Reflotar la maltrecha ilusión tras el fiasco continental recuperando la relevancia liguera. Este resultaba el epígrafe capital de la hoja de ruta del Barcelona después del fiasco, con aspecto de colapso ofensivo y anatómico, en la última visita a la ribera del Manzanares. Debía el gigante lamerse las heridas este domingo por el propio cuidado de la autoestima, para que el cortocircuito no se tornara en incendio que requisara la legitimidad del proyecto encabezado por el tridente –indolente en fechas precedentes- y porque de la manutención del liderato doméstico dependería buena parte de la recuperación de la ansiada normalidad ganadora. Se atravesaba el volcánico trayecto del Valencia, con un zigzagueo continuo este curso, y que arribaba a la Ciudad Condal con la permanencia encarrilada -sobre todo después del sólido triunfo ante el Sevilla del fin de semana pretérito- pero no resuelta. Con este intercambio de objetivos de carácter antagónico se prestaba un enfrentamiento prendado de incertidumbre por ambos bandos y la respuesta de los vestuarios a las inercias arrastradas copaba los focos en la previa del cruce.
Luis Enrique Martínez, que confesó el mal momento de su plantilla en base, entre otros elementos, a la falta de rotación por incomparecencia competitiva de las piezas circunscritas al banquillo, no interpretó este envite como el adecuado para gestar revoluciones o limpiar el aire de la casa con un ramillete de caras nuevas. Tan sólo Dani Alves asumió el papel de mártir -quizá por su anacrónica performance en redes sociales-, entregando la alternativa a Sergi Roberto. Rakitic e Iniesta volverían a abrigar a Busquets y sobre Messi, Neymar y Suárez recaería el peso exclusivo del gol. Piqué y Mascherano cerraban el arquetípico sistema lanzado por Alba y Roberto en los costados. Bravo defendería la meta de una estructura que habría de recuperar la cohesión abandonada para no volver a sangrar tras pérdida. La fluidez en la circulación, la gestión del cansancio (físico y mental) y la atención al ordenamiento táctico de cada peón se manifestaban como fundamentos a cumplimentar si no querían ejercer, otra vez, de sujetos pasivos de un episodio inesperado. Munir representaba todo el bagaje creativo en un plan b desprovisto de Arda Turan o Rafinha. Los que cayeron en la apnea de rendimiento que ajustó la distancia entre gallos en Liga debían solventar la papeleta en primera persona.
Pako Ayestarán, que todavía no ha estabilizado la convulsión ideada para esquivar el ahogo che, eligió para esta complicada visita apostar por una alineación que relativizaba el músculo y confeccionaba un centro del campo pleno de calidad técnica. Con Javi Fuego como único ancla, Parejo y Enzo Pérez habrían de equilibrar y engrasar las salidas dirigidas hacia el desborde exterior de Rodrigo y Santi Mina. Sin delantero referencia (Alcácer y Negredo empezaron en la banca), André Gomes se situaría en la punta de lanza con el fin de alimentar las transiciones al galope de su potencia y visión de juego. Barragán y Siqueira figuraban en los laterales, en una elección demasiado ofensiva si se contemplaba lo venidero, y Abdenour y Musafi tratarían de ganar el baile con Suárez, siempre interesante. La unidad de líneas y los apoyos de los extremos para bascular y no sufrir por las superioridades en banda reclamaban vigencia, del mismo modo que un planteamiento tan tendente al cortejo acelerado del cuero necesitaba de precisión y paciencia, pues si no se cumplían ambas condiciones podría girarse la expectativa hacia un Via Crucis prolongado de encierro y achique. Y la consistencia del repliegue valenciano, tan frágil durante la temporada, no pretendería exponerse a un examen frente al exponente ofensivo por excelencia del balompié actual.

