Se engalanó de ferviente ardor la ribera del Manzanares para acoger el capítulo final de una de las eliminatorias nucleares de esta edición de la Liga de Campeones. Y lo hacía bajo la atenta mirada del seleccionador, Vicente del Bosque, confrontando incertidumbres y cuentas pendientes, en este recorrido continental, entre los primero y segundo clasificados de la Liga nacional. El 2-1 cosechado por los catalanes en la Ciudad Condal contemplaba el rebate de la victoria virtual en un vértice tan minúsculo como constituye una sola diana madrileña. La confianza del pujante bloque colchonero, que acumulaba una inercia tan positiva en las últimas fechas domésticas como trompicada se dibujaba la trayectoria culé en el mismo intervalo, fiscalizaría la estabilidad del campeón de todo, que aguardaba con "tranquilidad y confianza" el escrutinio capital a la intensidad y hambre abandonadas en las precedentes citas. Se anunciaba un enfrentamiento a cara de perro en el anochecer del Calderón, con el jugoso horizonte del billete a las semifinales de la élite del balompié europeo en liza. Asomaba, pues, un tenso intercambio de estilos y argumentos que señalaría la identidad del segundo representante patrio en busca de aposentarse en el último peldaño del camino, el de San Siro.
Diego Pablo Simeone, que hubo de lidiar con la ausencia de la entrega sin pelota y la astucia anotadora recién refrescada de Torres, planteó la solidez anatómica como leitmotiv escencial de su presupuesto. Hilvanó el colchón que guardaría a Gabi con músculo y clase lanzadora. Augusto regresaba al doble pivote y Koke y Saúl retomarían el rol de interiores que fluctuan en fase ofensiva y amenazan y ordenan en repliegue. Griezmann y Carrasco, dos elementos desbordantes, asumirían la jurisdicción del vértigo en un sistema que adolecería de la presencia del punta referencial en favor de los avances periféricos. Filipe y Juanfran volverían a ejecutar la labor de ida y vuelta perpetua, con especial atención a su espalda, contemplando el veneno de la estela exterior oponente. Lucas acompañaba a Godín en el centro de una zaga encargada de bailar con el máximo goleador del Barça y Oblak completaba la estructura rojiblanca, destinada a tratar de imponer el ritmo de juego, disparatado, sin exponerse a penar tras pérdida. Contenía este duelo también una prueba de fuego para la aclimatación de la calidad arribada en el mercado estival en la idiosincrasia colectiva de la mejor defensa de Europa. La pericia con el cuero, puntería en último tercio de cancha y el rigor en las ayudas marcarían la superviviencia atlética en este trance de altura. Vietto, Correa y Thomas aguardarían su turno en el banquillo como los peones con vertiente atacante más acusada del plan b.
Luis Enrique Martínez, que negó que éste fuera el partido más importante del curso, no eligió sorprender de inicio y tampoco escatimó calidad en la dialéctica talento-equilibrio. Dicha lectura, que mantendría al tridente en la propuesta, necesitaría de un mayor compromiso táctico de los artistas que endulzan la obra catalana, pues, sin su entrega posicional se abonaría el terreno para el crecimiento local a la contra, una tesitura tendente a la ruptura de líneas que amortizaron Real Madrid, Villarreal o Real Sociedad últtimamente. Rakitic e Iniesta volerían a intentar ejercer de constructores de las circulaciones visitantes y de elementos cohesionadores del esquema. Alves y Alba se añadirían a la posesión en la medular sin descuidar sus avances y Piqué y Mascherano habrían de apoyar al único ancla del centro del campo en la vigilancia de los escurridizos delanteros de enfrente. Urgía el gigante culé una reacción instintiva de la voluntad competitiva de todas sus piezas para no naugfragar en la empresa a afrontar. De la gestión del cuero y las situaciones, ante la previsible presión local, dependería la manutención de la calma verbalizada por el técnico en la previa; del nivel de tensión coral sin pelota se nutriría el trabajo que propulsa las opciones de brillo de la imponente calidad en nómina; y del paso de los minutos en una ecuación de intriga se concluiría si los síntomas de cansancio previos influirían, finalmente, en el rendimiento global.

