resultado en pantalla, sin embargo, roza lo cursi y el contraste con el tono del resto de la película resulta difícil. Como contraposición, la insinuada tensión entre el policía protagonista y su compañera compone una trama mucho menos desarrollada pero mejor construida.

Después del éxito de su ‘Malamadre’, era obvio que Monzón quisiera de nuevo a Luis Tosar y que el actor gallego también estuviera encantado de ponerse otra vez a sus órdenes. Como todo lo que hace Tosar, el policía obsesivo, insomne y de pasado incierto que construye en El Niño es una obra de arte, un personaje redondo, del que sabemos poco y todo en dos frases y tres gestos. Para acompañarle, otro de los mejores actores de su generación: Eduard Fernández, en un papel secundario pero decisivo y perfectamente perfilado. La entidad que conforman ambos compartiendo plano puede que los convierta en la pareja cinematográfica más acertada de los últimos años. Junto a Tosar y Fernández, el grupo de policías lo completan Bárbada Lennie y Sergi López, quien demuestra lo bien que se le da jugar a la ambigüedad.

Del sector más joven del reparto, la mayoría se ponen delante de una cámara por primera vez, sacados de castings en institutos de la zona en la que se desarrolla la trama. Monzón buscaba realidad con su película y con Jesús Castro, ‘El Niño’, lo ha conseguido. El debutante es todo naturalidad y frescura en un personaje que, parece, le viene como anillo al dedo. Es pronto para convenir si sabrá desenvolverse en otros registros en el futuro, pero cuenta con, al menos, dos puntos a su favor: una mirada que inunda la cámara y una capacidad de aprendizaje que queda patente en sus escenas de acción, manejando una lancha a cuarenta nudos delante de un helicóptero sin haberse sacado aún el carné de conducir.

Aunque el furor de El Niño se está centrando en su protagonista, puede que la actuación más sobresaliente de los novatos sea la de Saed Chatiby, el joven hispano-marroquí que inicia a 'El Niño' y su amigo, 'El Compi', como ‘gomeros’. El personaje de 'El Compi' lo borda el, esta vez sí, actor profesional Jesús Carroza, ganador del Goya al mejor actor revelación en 2005 por Siete Vírgenes y secundario en películas como Grupo 7, La Mula o la propia Celda 211. Él es el contrapunto cómico que tan bien funciona en las películas de acción y protagoniza algunas escenas y diálogos profundamente divertidos.

A pesar del excelente guión y las notables interpretaciones, el punto fuerte de El Niño es, sin duda alguna, la espectacularidad de buena parte de las secuencias. Una lancha surcando las aguas del estrecho a toda velocidad en noche cerrada; como única fuente de luz, el foco del helicóptero de la Policía –‘el pájaro’- que le pisa los talones con dos agentes encaramados su puerta pistola en mano. Monzón ha rodado para El Niño varias temeridades de este estilo, sin dobles ni cromas, en medio del mar, buscando una vez más el máximo realismo. La tenacidad del director queda avalada con tan solo proponerlo y conseguir un presupuesto de siete millones de euros para hacerlo realidad. Pero es que además, el resultado es digno de la satisfacción más completa por parte del equipo. La película explota en estas secuencias, garantiza la tensión y, sobre todo, se vuelca en el goce incondicional de los amantes del cine de acción.

En definitiva, Daniel Monzón presenta un thriller policiaco bien pulido, con trepidantes escenas cargadas de realidad y reseñables pasajes cómicos, una banda sonora llamada a estimular el ánimo del público y un objetivo claro: gustar.