El club francés dominó la pelota para imponer su registro ante un Chelsea escurridizo, que se entregó a la defensa de su portería. La atronadora tormenta de llegadas local y el pírrico bagaje de contras y remates visitante confluyó en los goles de Ibrahimovic y Mikel -ambos a balón parado-. Edison Cavani, que empezó en el banquillo por desavenencias con su técnico, decidió el duelo en la recta final, ensombreciendo una soberbia actuación de Courtois. La resolución de esta elitista eliminatoria queda, pues, pospuesta.
“Sabemos que ellos se juegan la temporada en esta eliminatoria”, declaró el primer guerrero del frente parisino, Marco Verratti, en la previa de la batalla que vendría a refrescar el aroma a legendaria rivalidad recién acuñada -tras la excelsa conversación mantenida entre Chelsea y PSG en los octavos de final de la pretérita edición de la Liga de Campeones-. En efecto, el diagnóstico verbalizado por el eje presente y futuro de la azzurra viene refrendado por la realidad tangible: los locales se yerguen, relamidos, en la cima de su clasificación (24 puntos por delante del Mónaco, que es segundo y secundario) y los blues, con la suerte de lost in traslation entre banquillo y vestuario, huracán y despido de Mourinho mediante, sollozan a 20 puntos de la cima inglesa. Es por este cruce de trayectorias, matizado por el repunte en el rendimiento de los londinenses -acumulan diez duelos invictos de manera consecutiva- y las turbulencias ambientales que han sacado de la dinámica a Edison Cavani y Serge Aurier -dos titulares del bando francés caídos en desgracia por su “actitud”-, que el enfrentamiento no renegaba de su teórico aspecto igualado, pero, a estas alturas de la competición reina del Viejo Continente cada pulgada se pelea con valor de oro.
Laurent Blanc decidió reafirmar la directriz tomada con respecto a las mencionadas piezas rebeldes y diseñar un once prototípico ajustado a las particulares circunstancias. Así, Trapp volvía a ganar la mano a Sirigu, Marquinhos se añadía al sólido cierre de Thiago Silva y David Luiz, con Maxwell posibilitado para descolgarse. Verrati, Motta y Matuidi confeccionaban el potente centro del campo y el desborde exterior de Di María y Lucas Moura abrigaría la inteligencia magnética de Zlatan Ibrahimovic. El rigor táctico en la red de ayudas, el manejo de la presión como arista de dominación, la fluidez en la asociación y la precisión en los vuelos en transición mantendrían su vigencia en la línea argumental del líder galo. La manutención del perfil escurridizo del sistema, capaz de dominar a través del monopolio del cuero en esta altura y exigencia, se vería fiscalizado en una cita en la que no habrían de desfondarse, ya que a domicilio pueden, incluso, resultar más peligrosos.
Guus Hiddink, todavía interino, no escatimó en efectivos para afrontar esta complicada empresa. Los infortunios de John Terry y Kurt Zouma –este último, fuera de circulación hasta el final del curso- desplazaron a Ivanovic al centro de una zaga liderada por Cahill. Baba, joven lateral que despuntó en la Bundesliga, sufriría un duro examen, al igual de Azpilicueta, titular de la banda contraria. Mikel ocupó el agujero de rendimiento de Matic para apoyar la necesaria creatividad de Cesc Fábregas. Por delante se disparaba la acostumbrada línea ofensiva del vigente campeón británico. Hazard y William aglutinarían la pelota y exclusividad del uso del veneno atacante, con Pedro y Diego Costa en la punta de lanza. La consistencia del esquema inglés, puesto en entredicho a lo largo y ancho del calendario, encontraba en este evento la posibilidad de lucir pulsión competitiva y orgullo. Sobrevivir a esta visita para jugarse la carta en Stamford Bridge resaltaba el obligatorio cumplimiento de la atención al equilibrio y el cierre ordenado. El contragolpe, de nuevo, se desmarcaba como vía primordial de avance y respiro. Tanto como la búsqueda de la comodidad en fase de achique, a la espera de detectar el cauce de crecimiento con el paso de los minutos.
Respondió el primer pestañeo del partido al guión pronosticado: el PSG salió buscando la yugular de su oponente. La deflagración inicial de ritmo, intensidad y presión encerró al Chelsea a las primeras de cambio. Verrati y Moura, en dos ocasiones, confirmaron el escenario de tensión impuesta con celeridad con chuts que Courtois, Cahill y la falta de puntería separaron de la apertura del electrónico. Una falta desde media distancia que Ibra acercó al larguero clausuró los deliciosos 10 minutos de apertura que subrayaron la intencionalidad de ambos púgiles. La posesión se manejaba en ratios muy elevados de control francés y la personalidad posicional, que entregaba metros a la espalda de su medular, rellenaba las fisuras de un planteamiento valiente al que los visitantes sólo conseguían interponer la cohesión de líneas en el balcón de su área. La hiperactividad local constreñía a su rival a efectuar un ejercicio de paciencia concentrada.
