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LIGA DE CAMPEONES - CUARTOS (IDA): WOLFSBURGO 2 REAL MADRID 0

El Madrid no subsiste a sus vicios y el Wolfsburgo sonroja su peor versión | 2-0

miércoles 06 de abril de 2016, 22:36h
Los pupilos de Zidane se suicidaron en un primer tiempo tenebroso, en el que la falta de intensidad resquebrajó su consistencia tras pérdida. Las contras alemanas, con un Draxler colosal, amortizaron los agujeros tácticos visitantes para colocar un 2-0 que no se vio matizado en el segundo acto de dominio merengue. La desconexión colectiva española obliga a la remontada en el Bernabéu ante el desconcierto de las sensaciones mostradas.



El 15 de septiembre comenzó la presente edición de la Liga de Campeones. Aquel martes resultó el último partido en que el Real Madrid disfrutó de su tridente en competición europea: Gareth Bale se lesionó a la media hora del 4-0 asestado al timorato Shakthar Donetsk. Desde entonces, el club de Chamartín ha desarrollado una trayectoria tendente a una bipolaridad condicionada por dos variables: el compromiso colectivo y la puntería. La fluctuación de los niveles registrados por ambos parámetros abortaron el proyecto de Benítez y encuentran ahora, en una concepción presentista, un repunte de rendimiento y cohesión grupal posterior al Clásico, inadvertidos desde el advenimiento de Zidane. La inyección de autoestima degustada en el Camp Nou susurraba el favoritismo merengue en su visita al Volkswagen Arena de Wolfsburgo. La empresa, que pasaba por encarrilar el billete a semifinales, confirmar sensaciones y arrinconar fantasmas, atravesaba la inconsistencia del bloque alemán, que arribaba tras caer 3-0 ante el Leverkusen. Marchaba el vigente subcampeón de la Bundesliga a 10 puntos de las plazas de acceso a la élite europea, pero pasó con lustre la primera fase -primero de grupo y dejando en el camino al United-, sin ceder una pulgada en su cancha. Se disponía el equipo español a encontrarse a sí mismo en este resbaladizo trance.

Dieter Hecking, técnico teutón, imaginó una eliminatoria larga, con búsqueda de la situación más indigesta para su ilustre oponente. Así, sacó el preparador de su apuesta inicial a sus delanteros referenciales -Kruse y Dost- y, en su lugar, diseñó un bloque granítico dispuesto a afanarse en el modelo de repliegue y salida. Luiz Gustavo -uno de los exponentes en el anhelado rol madridista del mediocentro destructor- y Guilavogui guardarían la espalda a la velocidad y desequilibrio exterior de Draxler y Schürrle. La llegada de Arnold y Hernique completaban un sistema ideado, de manera explícita, para trompicar la circulación visitante y volar a la contra. Superpobló la medular el entrenador alemán, con Dante y Naldo como parejas de baile de los puntas madridistas y Ricardo Rodríguez y Vieirinha asumiendo la complicada doble labor de amarre oponente y amenaza en transición, apostados como carrileros centelleantes. Necesitaba recobrar la cohesión en el achique el Wolfsburgo y el planteamiento confirmó el intento por ajustar en el peor día imaginable, ante una de las ofensivas más venenosas de la competición. Anunciaba defensa y frenesí, aunque la altura de la presión y el dictado de la intensidad constituían argucias accesorias a considerar. De la capacidad estratégica de resistencia, la inspiración de Benaglio -sensacional portero suizo, algo inconstante- y la pericia con el cuero en el aprovechamiento de las lagunas en el equilibrio español dependería buena parte de la supervivencia del tapado de esta fase.

