El Real Madrid afrontaba este miércoles una empresa de altura envuelta en el aspecto y contenido de
encerrona. La
acumulación de bajas contaminaba la dificultad que encierra,
per se, el enfrentamiento ante un coloso en ciernes, frente a un club adulterado de petrodólares que vive disparado sobre la urgencia de arrodillar a la aristocracia tradicional para ocupar su espacio en la cima del fútbol continental. El Parque de los Príncipes, que ejerció como marco icónico del gol del recién retirado Raúl en la cosecha de la
Octava, figuraba incendiado en hambre de gloria, a la espera de significar la confirmación del empaque internacional del proyecto que, de momento, alcanzó su cénit en el viejo continente en el
legendario rendimiento de Stamford Bridge, en los octavos de la pretérita edición de la Liga de Campeones. Disponía el club español, por tanto, de la primera prueba de fuego en la búsqueda del primer puesto del grupo A y, además, la precoz fiscalización al punto real de crecimiento y cohesión de la obra de Rafa Benítez. Tenía mucho más que ganar el PSG, en pleno estado de forma y con el vestuario reluciente en salud, y sufría el riesgo de quedar fuera de eje un Madrid sin argumentos ni nombres para remendar el plan básico de juego.
Laurent Blanc reprodujo en su apuesta inicial la hoja de ruta que ha caracterizado su estancia en la capital francesa: construyó un sistema con preponderancia física para buscar el ahogo de la salida de balón rival y la imposición anatómica que favorezca sus aptitudes colectivas e individuales. Así, Motta, Verratti y Matuidi sentaron a Javier Pastore en una medular destinada a taponar y exigir esfuerzo al oponente. La libertad de movimientos del refrescado
Ángel Di María y del tótem Ibrahimovic culminada una línea ofensiva que contaba con la astucia de Cavani como referencia.
Marquinhos disfrutaba de la oportunidad para validar su prestigio ante la baja de David Luiz, acompañado por Thiago Silva y los laterales que definirían la ambición gala -Maxwell y Aurier-.
Trapp defendería el arco francés en detrimento de Sirigu. Presión, unión de líneas, solidaridad de esfuerzos y pegada en transición componían la línea argumental de un PSG que aguardaría al efecto del cansancio para incluir en la fórmula a sus flechas argentinas y brasileña, en pos de la sentencia del segundo acto.
El técnico español se vio constreñido a concebir el duelo, no de manera voluntaria sino forzado por la tesitura de su enfermería, como un campo de pruebas particular, para algunas piezas, y general, hacia la profundidad de su mano en la interiorización de los automatismos. Modificó su dibujo para esbozar una suerte de 4-5-1, con Ronaldo como punta centrado.
Jesé y Lucas Vázquez gozaban de la alternativa en tan lustroso cuadro como extremos, Isco habría de moverse entre líneas y la pareja Kroos-
Casemiro debería engrasar la circulación y cuidar el orden. Marcelo y Danilo se afanarían en un esfuerzo continuo de ida y vuelta y Ramos y Varane abrigarían a Keylor Navas, al fin titular en eventos capitales. La consistencia en el cuidado del cuero y el repliegue asegurarían el respiro de un bloque destinado, sobre el papel, a sobrevivir más que a lucir.
Arrancó la batalla con la
comparación de ideas de juego simétricas. Ambos contendientes desplegaron, durante los primeros 20 minutos, ejercicios de intensa presión en cancha ajena que atragantaban la salida de pelota. Trató Blanc de manejar el movimiento ofensivo de Benítez, que descolgaba a Kroos para adelantar las líneas y abortar cualquier avance en estático local, pero quedó abnegado, con presteza, a circulaciones horizontales, pausadas, privadas del frenesí necesario para desbordar la eficaz argucia
merengue -que ocuparía con éxito todo el primer acto-. Respondía del mismo modo, sin embargo, cuando debía defender, achicando espacios para convertir a Ramos, Varane y Casemiro en socios habituales, a la espera del lanzamiento en vuelo a través de los laterales, con Marcelo como variante preeminente.