No disimuló su intencionalidad el Valencia. Dispuso, con celeridad, un paisaje destinado a incomodar el transcurrir familiar sobre el que brilla la calidad blaugrana. Alzó muy adelantada la defensa en un movimiento pleno de valentía y ejecutó un número de intenso repliegue en cancha propia, reduciendo los espacios para el tapón de los pasillos centrales entre los que el centro del campo local reluce. Buscó la sorpresa para desestabilizar la convicción del club puntero del campeonato y lo recogió fue la penitencia: la altura de la estructura arriesgaba al patrocinar hectáreas al envés de su defensa, entregando a Messi, Neymar y Suárez el paisaje sobre el que renacer en la excelencia técnica. Así, antes de que los presupuestos trabajados por ambos contendientes tomarán bagaje en el minutaje, sobrevino un chaparrón de llegadas barcelonesas, todas ellas en vuelo y en profundidad. Abrió boca la acción al espacio de Suárez, que recortó, aguardó y atisbó el desmarque de Messi en el segundo palo. El centro conectó con la soledad del argentino, que no supo resolver el mano a mano y chutó al cuerpo de Alves -minuto 6-. Una combinación que nació en la banda izquierda, con el pase en diagonal de La Pulga para que Rakitic prolongara y Suárez completara la jugada a través de un disparo demasiado cruzado -minuto 8-, ahondó en el escenario.
Messi estaba asumiendo la responsabilidad del gobierno de las operaciones y abría al Valencia, ejecutando cambios de sentido continuos que encontraban en el perfil izquierdo una autopista para la llegada, en ruptura, de Alba. Un desmarque del lateral catalán concluyó en un centro tenso que Suárez no remató a la red por poco. Los desajustes se acumulaban en la desorientada zaga visitante por mor de la refrescada velocidad combinativa, que no permitía que las ayudas llegarán a tiempo, con el juego entre líneas funcionando a pleno rendimiento. Además, la presión ejercida tras pérdida complicó la escena sobremanera a los levantinos, que se descubrieron fuera de foco cuando Neymar se disparó hacia el cara a cara con Alves. La vaselina dibujada por el carioca fue repelida por el meta brasileño en un ejercicio de reflejos -minuto 13-. Sin embargo, la frugalidad del prólogo, que evidenció la superioridad azulgrana y el desatino de cara a puerta disfrazado de tendencia, viró pasado el primer cuarto de hora hacia la congelación de las aceleradas revoluciones que anunciaban paroxismo local.
El robo de Santi Mina a Busquets, en campo del Barça, que se condujo hacia el chut ajustado de Rodrigo que lamió el poste derecho de Bravo -minuto 16-, supuso la materialización del cambio de la dirección del vendaval. El advenimiento de la sensación de amenaza valencianista se vio corroborada por la manifestación del rebate del soliloquio culé. Había arrancado temple el Valencia esbozando salidas a la contra que no profundizaron por la imprecisión en tres cuartos de campo. Se vio acompañada esta directriz con una subida vehemente de líneas y desplegando un 4-5-1 sin pelota que empezó a indigestar la salida jugada del Barcelona. Andre Gomes se adosaba a los centrales y el resto del equipo acompañaba, confeccionando una red alargada que, por el contrario, no suponía la ruptura de líneas visitante. De hecho, consiguió Ayestarán que los pupilos del Lucho soltaran la ortodoxia en el manejo de la posesión con el fin de aceptar el desafío y contemplar el lanzamiento directo como argucia predilecta, quedando el partido huérfano de patrón y pausa. Bajo este paraguas limitó la creación de aproximaciones al área de Alves el bloque che al balón parado o lo inesperado. El primer punto llegó de un córner botado por Rakitic hacia el primer poste que peinó Mascherano y Suárez envió por encima del larguero, en inmejorable posición -minuto 22-; el segundo episodio lo inauguró un saque hiperbólico de Bravo, que Neymar disfrazó de dos para dos con Messi como aliado. El esférico recayó en el slalom del argentino, que forzó al portero brasileño a estirar su físico. Conjugó el arquero el peligro nacido de la nada –minuto 23-, pero no se zafaba el tridente la pegajosa percepción de los colmillos mutilados. Perdonó la terna más goladora del planeta y el colectivo lo pagaría muy caro.