Arrancó el trascendental cruce con el Atlético marcando terreno. Messi, recostado en la cal izquierda, sentó a Filipe con un túnel de delicioso aperitivo en la primera acción del evento. Sin embargo, el argentino padeció la llegada automática de dos oponentes añadidos que abortaron el prematuro peligro. Tres contra uno a las primera de cambio. Dicho primer pestañeo obtuvo su versión extrapolada con el movimiento inicial de valentía posicional que encontraba al Barça luchando por salir de la cueva con criterio y dificultades. La alta presión ejercida susurró con celeridad el cariz antagónico de los planteamientos: el conjunto capitalino quería revolucionar el biorritmo de la trama, con velocidad tras robo e hiperactividad sin pelota y los catalanes pugnaban por frenar el tempo en base al cortejo continuado del esférico. La intensidad insuflada por la trinchera local obtuvo el bastón de mando de las sensaciones, evocando cierto descontrol tras fallo en el repliegue blaugrana, es decir, estaba conduciendo el duelo hacia el pentagrama que le resultaba favorable. La ganancia de afirmación encontró refrendo tangible en la tormenta inaugural de llegadas. Abrió fuego el centro desde el perfil derecho que recayó en la posición de Gabi, en soledad y desde dentro del área, para que el capitán enviara a las nubes su zurdazo -minuto 2-. Prosiguió la falta lateral repelida por Piqué que cayó en las botas de Koke. El interior escogió a Carrasco, que recibió y chutó a las manos de Ter Stegen desde la frontal -minuto 3-. Y clausuró el intervalo la combinación entre Saúl y Koke, tras pérdida de Alba, que llegó a la posición de Filipe. El posterior envío del brasileño consiguió el cabezazo peinado del 7 colchonero, en el primer poste, que atajó el meta alemán -minuto 6-.
Necesitaba equiparar el nervio al de su rival el Barça o tratar de imponer el bostezo combinativo. Optó por esta segunda opción, que se expondría como la acertada. Pasó a dibujar el favorito posesiones largas y horizontales ante un Atlético de defensa adelantada, negado a encerrarse. Iniesta volvía a asomar como único creador dispuesto a batir líneas ante la explícita amenaza continua de transición madrieña, de pelaje muy vertical, con Carrasco y Griezmann como adalides de la ofensa. Se evidenciaba un 4-4-2 claro en la defensa de Germán Burgos, que basculaba rápido y taponaba los pasillos centrales, pero, quemado el primer cuarto de hora consiguió el Barcelona, hoy estelado, congelar el devenir por el cauce de la alimentación de una asociación controladora y extremada, sorteando la presión alzada y castigando la autoestima local al convertir el esfuerzo en fútil. La pelota viajaba lejos de la aproximación rojiblanca, siempre en cancha visitante. La personalidad blaugana en la ortodoxia de su plan había desembarcado para condicionar el tipo de trama frente a un combinado constreñido a esperar una imprecisión, que no llegaba, para ganar fe y frugalidad. Trataba de forzar un número de escapismo el sistema de Simeone alcanzando las segundas pelotas propiciadas por los desmarques al espacio de Griezmann, Carrasco y Saúl, pero la vigilancia culé lucía eficaz después del trance padecido en el prólogo. Messi -que destacó hasta entonces sólo por bajar hasta su línea de fondo y ganar el cuero al extremo belga local-, Suárez y Neymar permanecían descontextualizados, fuera de la lógica por la intencion de Luis Enrique de mantener el campo muy abierto y a causa de la trabajada efectividad local en la amortiguación de las superioridades por banda. De la inteligencia solitaria del charrúa nació la primera llamada a la inquietud de Oblak. El delantero cayó a la cal izquierda para, tras verse rodeado, forzar un saque de esquina sin consecuencias -minuto 25-. Se confirmaba un paisaje de cercana placidez del cinco veces campeón de Europa, mitigados ya los conatos de incendio indios.
Al borde del minuto 30 había vuelto a matizar el Atlético el monólogo catalán después de alzar las líneas y tocar arrebato posicional, con hasta cinco piezas en cancha ajena. Gabi, Saúl y Koke soltaban sus marcajes para intercalar sprints que forzaban al envío rudo y largo barcelonés hacia la línea defensiva visitante, aunque la ambiciosa variante no se vio corroborada por una gestión precisa del cuero, hecho éste que no acabó de amainar el control del tempo blaugrana. Llegó, entonces, el primer ajuste: Messi centró su escaño para ocupar las labores del 10 y el espacio del mediapunta. Trataba Luis Enrique de avanzar en su hoja de ruta generando intranquilidad al granítico repliegue atlético. Y cosechó con rapidez la esperanza anhelada, aunque ésta se confirmaría ténue hasta el entretiempo. Iniesta, destacado entre sus filas, fue derribado a 20 metros del arco local -minuto 32-. La Pulga ajustó su lanzamiento de falta frontal, único del Barcelona a esa altura de batalla, pero no encontró la dirección y se perdió por encima del travesaño.
