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CINEASTA

Daniel Monzón: "Se está diluyendo el tópico de la españolada, los de la ceja y los subvencionados"

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
Daniel Monzón: 'Se está diluyendo el tópico de la españolada, los de la ceja y los subvencionados'
A pocos días de la gala de los premios Goya, el cineasta Daniel Monzón intercambia impresiones con El Imparcial sobre las posibilidades de su último trabajo, El Niño, que compite en 16 candidaturas, inlcuyendo mejor película, mejor director y mejor guión original, además de sobre la situación del cine español y la taquilla americana.
Pregunta: ¿Cómo se enfrenta ir a la gala de los Goya siendo uno de los favoritos?

Respuesta: Con mucha gratitud, porque aunque al final El Niño no se llevara ningún Goya, 16 nominaciones ya te las puedes tomar como un reconocimiento. Entiendo que una película es una obra de equipo. El director está vigilando el camino, marcando un poco la dirección, pero es el conjunto de un montón de gente entregada lo que hace una película, y más una como El Niño. Así que para mí, el que esté reflejado todo el equipo en estas nominaciones es un gozo enorme. De cara a la ceremonia, voy ya pensando que nos han dado un premio.

P: ¿Qué es más satisfactorio: ese reconocimiento de los académicos o el que han brindado los espectadores en las salas?

R: La verdad es que el primer premio ya nos lo ha dado el público, porque tres millones de espectadores es lo mejor que le puede ocurrir a alguien que hace cine. Cuando me preguntan que porqué soy director de cine, lo primero que digo es que no puedo evitarlo. Mi madre nos contaba cuentos todas las noches a mí y a mis hermanas, cosa que yo hago ahora con mi hija, así que he adquirido desde pequeño un placer por el cuento y por la narración que luego me impulsó a leer y a ver cine. A mí lo que me gusta es contar historias, y cuando uno cuenta una historia lo que espera es que le escuchen; si no, no tiene sentido. No hay mayor placer ni se siente uno más realizado que cuando consigues contar una historia que escuche y disfrute tantísima gente. Yo me doy por más que premiado con El Niño, si luego además hay un reconocimiento de mis compañeros de profesión, miel sobre hojuelas.

"Tres millones de espectadores es lo mejor que le puede ocurrir a alguien que hace cine"


P: Celda 211 acudió a la gala de los Goya en 2010 con el mismo número de nominaciones, 16, que se tradujeron en la excelente cifra de 8 premios. ¿Qué sensaciones tienes al respecto con El Niño?

R: Creo que los compañeros ya han querido reconocer a la película con esas nominaciones, pero no sé yo cuántos premios acabará recogiendo. Esta sensación que yo tengo la película ya ha sido premiada por el público, creo que va a estar muy presente en los académicos a la hora de votar. Con esas 16 nominaciones ya se ha reconocido que El Niño es una película grande. Yo ya me dio por satisfecho y a otra cosa mariposa, hay que pasar el capítulo.

P: ¿Cuál dirías que ha sido la clave del éxito de El Niño?

R: Como decía Elia Kazan, cuando una película es un gran éxito contiene un pequeño milagro dentro. En todas las películas que he hecho he puesto lo mismo: me he enamorado de la historia, he tenido la necesidad de contarla, he puesto todo mi cariño, mi pasión, mi energía y el poco o mucho talento que puedo tener. La promoción es, por supuesto, importante, y El Niño ha tenido una muy interesante, sin duda. Supongo que la película tiene que destilar un aroma, un aire que a la gente le apetezca, pero tampoco sé exactamente cómo se hace. Celda 211 tuvo una promoción, no tan grande como la de El Niño, pero suficiente para que la gente se enterara de que existía. A mí me encantaba esa película y creía que al público que fuera, le podía gustar; pero, sinceramente, pensaba que iba a ser la que a menos gente iba a atraer de todas mis películas. Porque era claustrofóbica, dura, una tragedia griega. Y sin embargo, mira.