A esta altura de enfrentamiento ya había avisado el Valencia del peligro que ostentaba en transición, desnudando, en parte, la endeblez en la vigilancia local. Lo que surgía como sospecha latente se transformó en tangible, para inquietud de la tribuna, en el minuto 25. Se desató una contra valenciana que lanzó a cinco piezas y que Parejo dirigió abriendo a la izquierda, donde esperaba André Gómes. El clarividente luso localizó el desmarque de Siqueira, que se adentró en el área sin oposición. El lateral propulsó un centro raso al que llegó, en escorzo, un apurado Rakitic, pero el croata sólo pudo desviar, y no taponar, el pase. El balón de dirección modificada se coló en la meta blaugrana mansamente y por el primer poste, con Bravo incapaz de reaccionar al imprevisto.

No se amoldó el Barça al shock y permanecía partido tras pérdida. Parejo, Enzo Pérez y André Gomez se relamían ante abismos a la espalda de la medular catalana. Busquets, superado como en las tesituras más tenebrosas, Iniesta y Rakitic –que llegaban a la acción cuando ésta ha finalizado- sollozaban por la fractura colectiva del esquema de Luis Enrique. Alcanzó el Valencia la ejecución estricta de la argumentación ideada por Ayestarán, de notable simbiosis con el pentagrama del Clásico, de Anoeta y del Calderón. Cada imprecisión penalizaba los agujeros tácticos de un coloso con equilibrio de barro, convirtiendo la deflagración a la contra como una herramienta de destacada asiduidad. El chut alejado de diana de Siqueira, después de una posesión larga e inteligente de los visitantes, cada vez más cómodos en ambas fases del juego, remarcó lo contravenido de los designios relacionados con la placidez catalana. El intervalo caótico, cultivado por la delegación levantina, se extendió hasta el último cuarto de hora previo al intermedio, de manera que el plan de partido quedaba nítido, con el otrora intocable púgil culé ingeniándoselas para huir de sus vicios.
Quiso recuperar el líder el control del tempo y de la posesión, para remitir el sufrimiento y la angustia. Sin embargo, no cedió verticalidad y el avance local no terminaba de mezclar asociaciones en estático con los envíos en profundidad y en busca de la carrera al espacio de Suárez o Neymar, quedándose el trazo global como un continuado esfuerzo vertical sin coherencia con la llegada de piezas desde segunda línea. Faltaba pausa y horizontalidad a un Barça cuya caída en la ecuación valenciana hurtó influencia a Iniesta y Rakitic. Incluso Messi parecía apagado, fuera del relato. No obstante, la relación de producción ofensiva de los representantes de la de la Masía se detuvo en el minuto 38. El 10 argento provocó una falta en la frontal que ejecutó el propio astro zurdo. Estrelló en la barrera su intento y en el cuerpo de Alves el lance posterior, con pase aéreo de Alba tras el rechace visitante. Y la tratativa de aceleración postrera tocó arrebato en un ascenso de revoluciones y líneas rotundo. Pero la claridad presupuesta al juego coral azulgrana tampoco tomaría protagonismo en este paréntesis. Sí lo haría, para desgracia de la fe barcelonesa, un nuevo episodio de la fractura colectiva que parecería, en esta fecha del ejercicio, ser sistémica. Parejo ideó un pase soberbio a la carrera de Santi Mina, que escapó al radar del descoordinado protocolo de vigilancia culé. El gallego redobló la afrenta y asestó el segundo mordisco del partido tras superar la oposición de Bravo con soltura. En el descuento.
Los guarismos significaban la asistencia, quizá, a la escenificación más cruel de la valía del planteamiento defensivo. Dominó en su parámetro favorito el Barça (66% de posesión) y también lo hizo en lo relacionado con la fabricación de llegadas al área (14 por tres visitantes) y los disparos entre palos (cuatro a uno). Era el florecimiento de los desajustes tácticos, por cansancio y desatención del frente ofensivo y central, el elemento esencial de la decrepitud local. Ésta autocomplacencia condenaba el resto de factores en liza y el campeón de todo se colocó, en consecuencia, en una tormentosa posición de cara a los últimos 45 minutos. Urgía una respuesta exuberante de cada pieza sin exponerse sobremanera en fase defensiva. Necesitaba anotar tres goles y dejar de recoger el cuero de la red propia, pues el empate profundizaba en la apnea y apretaba la cima liguera más de lo deseado en Can Barça.