Zinedine Zidane, por su parte, volvió a otorgar crédito a la sutura de las heridas tras pérdida descubierta con la inclusión de Casemiro. El obrero carioca abrigaría a Modric y Kroos, que adelantarían sus escaños para hacer fluir la creación capitalina. Ronaldo, Bale y Benzema, de nuevo en liza y juntos en el foco del Viejo Continente, coronaban el esquema asegurado por Ramos, Pepe y Keylor Navas. Marcelo y Danilo –única variante con respecto al asalto de la Ciudad Condal, en un giro ofensivo- abanderarían la salida de pelota y golpeo exterior, subrayando la preeminencia en el guión de la importancia de anotar a domicilio. Arriesgaba el preparador francés al asumir el peligro de las bandas rivales –vertiginosas y dotadas de calidad para sangrar desajustes- como un mal menor. Como una circunstancia anecdótica dentro de la hoja de ruta de dominio monopolizador del cuero y los espacios. La presumible reducción de los mismos propuesta por la retaguardia local entrañaba, no obstante, un desafío a la claridad combinativa con mirada entre palos y la vigilancia tras pérdida visitantes. El sorteo sonrió a los merengues pero, sobre el papel, la diferencia técnica habría de ser refrendada sobre el verde con atención al rigor colectivo y el trabajo de las situaciones deslizantes.


Se desplegó sobre la hierba con celeridad el tipo de enfrentamiento previsto: el Real Madrid dispondría de la pelota y los diestros futbolistas centroeuropeos aguardarían para morder a la contra. Y no tardó ni dos minutos en tomar cuerpo el paradigma. La primera posesión del envite, muy larga, asistió al cierre intensivo del Wolfsburgo, en su campo, pero con la defensa adelantada, tratando de negarse al encierro. La asociación precoz llegó a las botas de Benzema, que filtró un envío puntiagudo al desmarque de Ronaldo, que el luso usó para batir a Benaglio al primer toque. La anotación fue anulada por un ajustado fuera de juego –minuto 2-, pero el aviso constó en acta. Reaccionó el conjunto alemán acogiendo la pelota e intentando entrar en la charla y rebatir la posesión a la pretensión madrileña. Sin embargo, la mezcla de paciencia y horizontalidad controladora constituyeron la protagónica salida, plena de personalidad, del Real Madrid. Sólo Guilavogui se descolgaba de la línea de cinco medular para incomodar a Modric y Kroos y se contentaban los pupilos de Hecking con ejecutar el papel de sujeto contemplativo, empeñado en cerrar filas y contemporizar el primer capítulo del cruce sin oponer exigencia al incipiente soliloquio del tercer clasificado de la Liga. En el ínterin, Bale exigió un posible penalti cometido por Luiz Gustavo.

Se quemaría el primer cuarto de hora bajo el dominio rutilante madridista, plácido en la circulación perenne. Pero, en dicho intervalo y con las dinámicas de ambos equipos tomando altura, el escenario comenzó a virar hacia el paisaje que repensaría esta ida y, por extensión, toda la eliminatoria en su conjunto. Una contra lanzada a la velocidad de Draxler, que quedó en mano a mano con Pepe, resultó el esbozo de lo venidero. Detectó el artista teutón la llegada del escurridizo Henrique y el centro se desató para el cabezazo, en solitario, del extremo brasileño –minuto 13-. Navas atajó el tímido intento, en la primera maniobra de salida de la cueva y estiramiento local. La afrenta quedaba inscrita en la trama: debía implicarse todo el colectivo madridista en la activación tras pérdida y vigilancia o crearía más obstáculos de los previsibles en su recorrido. Avanzó metros el conjunto verde ante la ganancia de autoestima y amortizó la tesitura el Madrid de inmediato. Casemiro batió líneas al espacio y encontró el desmarque de Benzema, que concluyó la transición sentando a Dante y marrando ante la salida de Benaglio. Bale cazó el rechace y lo cruzó demasiado en la enmienda visitante.

El consiguiente chut de Henrique a las manos de Navas desde el pico del área, después de otro robo y salida fulgurante local, que soltaba hasta a cinco piezas ante el infructuoso repliegue visitante, autografió la ecuación. Y se cruzó Casemiro, el único ancla autorizado frente a las ráfagas de contraataques, entonces convertidas en episodio sistemático, para complicar el desarrollo y convulsionar las evoluciones endógenas y exógenas. El brasileño trompicó con una argucia anatómica el remate en el área de Schürrle, que llegaba en solitario desde segunda línea. Penalti. Ricardo Rodríguez, en la agenda merengue, abrió el marcador al engañar a Keylor en la transformación de la pena máxima. La seguridad del lateral zurdo, que desató el grito de la tribuna, parecería contaminar los presupuestos españoles y acrecentar la fe en la línea argumental diseñada por Hecking. Corría el minuto 17 y emergía el punto de inflexión.