No hay una fórmula, no lo sé. Cuando fui a la zona con Jorge Guerricaechevarría, el guionista, para documentarnos, fue como un viaje casi antropológico: el tiempo que pasamos junto a la policía, junto a los delincuentes, cuando sobrevolé en el helicóptero de vigilancia aduanera el Estrecho, cuando viajé en una lancha rápida, el ir a los campos de marihuana, entender qué es lo que les motiva a los muchachos. Para mí fue apasionante, esclarecedor y enriquecedor, así que pensé que al espectador le podía ocurrir lo mismo cuando lo viera en la pantalla. Viéndolo a todo pasado, supongo que así ha sido.

P: En ese viaje al que se han apuntado tres millones de espectadores, ¿también ha ayudado la espectacularidad de la película?

R: Por supuesto. El Niño tiene una mirada documental, ese trasfondo de lo que allí ocurre, pero sin olvidar esa carga de entretenimiento y espectáculo que a mí me encanta en el cine. No digo que todas las películas tengan que tenerlo, pero ayuda. Creo que ha sido clave la mezcla de las dos cosas: poner cara y ojos a los que hay detrás de un asunto sobre el que todos hemos leído u oído mucho, más un espectáculo de calidad.



P: ¿Dónde buscas esa calidad del entretenimiento?

R: Pues, por ejemplo, en un tipo de persecuciones que no se habían visto nunca en cine español ni casi en el internacional. Porque tramamos de situar al espectador en el ojo del huracán, que se monte en esa lancha o en ese helicóptero y lo viva en carne propia. Darle una realidad para hacerla distinta. Más de una persona me ha dicho que empieza a estar harta del cine americano porque todas las películas son iguales. Se hablaba mucho de la españolada pero, ¿y la americanada?

P: De hecho, mientras este año el cine español ha batido records de taquilla, en Estados Unidos el proceso es a la inversa: están perdiendo cada vez más espectadores. ¿Qué está pasando?

R: A mí me da la impresión de que hay una añoranza por parte de muchos espectadores de un tipo de cine más adulto. Y lo veo en ejemplos como la taquilla que está haciendo El Francotirador, una película madura camino de convertirse en el mayor éxito de la carrera de Clint Eastwood. Los trailers de las películas americanas que mayormente se estrenan en los cines comerciales parecen clones. Capitán América, Los Vengadores, Spiderman, el reboot de Spiderman, el reboot del reboot de Spiderman, el spin-off del personaje secundario Spiderman… Todo suena a deja-vu, te da la sensación de haber visto la misma película catorce veces. Me temo que igual me estoy haciendo mayor, pero me parecen espectáculos digitales más cercanos al videojuego. Hace veinte o treinta años, el cine americano era maravilloso y podías elegir entre muchísimos tipos de películas en las salas. Ahora tienes a Wes Anderson, Boyhood, la de Clint Eastwood de turno y una de Scorsese, pero el grueso de lo que se estrena en las salas comerciales son blockbusters clónicos entre sí. Y sin embargo, las películas nominadas a los Oscar son películas adultas: Birdman, Whiplash, Gran Hotel Budapest, El Francotirador… Veo ganas de volver a épocas doradas de Hollywood, como creo que fue la de los setenta, donde tenías a Sorsese, a Coppola, a Spielberg o Robert Alman haciendo un cine extraordinario.

"En Hollywood hay añoranza de un tipo de cine más adulto"


P: ¿Y en España?