El ritual inherente a la obligada remontada dispuso a Messi en la parcela central, como dictador del ritmo y la perspectiva de avance. Aderezó el sistema de Luis Enrique esta esencial modificación con al frenesí rítmico que es propio de un esfuerzo goleador semejante. Alba y Roberto se incorporaron como extremos, con Iniesta, Rakitic el 10 y Neymar elaborando asociaciones entre líneas que arrinconaron a un Valencia que optó por replegar y edificar una seriedad en el cierre que abonara el terreno para golpear a la contra y sentenciar. Así, decretado el inicio de segundo acto se estableció un espectacular ejercicio mutuo sobre el filo de la navaja que se extendería hasta el desenlace. El Barça se abandonaba a jugar en la frontal contrincante con el riesgo tras pérdida adquiriendo un grado sumo, y el Valencia, por su parte, habría de extender su capacidad de sufrimiento hasta cotas no experimentadas por la irregularidad enseñada a lo largo del curso. Se esbozaba, por lo tanto, un monólogo blaugrana que repiquetearía en las inmediaciones de la meta defendida por Diego Alves atisbando las tablas como una opción cercana. Todo dependería del acierto de los mejores rematadores del mundo.
La pared entre Suárez y Rakitic que culminó en chut trompicado del croata -minuto 45- encendió la tormenta venidera. Mustafi, Abdenour, Parejo, Pérez y Fuego se afanaban por multiplicarse en el intento de colapso del centro de la ofensiva culé, pero las fisuras empezaban a emerger en unos contra uno exteriores, con Neymar y Alba como principales destinos de la circulación. Andre Gomes intercaló un disparo que calentó los guantes de Bravo en plena reproducción del asedio estándar. Pero los artistas que pisaban el área valenciana no conseguían llegar al timing adecuado para el remate o lanzaban desviado, como le ocurrió a un plomizo Ney. La resistencia visitante arrancó 15 minutos al desespero local, que contemplaba cómo su gestora de opciones estaba calibrada pero la puntería no lucía afinación. Introdujo en el 60 de partido Ayestarán a Paco Alcácer en la fórmula, sentando a un sobresaliente y vacío Santi Mina. Intentaba el técnico vasco reforzar la amenaza venida a menos por la intensidad de la reclusión. Añoraba el Valencia hilvanar algo de respiro por el cauce de las contras, la intercalación de interrupciones o, siquiera, el enlace de tres pases seguidos que cortaran el delirio impuesto por el respingo catalán.
Sacaba la cabeza un intermitente Iniesta para probar la astucia de Alves, con un centro puntiagudo, en lo que se designaría como el preludio de la cosecha de esperanza azulgrana. Messi, que había asumido la faceta diseñadora del pase anterior al pase definitivo, ganó metros y abrió a la banda en el minuto 64. Neymar, desacertado en el intento continuado por sentar a tres rivales en cada lance, amagó y dejó pasar el cuero, dejando desguarnecido el flanco izquierdo. Allí arribó Alba, que, como en tantas otras ocasiones, miró a Suárez pero la puso a la llegada de segunda línea del Balón de Oro. Zurdazo raso de primeras ajustado al poste. Recortaba distancias el número 10 icónico de este tiempo y acortaba el trecho para con el engrose de las opciones de alzar el trofeo de la regularidad. El gol 500 de la carrera del genio parecía llegar a tiempo para el enésimo rescate.

A partir del 1-2 se añadió al guión de la trama las coyunturales salidas a la contra valencianas, que aprovechaban el vuelco total barcelonés en pos del empate para salir con soltura, gracias a la fenomenal visión de Dani Parejo. La inercia susurraba el advenimiento del segundo tanto local, por la impenitente producción de centros laterales, por lo que el técnico vasco decidió mover el banquillo y suplir al asfixiado Enzo Pérez por los pulmones de Cancelo. Solidificaba la apuesta el preparador visitante, que llegaría a la orilla, o no, bajo el esquema de robo y salida. Luis Enrique, por el contrario, no leyó la necesidad de efectuar alguna modificación, bien por la decadencia del fuelle, bien por el desatasco del último remate. No entendió Lucho que dispusiera en la banca de soluciones al desafío ya revestido de contrarreloj, quizá porque el nivel y fluidez de la circulación blaugrana resultaba irresistible.Mientras tanto, Diego Alves reclamó protagonismo en la frontera del último cuarto de hora al conjugar un disparo de Rakitic con dirección a la red. El croata había realizado una maniobra de distracción sensacional en el área pero todo se zanjó en un córner sin consecuencias.