Porque, en el trazo temporal posterior al golpe se evidenció un cataclismo de aspecto asimilado al acontecido en Dortmund hace tres años, cuando Lewandowski ascendió a la cima del balompié europeo a costa de los desequilibrios del Madrid de Mourinho. El calmado devenir de combinación asegurada madrileña se tornó en la aceleración de revoluciones local, dictadores del aspecto del combate, que convertían cada imprecisión oponente en una opción clara de llegada, con Draxler ejerciendo de gobernador del partido. Así, con la distancia de intensidad entre contendientes, se fue deshilachando la autoestima táctica de los descontextualizados visitantes. No obstante, ampliaría la cosecha el Wolfsburgo al tiempo que el Madrid abandonaba la lógica monopolística de la pelota. El chut muy desviado de Casemiro desde la frontal, tras pase de Bale, supuso un espejismo, pues la prueba de madurez y estabilidad mental colectiva de un equipo madridista que estaba padeciendo a su espalda, iba a adoptar la gravedad inherente a la diferencia de compromiso entre ambos equipos. El desorden tras pérdida iba a penalizar todavía más a la desatención esquemática de la delantera y medular españolas.


En el minuto 25 prosiguió el caótico desempeño general y Draxler -imperial- recibió la pelota en el perfil izquierdo con Modric y Kroos fuera de sitio, demasiado adelantados. Cambió el juego hacia Henrique, que aguardaba sin doble marca su oportunidad de desborde. El extremo superó el uno contra uno a Marcelo y centró para el remate a la red de Arnold, en soledad y desde la frontal del área pequeña. El Madrid sollozaba fuera de eje, penando por el refresco de los fantasmas –“vicios”, según su presidente- que sangraron su candidatura liguera. Sin pelota se manejaba vacío de intensidad el sistema de Zidane y los alemanes amortizaban la tesitura para volar. Sin ayudas de una delantera pasiva y con Casemiro desbordado, el coloso capitalino se angustiaba, vacío de tensión en fase defensiva y pagando muy caro el peaje del cariz ofensivo de sus laterales. Las superioridades exteriores alemanas hacían caja sin oposición en el intervalo de peor rendimiento madridista en el torneo europeo este curso. La desconexión dibujaba el deficiente trabajo de las situaciones que plantea el rival y el collage ofreció un 2-0 incontestable a las primeras de cambio.

La inercia salpicó de nerviosismo tangible a la línea de retaguardia, con especial incidencia en un Danilo abandonado por las ayudas. El fallo garrafal de Pepe y la cadena de errores de Casmeiro y Kroos que dejó a Schurrle en posición de remate corroboró la inesperada decrepitud competitiva del diez veces campeón de Europa. Chutó, raso, el ex punta del Chelsea y detuvieron los guantes de Navas -minuto 27-. Y entró el duelo en un intervalo de revisión que descubrió al Madrid superado por la hiperactividad energética alemana. Se deshizo el control del tempo y de la pelota y se abrió una ventana para el intercambio de llegadas. Inauguró la escena un contragolpe español trazado ante la comodidad y ambición posicionales del Wolfsburgo, que confluyó en un número soberbio de desborde de Bale por el carril izquierdo. Consumó su avance el galés con un centro espléndido que Benzema cabeceó lamiendo el poste en la mejor opción visitante -minuto 31-. Ahondó en el desenfreno la combinación aérea de Henrique y Draxler, que finalizó con remate muy desviado del internacional alemán. Las líneas rotas, con hectáreas para el disfrute de los atacantes teutones, se traducían en sufrimiento en cada cierre e imposibilidad de imposición de un ritmo favorable continuado.