R: En el cine español creo que está pasando lo que ya lleva un tiempo pasando en televisión. Las series americanas como Breaking Bad, Mad Men o True Detective, son extraordinarias, pero en España gustan a un sector muy concreto. El sector mayoritario está enganchado a las series españolas, son las que funcionan. Es algo que antes o después tenía que pasar en el cine, y en 2014 ocurrió. Ya no es solo Torrente la película capaz de salvar el año. De pronto tienes una comedia, Ocho apellidos vascos, que tiene que ver con cosas muy nuestras, que hace bromas sobre asuntos que desde la política se muestran como algo insalvable y con las que la gente se ríe de un modo muy liberador. Y no puede ser una película más española. Cuando ofreces al público una película que le aporta entretenimiento, que está bien hecha, que tiene espectáculo y engancha, pero con el aliciente de que habla de cosas que le son cercanas, se vuelca de una manera mayor que con cualquier historia de Iowa o de Boston.

P: ¿Se está reconciliando el público español con su cine?

R
: Sí que siento en la calle y entre los medios de comunicación que se está diluyendo el tópico de la españolada, la guerra civil y el destape, del cine cutre, del que todos los que hacen cine español son los de la ceja, unos aprovechados subvencionados. Creo que la gente se ha dado cuenta de que el sector del cine está muy castigado, como está toda la sociedad, y han empezado a sentirlo más cercano. Se ha roto esa idea absurda, generada también desde algunos medios, de que la gente del cine vive en mansiones y todo el día de fiesta. La gente del cine curra, y a muerte además, porque le apasiona hacer lo que hace. El último año y medio de mi vida he estado trabajando de lunes a domingo, una media de quince o dieciséis horas diarias. Y encantado, porque no hay un oficio que me pueda resultar más apasionante que el mío. Que no suene a queja, pero que muestre que en el cine se trabaja de lleno. Y luego está esa idea de “los subvencionados”. Este año, lo que la industria del cine español ha aportado al Estado supera con creces lo que el Estado ha dedicado al cine español. Se está viendo que tampoco somos tan parásitos.

P: Se ha dicho de El Niño que es una película muy ambiciosa. ¿Es la ambición una cualidad necesaria para hacer cine?

R: Cualquier película es muy ambiciosa. Lo que pretendes cuando haces una película es, nada más y nada menos, crear un pequeño universo e invitar a la gente a que se sumerja en él. Sea cual sea el tipo y el presupuesto de la película, es una ambición. Yo no decido meterme en algo porque sea más o menos difícil, pero ahora lo miro con cierta distancia y es verdad que era ambicioso. Creo que tengo algo dentro que me invita a retarme a mí mismo, que no me deja ponerme las cosas fáciles. No me motiva hacer una película siguiendo un camino que ya he practicado. Tengo que estar excitado para dar lo mejor de mí, y para estar excitado tengo que sentir mucho respecto por el material que tengo entre manos, tiene que ser algo que sienta que me puede superar.

Celda también fue un reto, aunque de otra índole. Después de hacer películas con mogollón de localizaciones, exteriores, efectos especiales y música sinfónica, de repente tenía que contarlo todo dentro de un escenario, en espacios muy pequeños. En ese momento, el gran reto era la contención. Puede que El Niño haya sido de algún modo una respuesta a aquello, puede que me apeteciera volver a abrirme a espacios enormes.

P: ¿Y qué te apetece ahora?

R: Hay un proyecto que ya escribí con Jorge, justo antes de El Niño, y voy a ver si lo llevo a cabo porque es una película que tengo dentro. Se llama Murder weekend y es una comedia negra, que rodaremos necesariamente en inglés porque todo lo que sucede es muy inglés. Es algo muy trepidante, coral, con actores de muchas edades, que sucede también en su mayor parte en un interior. Es como si Celda fuera una comedia. A pesar de que es bastante inmoral, tiene también mucha ternura en los personajes, a lo que yo quiero mucho, y un punto de comedia romántica, pero también de película social y algo del misterio de Agatha Christie. Es una concatenación de cosas, un juego de malabarismos. Y vuelve a ser otro reto. Tengo muchas ganas de hacer comedia, pero es posiblemente el género más difícil y el espectador no tiene que percibir el esfuerzo que hay detrás, sino simplemente disfrutarla.



P: ¿En qué grado te afecta o te influye la realidad social, económica y política de tu país a la hora de interesarte por historias y llevarlas a la pantalla?