La trama precía replegarse ante la alternancia de argumentos contrapuestos que no se extendían hasta posiciones de remate, entretejiendo una suerte de centrocampismo que había favorecido a los intereses barceloneses. Pero la gallarda asunción de riesgos local, cuya estructura yacía muy adelantada en este tramo, asomaría como argucia determinante en la ruptura de la dinámica que conduciría hasta el intermedio. Y alcanzaría no sólo el equipo de Simeone a interponer una enmienda al soliloquio visitante, sino que se disparó a asestar el mordisco que volteaba la reación de fuerzas. Un balón por el que batalló Koke con los dos centrales en el pico del área y recuperó Alba alzó el telón del punto de inflexión. La presión consiguiente forzó la pérdida en campo propio del lateral. Gabi recolectó el error y cedió para el pase en profundidad de Saúl, con el exterior de su zurda, que desembocó en un centro desde el pico del área que localizó el frenético desmarque de Griezmann. El goleador galo, que se adelantó a todos para invocar el grito de la tribuna, dibujó un testarazo vertiginoso, al que Stegen no alcanzó a detectar, para irrumpir en la red sin preguntar -minuto 37-. Se adelantaba un Atlético que exhibía inteligencia en la lectura de las situaciones y puntería. Alcanzaba el objetivo y quedaba por comprobar, pues, la reacción de ambos contendientes y, sobre todo, el tipo de gestión de la ventaja local.

No mutó el rictus la conversación: las huestes del Cholo, que parecerían haber holisqueado la sangre de la endeblez catalana, mantuvieron la presión asfixiante muy arriba. Sobrevenía, en consecuencia, el verdadero test colectivo al golpeado vigente campeón. Pero nada sufriría una metamorfosis considerable hasta encaminarse a vestuarios. Messi regresó para reclamar protagonismo al emerger para desatascar una encerrona de tres rivales y ceder al primer mano a mano de Neymar con Juanfran -minuto 40-. El carioca eludió el cara a cara para esbozar una diagonal que concluyó en el primer tiro a puerta culé, con demasiada parabola y cómodo para los guantes del plácido meta esloveno. La postrera pérdida de Iniesta, con todo el bloque catalán en campo ajeno, que Augusto uniformó de contra retrató la identidad del partido. Carrasco tomó el esférico en la medular para embarcarse en una galopada de 40 metros culminada en el chut cruzado que Stegen sacó por mor de una notable reacción de reflejos -minuto 43-. El bloque de Luis Enrique se había manejado en una regular moderación, conservadora, que le amarró y le impidió tocar techo en ambas fases del juego para caer en las ráfagas de pulsión colchoneras.
Sin sustituciones arrancó el segundo acto. No se registraron cambios nominales pero si de inercias. Acometió el Barça el protocolo de gobierno del duelo, estableciendose como único púgil con permiso para dictar el ritmo y aceptó el movimiento un Atlético que se empeñó, con rapidez, en la cesión de metros y repliegue intensivo. Se trataba de contraponer los niveles absolutos de cada estilo. Éstos quedaron suscritos por la primera llegada visitante en jugada elaborada, que confluyó en un saque de esquina botado en corto y chut de Neymar al cielo -minuto 47-; y por la respuesta rojiblanca, producto de una contra estilística que generó otro córner, esta vez rematado con la testa, al larguero, por Saúl. El encuentro con la madera había venido precedido de un deficiente despeje de la retaguardia contrincante -minuto 52-, para sellar el paradigma.
Aceleraría sus asociaciones el Barcelona en busca de la confirmación del achique posicional colchonero, situación que alcanzó pasado el décimo minuto de la reanudación y que contaminaría el duelo hasta su epílogo. Alba y Alves llegaban de manera sistemática para tratar de sorprender a la soberbia basculación local, que no soltó una pulgada del colapso de la parcela central de cancha, neutralizando el magnetismo de Messi. Abrazó el sistema del Lucho el despliegue monopolizador acostumbrado para granjearse, ahora sí, el dominio del tempo y el amarre del vuelo atlético. Delineó la trama en su última media hora el reparto equidistante de exigencia: la madrileña correspondía a lo pegajoso de su red de ayudas -en la ejecución- y a lo sólido de su capacidad agónica -en lo psicológico-; y la catalana desafiaba la clarividencia creadora de los tótems actuales del fútbol ofensivo. Esto último cuchicheó una resolución precoz en el centro raso de Alves, promocionado por la clase de delantero centro de Suárez, que parecía escapar al radar de una zaga que, in extremis, consiguió abortar el envío. Esperaba el líder español que el decantar del escenario y del paso de los minutos revirtiera en las tablas del partido y en la convulsión de la eliminatoria. La circulación empezaba a avistar fisuras en los extremos del cierre local, con Neymar peleando por ganar peso y los carrileros arribando al pico del área sin interrupciones. Iniesta volvía a ejercer como maestro de ceremonias -aliñando su actuación con un slalom y disparo centrado desde la frontal-, pero el esfuerzo madrileño conducía la tratativa azulgrana hacia la horizontalidad de los centros laterales y cambios de orientación, circunstancias que solidificaban la resistencia del púgil en ventaja.