Así, ganó verticalidad el sistema entrenado por Zidane, que intercaló balones en profundidad con circulaciones desprovistas de velocidad. De manera coherente, entregó el mando del partido. Chutó Kroos desde el pico del área tras un saque de esquina inocuo que Benaglio atrapó con clase, sin dejar rechace -minuto 36- y sobrevino la floritura de Draxler en otro dos contra uno con Danilo huérfano, que concluyó en disparo alejado de diana desde el pico del área -minuto 37-. En el entretanto del anárquico duelo, Bale se uniformó como la herramienta predilecta de avance, apostado en la banda zurda y Benzema se vio obligado a retirarse lesionado por una patada ruda de Naldo en los primeros minutos. Se cumplía el minuto 40 y entraba Jesé, intrincando la enfangada producción madridista, desprovista de juego entre líneas. La recta final antes del intermedio pintó a un Wolfsburgo cómodo con la pelota y más sin ella. La primera parte tenebrosa de un Danilo retrataba el acierto del técnico alemán y el déficit del francés. Henrique y Draxler ganaron de manera continuada la espalda a los adelantados laterales madridistas y, con ello, el esquema español se vio muy erosionado, con siete piezas regresando a destiempo. El peor escenario imaginable de desatención coral había abandonado su carácter latente para manifestarse con abrasiva fiereza. Debía Zizou acomodar sobre la marcha a su equipo. Una falta desde la frontal ejecutada por Bale que no encontró el larguero -minuto 44- clausuró la pesadilla visitante.

Quiso el Madrid recuperar el timón en el segundo acto ante un bloque alemán replegado, que cedió metros para gestionar su ventaja desde el achique intenso y la espera de opciones a la contra. No se registraron cambios nominales pero sí de ritmo e intencionalidad merengues. Buscó con vehemencia el ascenso de revoluciones a través de una circulación, ahora sí, autoritaria. Retrocedió hasta el encierro el club entrenado por Dieter Hecking, que viró su ambición de forma decidida hacia la conservación del rédito cosechado. Kroos, mucho más alzado posicionalmente, abrió fuego a través de un chut desde media distancia, lejos de la portería. Empezó con posesión horizontal, queriendo retomar el compás bajo su pentagrama el conjunto capitalino y recogió frutos con rapidez, pues se jugaría siempre en cancha ajena y las contras teutonas amainaron su periodicidad.




Probó suerte el equipo visitante con frugalidad durante los primeros 20 minutos de la reanudación. El desborde de Bale por su perfil zurdo y centro para el remate demasiado cruzado de Ronaldo, convertido en rematador central a estas alturas -minuto 48-, precedió a la pérdida de Naldo que Cristiano tradujo en chut muy desviado tras acción individual. Presionaba arriba entonces un Madrid que recuperaba biorritmos y automatismos tras pérdida, y lo intentaría otro par de veces el delantero luso. Todas ellas sin éxito. También se asomaría Bale a la frontal del área para lanzar, después de acciones en solitario horizontales, en dos ocasiones vacías de contenido. Y eligió Zidane a Isco para reflotar la claridad madridista en el ecuador de segundo tiempo. El andaluz, que adoptó la atribución principal creadora con jerarquía, alzó el telón del desenlace. Se marcho un Modric intrascendente por mor del cansancio. Fluyó, al fin, el cuero sobre el cauce anhelado por los visitantes, pero todavía no había dicho su última palabra el Wolfsburgo a la contra. Un córner madridista que se revolucionó y desnudó las costuras propias cercenó la constante madrileña. El lanzamiento despejado cayó en las botas de Henrique, que se disparó y conformó una contra de tres para tres. Schurrle, en el segundo poste, perdonó el tercero con un remate, sin marcador, que se fue arriba por poco -minuto 67-. Las desatenciones renacían la relevancia de su vigencia.