El incipiente advenimiento de asociaciones inglesas prolongadas significó el susurro de la mutación del escenario que pretendían los pupilos de Hiddink. Fábregas, William y Hazard, intercalados en posiciones centradas, empezaron a conectar para anestesiar el bombeo de revoluciones francesas. De este modo congeló la efervescencia local el conjunto de Londres, que recuperaba el resuello al tiempo que estiraba el minutaje de su horizontalidad en el cortejo del cuero. Había demostrado categoría en el repliegue, con todos los obreros en cancha propia y Pedro y Azpilicueta representando un tándem sensacional, que lograba amortiguar las superioridades buscadas por Maxwell, Matuidi, y Di María o Lucas Moura. Cedió terreno un PSG atemperado y destemplado en las labores de recuperación, incapaz de sostener la exigencia marcada en el primer capítulo. El intercambio de acercamientos durante este intervalo de mudanza de presupuestos quedó reflejado por el cabezazo de Diego Costa que Trapp envió al larguero –en plena maestría de reflejos- en el minuto 22 y el chut desviado realizado por Ibrahimovic desde media distancia.

Se granjeó empaque el Chelsea para alimentar el carácter cerrado de la competencia. La diligente conducta colectiva visitante en el tapón de los pasillos internos, variante elegida por Blanc para desestabilizar, construyó una seguridad que terminó por virar hacia la comodidad. La posición central de Di María y Lucas Moura, dos excelsos regateadores desde la cal descontextualizados sin hectáreas que recorrer, afianzó el colapso medular imaginado por Hiddink. Así, el centrocampismo tomó la escena para delinear el marco general sobre el que se desarrollaría la acción. Con el tempo amaestrado, el encuadre abordaría un plano fijo en el trueque de posesiones desprovistas de mordiente y el chispazo coyuntural tras pérdida. El respeto a la potencialidad ajena y al calibre de las cuentas pendientes entre los comparecientes adquirió rol protagónico para extender la densidad de las circulaciones, si bien la pelota reflejaría más familiaridad con la infructuosa combinación parisina. La táctica estaba ganando la partida antes del último cuarto de hora previo al intermedio, a la espera de puntos de inflexión que entregaran relevancia a la ida de la eliminatoria.
Ante tal pliegue de complicada detección de oquedades, la fórmula del centro lateral ganó peso en la orquesta local y el contragolpe prosiguió su goteo en la trinchera visitante. Aunque esta última argucia cambió de elástica para entregar a Di María un mano a mano con Azpilicueta, al vértigo de su galope, que el español consiguió reconducir hacia un disparo demasiado cruzado del argentino desde el pico del área -minuto 36-. Antes, un centro de Marquinhos fue cabeceado por Ibrahimovic, en semi fallo y en solitario, sin consecuencias. Estas dos expresiones del ataque galo constituyeron el reflejo del bagaje productivo de un partido que, sin embargo, relegaría su rigurosa seriedad de laboratorio para abandonarse a cinco minutos de alboroto antes de conducirse a vestuarios.
El contexto de seriedad en los argumentos afligía a la alegría combinativa que conduce a la colorida fabricación rítmica de llegadas. Bajo este paraguas de plomiza tensión, de final anticipada, el balón parado se estableció como el salto de página que envolvería la sonrisa de estos dos gigantes financieros que buscan su escaño en la aristocracia deportiva. Abrió fuego una transición parisina frenada en falta por Mikel. Quedó plantada la bandera en la frontal e Ibrahimovic desplegó la potencia de golpeo que le es propia para abrir el marcador. La inercia acelerada del envío tropezó en la anatomía del mediocentro nigeriano, que desvió el esférico para inutilizar la estirada del resignado meta belga. Corría el minuto 40 y los fantasmas de escasez de pegada que acechan al PSG en enfrentamientos de similar pedigree se esfumaban por una travesía menos glamurosa que efectiva. Pero, por mor de la misma lógica, la de lo imprevisible de la pizarra, Mikel enmendó su enredo a continuación, en el descuento. El contragolpe que finalizó en centro de Fábregas despejado se tradujo en el balón suelto, a la salida de un córner, que el africano enchufó a la red de Trapp. La explosión goleadora postrera, que sugirió cierta ventaja al Chelsea, bajó el telón de un primer acto definitorio.
Sin sustituciones comenzó la reanudación. Una vuelta a la dinámica de preponderancia del PSG y robo y salida inglesa a la que los primeros trataron de efectuar una enmienda. De nuevo, tras el pitido de inicio se manejó en cotas superiores de ritmo el bloque dirigido por Blanc. En esta ocasión emergió Courtois para conjugar el peligro generado por el respingo local. Resultó providencial en los intentos de Di María y e Ibrahimovic. Mientras que la exigente posición de repliegue extremo británico empezaba a dibujar signos de agotamiento, el chut desde la frontal del argentino -minuto 52- y el latigazo escorado del sueco –minuto 53- avanzaban el paradigma al que los franceses trataban de conducir el cruce. Necesitaba alternar alguna contra puntiaguda el desgastado sistema de Hiddink, que se afanaba por achicar agua ante el esfuerzo desatado y monopolístico galo. Y atisbó el horizonte en una transición edificada por William que confluyó en el remate destacado de Diego Costa que Trapp despejó con dificultad -minuto 50-.