R: Evidentemente, todo lo que ocurre a mi alrededor me afecta, tengo mis ideas al respecto e investigo sobre ello, pero a mí me gusta un tipo de cine que no es discursivo. Me gusta el cine que tiene un marco sociopolítico muy claro, pero no me apetece que eso sea el objeto de la película o que esté en primer término. Hay películas de denuncia, como las de Costa-Gavras, que me parecen extraordinarias, me mueven y me conmueve, pero a mí lo que me gusta hacer es que sea la propia historia y los personajes los que exuden el discurso sobre la situación política o social. El Niño está tratando un tema real que investigamos muy en profundidad, y en ella se ven las fronteras, la cultura del pelotazo del ladrillo, la crisis, lo desorientado que está cierto sector de la juventud, la imposibilidad de acabar con el negocio del narcotráfico, que no deja de ser una metáfora del capitalismo… Las películas tienen que contener lecturas y un trasfondo de gravedad, pero lo tiene que entresacar el espectador, no se lo tienes que escupir al público a la cara. Es la manera en la que a mí me gusta contar las historias.

"Las películas tienen que contener lecturas y un trasfondo de gravedad, pero no se lo tienes que escupir al público a la cara"


P: Salta a la vista que estás enamorado de tu profesión. ¿Qué es lo mejor de este trabajo?

R: La posibilidad de vivir más de una vida. Este trabajo me permite hacer o vivir cosas, conocer a gente y entrar en universos que de ninguna otra manera hubiera hecho, vivido o conocido. He entrado en las cárceles; he conocido a homicidas, a ladrones, a funcionarios; he estado con policías sobrevolando el Estrecho en helicóptero, con capos de la mafia, con gente que trabaja en plantaciones de marihuana; me he metido en aeropuertos y he visto como funcionan por dentro; he entrado en las alcantarillas… He vivido la vida de todos mis personajes y me he trasladado a sus universos. Como decía el replicante de Blade Runner, he visto cosas… Las he visto en mi imaginación y las he recreado para los espectadores.

P: ¿Tienes porra para los Goya?

R: Hay cosas que tengo bastante claras. Película Iberoamericana, Relatos Salvajes. Película de animación, Mortadelo y Filemón. Actriz, Bárbara Lennie. Actor, Javier Gutiérrez. En lo demás, todo puede ocurrir. Me encantaría que El Niño se llevara 16 premios, pero creo que estará muy repartido. También me da la sensación de que la favorita es La isla mínima y de que a Alberto Rodríguez le toca. Por ahí van los tiros. Creo que me he mojado bastante, ¿no?


King Kong, Ed Wood y una hostia a lo grande

Su primera película, según le ha contado su madre ante una pregunta recurrente, fue El festival de Mickey. A Daniel Monzón le vienen escenas de El mago de Oz o de El Mundo está loco, loco, loco, pero la mecha definitiva que le ha llevado a convertirse en uno de los cineastas españoles de referencia la prendió su abuela, cuando le llevó a ver King Kong cuando tenía solo siete años.

“Era la versión antigua, de 1933. Recuerdo dónde me llevó, la sensación de cuando entré, cómo era la sala y lo que sentí: una epifanía. Empezó King Kong y ya desde la música, que la tengo metida en el cerebro, me trasladé a aquella isla. Me identifiqué con el gorila, evidentemente. Y yo luchaba contra los diplodocus y contra el pterodáctilo, cogía a la chica y le quitaba la ropa, me llevaban a Nueva York y me acribillaban a tiros. ¡Hijos de puta! Me transporté a un universo paralelo durante esas horas y salí obsesionado con aquello. Descubrí el cine a través de King Kong; no sabía bien lo que era, pero sabía que quería hacerlo, como si me hubiera entrado en la sangre”.

La repentina vocación del pequeño Daniel no pudo entusiasmar más a su cinéfilo padre, que quiso alimentar al monstruo que había empezado a crecer en él con un libro de cine fantástico.