No obstante, cuando se hubieron asentado los presupuestos de cada cual logró estirarse el Atlético gracias a un robo y salida de Saúl, con pase en profundidad hacia la potencia de Griezmann. El francés desbordó a Mascherano pero no pudo traducir su disparo cruzado en el segundo tanto. Stegen atrapó un intento que no significaría más que un espejismo, pues el conjunto dirigido por Simeone necesitaba encadenar tres o cuatro pases y algo de pausa para sobrevivir a su sufrida épica encerrada. Luis Enrique redobló la energía, que no la apuesta, e incluyó en el intento de respingo final a Arda Turan -objeto de la pitada de a velada- y a Sergi Roberto -minuto 65-. El primero sentó al vacío Rakitic para mejorar en el pase anterior al pase definitivo y el segundo, que sustituyó al contrariado Alves, superado por Filipe, intentaría equilibrar la fórmula para aportar en ataque, además, con su capacidad física. No cupo en este intervalo espacio para la toma de aire rojiblanca, con el Barça volcado a la asociación horizontal, que se mostraba siempre en la frontal local. La acumulación de obreros en dos líneas tan apelotonadas como cohesionadas suponía el repliegue local, que a duras penas interrumpía el transcurrir con despejes sin solución de continuidad. El número sublime de cuerpeo de Suárez sobre Godín constituyó el aviso principal antes de la recta final. El maniatado punta concluyó su maniobra con un disparo detenido por los guantes de Oblak. Iniesta, de nuevo con el mando exclusivo, había filtrado el pase vertical.

Sobrevino una escaramuza entre Godín y Suárez como punto y aparte en el ritmo. El gesto del Atlético requería la interrupción del continuo mando culé y esta argucia arrancó algo de mutación a la escena. El Cholo dio entrada al energético Thomas para suplir a un Carrasco excepcional en el uso de la amenaza que se le presupone y ganó el suspiro buscado. Sin embargo, no levantó el pié del hegemónico acelerador un Barcelona entregado a la ya enfangada iniciativa. Habia alzado líneas y multiplicado la intensidad tras pérdida, ajustando el ahogo dispuesto sobre el club madrileño. En efecto, como resultado del ejercicio colectivo aconteció la pérdida de Griezmann y el pase inteiror de Sergi Roberto para el remate centrado de Suárez que detuvo Oblak bien colocado -minuto 84-. Pero el impecable segundo acto azulgrana no conseguía interpretar en réditos la acción y disfrazó a Piqué de delantero centro, profundizando en la apuesta alternativa por el balón aéreo lateral. Había negado el equipo local los espacios sobre los que ilustran Neymar y Messi -apagados- y restaba sólo la estratagema de derribo más rudimentaria, a contrarreloj. Esa misma que le entregó la remontada en la cabeza de Suárez en la ida. El central yacía en el baile con Lucas y Godín para bajar los balones colgados. Toda herramienta resultaba válida para el otrora estético guión blaugrana.
Asistió el angustiado coliseo, entonces, a lo imprevisible. No había enlazado una salida clara el Atlético desde los primeros minutos de segundo tiempo, presa de la precipitación y del cansancio que nubla la conciencia. Pero Filipe Luis asumió la bandera utópica para decidir el cruce. Leyó el intento de regate de Sergi Roberto en banda y le robó el esférico, quedando el lateral catalán doblegado. Se lanzó, pues, una contra de tres para tres que dirigieron Koke, Filipe y Griezmann. Continuó su deflagración el suplente de Marcelo en la Canarinha esbozando un túnel de terciopelo a Mascherano, el mejor de los suyos en el sostén del suicidio ofensivo, y divisó la soledad de Antoine en el segundo poste. Propulsó el envío e Iniesta interceptó con la mano en una decisión irrebatible. Penalti. Había remado el Barcelona de manera impenitente pero desprovisto de claridad, y, ahora, Griezmann disponía del lanzamiento que podría sentenciar la temporada barcelones. El francés ajustó su chut a la cepa del palo izquierdo, inutilizando la considerable estirada de Stegen, para transformar la pena máxima y desatar el paroxismo en el Calderón. Arribó el 2-0 en el minuto 87, después de un desierto de reclusión contemplativa, que sumó galones al estatus defensivo colchonero.