Maxwell y Marquinhos disparaban su subida para acceder a posiciones de centro lateral con regularidad; Motta y Verratti engrasaban una circulación que desnudaba, al fin, la relajación en las ayudas exteriores; Matuidi y Lucas Moura se apostaban entre líneas con desmarques de ruptura y Di María adoptó el papel de maestro de ceremonias. El dominio del PSG recobrara su carácter rutilante. Sólo una desconexión en la vigilancia alejaría a los franceses de su exclusivo manejo del timón del duelo. Pero no conseguía reencontrarse con la ventaja en el electrónico, a pesar de que la gestación de combinaciones profundas sí encontró la ruta de disparo. Lucas Moura –minuto 61-, que quedó en mano a mano con el portero visitante, Matuidi, que remató desde el área pequeña –minuto 64-, y Di María, en falta lanzada desde la frontal hacia el palo largo –minuto 68-, ensalzaron la relevancia de un Courtois imponente.
Esbozó cierta reacción posicional el Chelsea, que intentó ganar metros a través del refresco de su amenaza a la contra. Sin embargo, la precisión y el oxígeno necesarios para engordar la duración de sus posesiones se antojaban insuficientes ante el físico y la vehemencia de las piezas medulares del PSG. Hiddink, que no disponía de variedad en su 'plan B' –Remy y Falcao siguen convalecientes-, expuso en el verde a su única variante que caminaría hacia el giro del paisaje: Oscar relevó a Hazard –ocultado en un curso marcado por la intrascendencia- en el 73 y los blues bosquejaron el avance de metros, con Cesc y Pedro buscando su lugar en la trama. Blanc implementó su respuesta introduciendo en la hoja de ruta a Cavani, que sentó a Lucas –de despliegue menos iluminado de lo esperado-. Buscaba más pelota el conjunto visitante y más mordiente el local. Y la razón recayó del lado galo. No viró la dirección del viento y la tormenta de centros laterales que inquietaban el cierre inglés prosiguió su labor perenne, con la pugna por el centro del territorio ya decidida. Pero, no sólo eso: el charrúa evocó, descubrió y amortizó el camino del gol. Di María imaginó un envío quirúrgico, aéreo y a la espalda de la retaguardia contrincante, que el delantero embocó, casi sin ángulo, por debajo de las piernas del ex portero del Atlético de Madrid. El 2-1 arribó en el 77, confirmando lo válido de la apuesta global del campeón del mundo en 1998. El jerárquico cultivo del estilo entregó cosecha finalmente.
Se dispuso el desenlace del combate con Rabiot y Pastore sustituyendo a Verratti y Matuidi. Transformó su centro del campo el PSG en busca de mayor consistencia en el manejo de la pelota y más energía para golpear al espacio. La esclarecedora modificación que redobló la amenaza parisina asumía ahora la función relativizadora. No en vano, el ritmo de llegadas local amainó -tocando techo en el disparo de Marquinhos que Cahill interceptó, in extremis- y el Chelsea alcanzó el trazo de contras desequilibrantes, justificando el descenso de metros francés. Oscar -que no remató por muy poco ante Trapp una vertiginosa contra-, Diego Costa, William y Pedro, que dirigió al lateral de la red una abrasiva volea en el descuento, asaltaron la placidez rival a última hora, pero no se antojo suficiente su ambición. Se adelantó con merecimiento el equipo parisino y lo hizo en coherencia con su enriquecedora adopción del balón como herramienta -arrolló en este partido, con una relación de 64% de posesión ante el 36 rival-. No obstante, de los 40 partidos disputados esta temporada sólo ha sufrido una derrota –en el Bernabéu y no precisamente como sujeto pasivo-. Desplegó un digno ejercicio de catenaccio el conjunto inglés, que habrá de uniformarse con diferente apariencia para remontar la lógica vista este martes -20 opciones de remate parisinas frente a 10 isleñas. El interesante contraste de argumentos posterga la resolución del encuentro, como se esperaba, para la vuelta. Como el ilustre cruce de 2015. El anhelado ascenso de escalón en el balompié internacional debe, pues, esperar.
Ficha técnica:
París SG: Trapp; Marquinhos, David Luiz, Thiago Silva, Maxwell; Matuidi (Pastore, m.81), Verratti (Rabiot, m.81), Thiago Motta; Lucas Moura (Cavani, m.74), Ibrahimovic, Di María
Chelsea: Courtois; Azpilicueta, Ivanovic, Cahill, Baba Rahman; Mikel, Fabregas; Pedro, Willian, Hazard (Oscar, m.71); Diego Costa.
Goles: 1-0, m.39: Ibrahimovic; 1-1, m.46: Mikel; 2-1, m.78: Cavani
Árbitro: Carlos Velasco Carballo (ESP), amonestó a los locales Lucas e Ibramovic y a los visitantes Pedro y Mikel.
Incidencias: Encuentro de octavos de final de la Liga de Campeones disputado en el Parque de los Príncipes de París ante unos 60.000 espectadores.