Con la templanza asociativa cediendo enteros, el lateral
carioca y Matuidi intercambiaron intentos inocuos desde media distancia antes del 10 de partido. Di María lideraba los balones en profundidad franceses, Motta y Verrati dirigían la posesión en corto con Zlatan retrasado, alargando las combinaciones en el giro de control buscado y obtenido en torno al cuarto de hora. Una falta lateral del ex jugador del Barça cabeceada arriba por Thiago Silva, en el 14, confirmaba el
tramo más cómodo del PSG. Pero tornó el péndulo de incertidumbre entregando el mando en el
tempo a un
Madrid imponente en su aspecto compacto, enfangando cualquier intento de avance gracias a las ayudas de Jesé y Lucas a los laterales, que cercenaban la superioridad pretendida por el bando parisino. El cortejo del cuero se repartía para empezar a caer del lado visitante, que postergaba la verticalidad para guardar el esfuerzo y el ritmo ante la penalización de cada imprecisión, entrando, así, en la conversación. Kroos emergió para subrayar el cambio de escenario con un chut lejano desviado y un pase filtrado que representó la opción más clara del primer tiempo. Jesé se desmarcó y Trapp le tapó en el mano a mano, en el 25 de juego. Explotaban el canario e Isco el espacio en la mediapunta y desestabilizaban a un PSG que se desenvolvía ciertamente
aturdido ante la valiente salida madrileña, adoleciendo de peligro en transición debido a la mezcla entre la soberbia vigilancia de la retaguardia
merengue y el coherente rendimiento de la presión a todo campo.
Los
cortocircuitos en la circulación local se volvían flagrantes al compás del mejor posicionamiento madridista visto este año y la comodidad española tomaba cuerpo en el intervalo hacia el intermedio. El robo en cancha ajena de Casemiro que confluyó en el centro preciso de Marcelo y el cabezazo de
Ronaldo que sacó Trapp, en el 34, ahondó en la aseveración. Debió lucir reflejos el meta alemán, a continuación, ante el testarazo dirigido al larguero de Ronaldo a la salida del córner posterior. No conseguían cambiar el ritmo los pupilos de Blanc, entregados al encierro y a la construcción de bostezo, una eventualidad que afianzaba las labores y seguridad de un Madrid complacido por lo aseado del cometido efectuado por Ramos, Varane y Casemiro.
La intensidad y concentración del equipo dirigido por Benítez recalcaba la superioridad en las dos fases del juego y bajo este paradigma se decretó el descanso. Hubo espacio en la exhibición táctica, que obligó a retroceder metros y ambición a los parisinos, para el chut de Isco tras pared con Jesé y el lanzamiento lejano de Casemiro, todo ello sin atino. Maxwell había cortado, bajo palos, un centro puntiagudo tras deflagración individual de Marcelo en el 39, devolviendo el suspiro al Parque de los Príncipes. Había acusado de defensivo Blanc a Benítez en la previa y el técnico madrileño respondió sobre el verde,
amaestrando el exuberante bagaje físico local con calidad y atrevimiento posicional. Debía mover ficha el técnico galo para que la inercia no redundara en la mochila española, que se marchó a la caseta cediendo por poco en posesión -52 a 47 por ciento- y apabullando en la gestación de remates -dos a cinco-.
Se alzó el telón del segundo tiempo, por contra, con un fluir de los acontecimientos similar. Rezumaba confianza el Madrid, si bien
elevó los vatios y querencia ofensiva el PSG. Cavani, con remate desviado a centro de Matuidi y Ronaldo, con falta directa interrumpida, abrieron fuego. Subió líneas el campeón francés y el club capitalino decidió replegar para explotar a la contra. La ausencia de lucidez en el último pase local propulsó, en consecuencia, un contragolpe venenoso que Maxwell taponó cuando Vázquez cantaba el gol. Y el canterano conectó con las nubes el saque de esquina posterior.