Mientras retomaba el pulso el Barça y se atravesaba el 90 de partido, quiso Simeone atar los cabos sueltos introduciendo en dinámica a Savic y Correa por Griezmann -ovacionado tras confirmar, con mayúsculas, su cariz trascendente en este deporte- y Augusto -clave en la filosofía de este enriquecido planteamiento atlético y digno sucesor de Tiago-. Reforzaba la respuesta a la intentona aérea visitante y renovaba la frescura de la amenaza propia. Por el contrario, se descubrió el técnico argentino, y el recinto al completo, en una apnea que parecio eterna. En el descuento, Iniesta, quién sino, imaginó el centro definitorio desde el pico del área y Gabi, desbordado, interpuso la mano sobre la línea del área grande, a polémico y errado juicio de Rizzoli. Después de lo recorrido por ambos contendientes iba a ser Messi el que poseería el dictamen de la suerte de la cuenta de resultados de cada equipo. El genio de Rosario colocó el esférico y oteó la posición de la barrera y de Oblak ante el silencio atronador. Inició la parafernalia que tantas veces ha concluido en el sollozo del portero rival pero esta vez no hizo diana. El lanzamiento se perdió en el fondo sur del estadio. El Atlético autografiaba su participación en las semifinales del torneo más prestigioso del planeta después de eliminar, otra vez, al todopoderoso Barça. No lucieron los futbolistas decisivos y el desempeño culé, en claro ascenso tras el descanso, no encontró premio en el pedigree de sus estrellas. La defensa se impuso al ataque, como muestran los guarismos: dispuso el tenedor de la pelota un 75% de posesión, pero esa victoria se tornó en derrota en la amortización de ocasiones (13 llegadas al área visitantes por nueve locales, con seis tiros entre palos rojiblancos por cuatro azulgranas). Simeone descosió las costuras a la espalda de su ilustre rival de este miércoles para alboroto de la tribuna, que sigue asistiendo a la dorada obra del Cholo en la ribera del Manzanares.
"Es un golpe duro, que no esperábamos", confesó Piqué al término de la tercera derrota que acumula su plantilla en los últimos cuatro encuentros. Prosiguió el central referencial su análisis compartiendo la línea maestra escondida por su técnico en la previa: "En la primera parte salimos más contemplativos, porque era favorable el resultado, pero el gol de Griezmann nos trastocó los planes". Había declamado Luis Enrique que irían "a ganar", con la intención de anotar a domicilio como preferencia sobre cualquier otro aspecto. "Lo que es una evidencia es que no estamos en nuestro mejor momento, pero en cuanto a actitud estoy orgullosísimo de mis jugadores", declaró el preparador asturiano, que asumió en el post-partido que no esperaba "un Atlético tan tranquilo" y dijo que "entendíamos que hacer un gol iba a ser muy importante, pero no ha sido así". Lucho, que denunció que resultaba "difícil mantenerse en pié" (en referencia a la altura y estado del césped) se excuso, antes de despedirse de su primer fiasco pronunciado al mando del transatlántico blaugrana, señalando que "tenemos controlados parámetros que consideramos importantes para ver el estado de los jugadores, pero no tengo la bolita mágica para saber cómo vamos a estar o si vamos a estar lúcidos". No lo estuvieron y tampoco repiquetearon en la producción de acciones de remate. Y el banquillo volvió a representar vacuidad. El tridente no rescató esta vez al atasco de la elaboración grupal y Messi, plomizo, seguirá aguardando la opción de anotar su gol 500.
Ficha técnica:
Atlético de Madrid: Oblak; Juanfran, Godín, Lucas, Filipe; Saúl, Gabi, Augusto (Savic, m, 91), Koke; Griezmann (Correa, m. 89) y Carrasco (Thomas, m. 72).
Barcelona: Ter Stegen; Dani Alves (Sergi Roberto, m. 64), Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Rakitic (Arda Turan, m. 64), Sergio Busquets, Iniesta; Messi, Luis Suárez y Neymar.
Goles: 1-0, m. 35: Griezmann; 2-0, m. 87: Griezmann, de penalti.
Árbitro: Nicola Rizzoli (Italia). Amonestó a los locales Gabi (m. 69), Godín (m. 84) y Correa (m. 89) y a los visitantes Luis Suárez (m. 70) y Neymar (m. 77).
Incidencias: partido de vuelta de los cuartos de final de la Liga de Campeones, disputado en el estadio Vicente Calderón ante 55.000 espectadores.