“Miraba una y otra vez las escenas del rodaje de King Kong y empezaba a entender que aquello era un muñeco. Al lado de las fotos de King Kong, otras del El Hombre Invisible, de Frankestein. Y yo las miraba y me imaginaba las historias podría haber detrás de ellas. Cuando ponían esas películas en la Filmoteca, convencía a mi padre para que me llevara a verlas y cotejaba las historias con las que yo me había inventado. Y empecé a pasar las páginas y a ver El séptimo sello, Fresas salvajes, La diligencia... Me convertí en una especie de monstruo que lo único que quería era ver cine, mirar fotos y escribir listas y a los 14 años me había visto el expresionismo alemán, todo Orson Welles, todo Alfred Hitchcock, todo Ford… Y no quería hacer otra cosa en mi vida más que eso, con esa fuerza y esa pasión con la que los niños pueden llegar a abrazar algo.”

Daniel Monzón se mantuvo firme en el ¿qué quieres ser de mayor? Aunque se inició en un campo paralelo a su sueño de hacer la magia de King Kong. Su etapa de redactor en revistas cinematográficas y colaborador en espacios radiofónicos, hasta el puesto de subdirector del mítico Días de Cine de La 2, le sirvió como “una maravillosa escuela”.

“Me pagaban por ver cine, hablar sobre cine, ir a rodajes, entrevistar a directores, actores, guionistas y montar con materiales de películas extraordinaria. Sobre el cimiento de mi tendencia a devorar todo lo que tenía mano, el periodismo cinematográfico hizo que pudiera practicar de una manera cercana, tocando las cosas.”

Lo inevitable terminó por suceder. Con 28 años, “tarde” en su opinión, se embarcó en su primera película, El corazón del guerrero. Cuando se estrenó, tenía 30.

“Tardé tiempo en dirigir mi primera película. Tenía miedo. No por pensar que no iba a poder hacerlo. Después de esas ganas enloquecidas de hacer cine que me habían acompañado toda la vida, temía la posibilidad de descubrir que todo era una majadería, una impostura, una locura que me entró de niño y resulta que cuando me pongo a hacerlo lo detesto. Era miedo a comprobar que el motor de mi vida durante prácticamente treinta años podía ser una locura infantil. Lo maravilloso es que cuando empecé a preparar mi película, sentía que estaba más vivo que nunca.”

Ese tiempo de reposo mientras ejercía de crítico de cine le sirvió, dice Monzón, para empezar sabiendo quién era y teniendo claro el tipo de cine que quería hacer.

“Si hubiera empezado a hacer cine a los veinte años, hubiera hecho una ópera prima como más intelectual, más pretenciosa, más para que me tomaran en serio. A los treinta, me permití empezar con una locura. Cuando le dejé el guión a un buen amigo, Álex de la Iglesia, me dijo que estaba muy bien y que así, si me daba la hostia, me la daba a lo grande”.

Y a lo grande empezó. Su primer día de rodaje consistió en una apoteósica huída con coches de policía a la carrera en el Congreso de los Diputados.

“Me estallaba la adrenalina, me salía por los poros. No sabía si lo iba a hacer bien o mal, si la película llegaría o no a algún lado, pero era feliz, disfrutaba como un poco. Durante las once semanas de rodaje, apenas dormí por la excitación. Me decían que descansara porque me iba a morir. Pero ese primer día me quedó clara una cosa: Igual soy un Ed Wood y es un horror lo que hago, pero he nacido para esto”.

Cuatro películas (El robo más grande jamás contado, La caja Kovak, Celda 211 y El Niño) y un Goya después, Monzón ha crecido y dice gestionar los rodajes de otra manera.

“Al menos procuro dormir. Aunque hay quien rodó conmigo El corazón del guerrero y ha repetido en El niño y dice que sigo igual de energúmeno que entonces”.

Gracias King Kong.