Se desarrollaba el prolegómeno del desenlace del envite mostrando la necesidad de transformación parisina. Sus opciones languidecían en posesiones planas, sin sentido ofensivo, y tan sólo
Di María, desasistido y arrinconado, llamó a la puerta de Navas. El argentino recogió un balón en la banda, trazó una diagonal aprovechando la primera ausencia de ayuda, ganó el baile a Marcelo y chutó para la parada del
tico. Todo ello antes de la decisión de Blanc de sacarle del césped. Optó el ex central
blaugrana por apostar por la velocidad y efervescencia física de
Lucas Moura y la inteligencia entre líneas de
Pastore, que sentó a Cavani -anulado por el buen hacer visitante-. Esbozaba el punto de mira ofensivo por la vía del cambio de ritmo el técnico francés y Benítez respondió:
Modric dio un respiro a Isco -intrascendente en tres cuartos de campo- con la firme intención de poblar el centro del campo para amortiguar la directriz oponente a través del colapso, en primera instancia, y para inyectar la fluidez del croata en el cuidado de la pelota o el lanzamiento de contras, para
ganarle tiempo al cansancio. El epílogo del duelo expuso un paisaje diverso, con Moura significando un desajuste tangible -cabeceó arriba en el 75- ante el descenso de energías generalizado y el esférico se tiñó de azul y rojo. Las coberturas no arribaban con alegría y los espacios se generaban de manera natural. El PSG se repartía la posesión con normalidad a estas alturas y el gigante español trazaba escorzos de salida frenética.
Ronaldo cruzó demasiado el pase de Marcelo tras la salida colosal de Modric, excepcional en su discernimiento, en su oportunidad más nítida del partido. Vázquez cabecearía arriba y Cheryshev -que jugó en lugar de un Jesé excelso en el trabajo y la ganancia de legitimidad- remataría muy desviado en otra transición lanzada por un Luka determinante.
El intervalo tendía a la apertura, pero no se vislumbró más clarividencia atacante hasta el pitido final de Rizzoli. Lavezzi, una flecha sin espacios, participó del cerrado epílogo que evidenció la guerra de guerrillas, en la medular, que se pronosticaba. Sin intentos serios ni pericia para inquietar al rival. El suicidio ofensivo de Blanc -que se quedó con Motta como única pieza de repliegue en el ecuador de cancha, con Matuidi desprovisto de su olfato de llegador- no obtuvo premio a pesar del cambio de panorama postrero y el dominio posicional madridista tampoco fructificó en réditos. El encuentro en la cumbre parisino arrojó un empate a cero que regala el dulzor del
crecimiento positivo al Real Madrid. Las bajas de James, Bale, Benzema, Carvajal, y Kovacic -éste de última hora- no sólo no mermaron la competitividad del colectivo, sino que forzaron a un rendimiento grupal que se antoja como la cima de la progresión, a estas alturas de calendario, del proyecto de Benítez. El acusado creó, al término del encuentro, siete ocasiones más que el acusador -11 remates galos por 18 españoles-. Aunque sin goles, el diez veces campeón de Europa sale sonriente de la ciudad de la luz, con las opciones de liderato y ventaja en el cruce bien alimentadas y el espíritu nutrido por la sobrevenida vertiente compacta, pese al hándicap que supuso la ausencia de los estilistas infortunados.
Ficha técnica:
PSG: Trapp; Aurier, Thiago Silva, Marquinhos, Maxwell; Verratti (Lavezzi, min. 79), Thiago Motta, Matuidi; Di María (Lucas Moura, min. 65), Cavani (Pastore, min. 65) e Ibrahimovic.
Real Madrid: Keylor; Danilo, Varane, Ramos, Marcelo; Kroos, Casemiro, Isco (Modric, min. 69); Lucas Vázquez, Jesé (Cheryshev, min. 73) y Cristiano.
Goles: -.
Árbitro: Nicola Rizzoli (ITA). Amonestó a Matuidi (min. 8), Verratti (min. 49), Ramos (min. 59), Cheryshev (min. 85), Aurier (min. 86)
Incidencias: 45.000 espectadores en el partido de la tercera jornada del grupo A de la Liga de Campeones disputado en el Parque de los Príncipes.