Isco, maestro de ceremonias junto a Marcelo, adoptó el espacio en la mediapunta, mejorando la gestación de llegadas visitante con notoriedad ante el encierro oponente. De un pase filtrado suyo, que Ronaldo no aprovechó para superar con tiro escorado a Benaglio, surgió la última opción de remate clara del Madrid –minuto 71-. El meta suizo se mostró providencial y el duelo aproximó el declinar físico hacia el minuto 90 con el intento español por anotar, al menos, el gol que redujera distancias y convirtiera en asumible la remontada. Los alemanes, por su parte, no modificaron su rictus. Consiguieron llegar a la orilla en lo concerniente a la solidez defensiva y todavía encontrarían las rutas de acceso a posiciones de remate en el epílogo del partido. Una diana más local catapultaba fuera de la Liga de Campeones, antes de tiempo, a uno de los favoritos. No en vano, Henrique y Kruse, que entró por el desfondado Schürrle para desahogar a los locales, llegaron a tratar de ampliar la distancia para convertir la empresa merengue en una quimera. Navas se interpondría y la densidad de la circulación visitante, con Bale, Ronaldo, Isco y James –que sustituyó a un Kroos gris y transparente en labores defensivas sin éxito- navegando por la colapsada parcela central. Luiz Gustavo y Guilavogui sellaron las líneas de pase, aún más con la inclusión postrera de Schäfer y Träsch –recambios de Draxler y Hernique, las estrellas de la eliminatoria, en su volcánico primer capítulo- y la ausencia de Benzema se hizo notar.

Tocó cruz en este ejercicio turbulento madridista y quedó abocado el club, como en tantas otras apneas de rendimiento cercanas en el tiempo, a una remontada excelsa. Los despistes, producto de la desatención sistémica, condenaron las opciones de un Madrid que salió concentrado en fase ofensiva pero indolente cuando tocó bajar el culo al barro. Exhibió pegada y optimización de recursos un Wolfsburgo que hizo historia y encontró el horizonte de su temporada al explotar su previsible plan: la velocidad a la contra desarboló al aristócrata y la utopía se tornó en realidad en los primeros 25 minutos del cruce. La falta de atención prolongada, que se cobró la víctima de Danilo como mártir, enfadó a un Zidane contrariado en el post-partido. "Si no metemos intensidad, y no salimos con la necesaria en un partido de Champions, pasa lo que pasa y cuando te meten gol es verdad que puede ser por falta de concentración", explicó el entrenador galo, incapaz de disimular su disgusto. Los guarismos evidencian la prolongada saeta y viacrucis colectivo español: ganó la posesión (58%) y llegó más veces al área rival (relación de 10 a 21 centros), pero el quid de la cuestión reveló que en disparos entre palos perdió. Con rotundidad. El eficaz despliegue alemán chutó seis veces con dirección a las mallas de Navas y el Madrid, por el contrario, sólo arribó en tres ocasiones a ese estadio preclaro. El ritual de la remontada queda activado desde el pitido final, pero el protocolo no tapa el sinsabor perpetuo de una temporada convulsa ni debe nublar las vías de la deblace global -falta de intensidad, atención a lo táctico y trabajo de las situaciones desde el banquillo- que este miércoles le costó un severó revés al convencimiento que parecía reforzado tras el chispazo ante los culés.



Ficha técnica:
Wolfsburgo: Benaglio; Vierinha, Naldo, Dante, Ricardo Rodríguez; Guilavogui, Luiz Gustavo; Bruno Henrique (Träsch, 80), Arnold, Draxler (Schäfer, 90); y Schürrle (Kruse, 83)
Real Madrid:
Navas; Danilo, Sergio Ramos, Pepe, Marcelo; Modric (Isco, 64), Casemiro, Kroos (James, 84) Benzema (Jesé, 41) y Cristiano Ronaldo.
Goles:
1-0, m.18: Ricardo Rodríguez, de penalti. 2-0, m.25: Arnold.
Árbitro:
Gianluca Rocchi (ITA). Amonestó a Vierinha, Luiz Gustavo y Guilavogui por el Wolfsburgo; y a Bale por el Real Madrid.
Incidencias:
partido de ida de cuartos de final de la Liga de Campeones disputado en el Volkswagen Arena ante 26.400 espectadores.
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