Javier Mascherano volvía a sostener el suicidio ofensivo de los suyos, casi como único efectivo de vigilancia, con Piqué aposentándose en el centro del área ajena para bajar balones o embocarlos. Alcácer, Parejo y Rodrigo apenas conseguían dar respiro a la zaga che. La causa justificaba la total desconsideración por el equilibrio del acuciado líder, y Suárez, primero, y Neymar, después, rozaron el gol cuando el electrónico marcaba el minuto 80. El charrúa no alcanzó a tocar el centro rígido de Sergi Roberto, en el 82, y el brasileño engatilló un remate desde dentro del área que Mustafi desvió a saque de esquina dos minutos más tarde. Yacía en silencio el Camp Nou, asistente impaciente de la épica a la que se ha aferrado demasiado últimamente su equipo. Por el camino inició el Valencia un estiramiento que se tornaría decisivo, con Rodrigo, André Gomes, Parejo y Alcácer entretejiendo contragolpes que, si bien no redundaban en opciones de remate, valía oro a ese peldaño de esfuerzo. De hecho, el 9 valenciano gozó de un dos para uno que le terminó entregando el primo de Rafinha y que Bravo contempló cómo se perdía desviado in extremis.
Acto y seguido Ayestarán ideó el carpetazo al combate sacando a Rodrigo y colocando en el verde a Gayá. Para nutrir al repliegue exterior y afianzar la toma de respiro con pelota y en transición. Y le funcionó. El despliegue del Barça se clausuró con el remate fuera, con todo a favor, de Pique. Un centro parabólico que desvió un zaguero cayó en el pecho del central, que bajó el esférico y cruzó en exceso su remate. Era el minuto 89 y la mixtura entre la mala fortuna, el cansancio y las costuras tácticas sentenciaban la ventaja del Barcelona que encadenó 39 partidos invicto. No cicatriza la herida culé en lo que ya constituye toda una crisis de resultados y cohesión colectiva. Esta infección, que en Chamartín se denomina “vicios heredados” –palabra de Florentino-, pareciera haberse contagiado al trabajado proyecto de Luis Enrique, que desploma su concepción coral en el peor momento imaginable. Fuera de Liga de Campeones a destiempo, “de manera inesperada”, según Piqué, este domingo padecieron otro contratiempo, aunque de diferente cara. Jugó bien con balón y al ataque esta vez -balance final de 22 llegadas y siete chuts a portería-, pero volvió a pagar el precio de la desatención defensiva. Se aprieta la Liga, que queda con los tres primeros en dos puntos y a falta de cinco partidos. Parece ésta la hora de repasar los calendarios venideros y trazar cábalas. En el entretanto llegó, vio y venció un Valencia que extremó el rendimiento del paradigma especulativo para allanarse la tranquilidad, al fin. "Felicito a mis jugadores. Hay que levantarse. Se acabó el crédito, pero vamos a afrontar el reto con la cabeza bien alta", declamó el Lucho en el asiento de la ardorosa resaca. Ya son cuatro derrotas en los últimos cinco duelos.
Ficha técnica:
Barcelona: Bravo; Sergi Roberto, Piqué, Mascherano, Alba; Busquets, Rakitic, Iniesta; Messi, Suárez y Neymar.
Valencia: Diego Alves; Barragán, Mustafi, Abdenour, Siqueira; Javi Fuego, Dani Parejo, Enzo Pérez (Joan Cancelo, m.74); Santi Mina (Paco Alcácer, m.60), André Gomes; y Rodrigo (Gayá, m.87).
Goles: 0-1, m.26: Siqueira. 0-2, m.46+: Santi Mina. 1-2, m.64: Messi.
Árbitro: Fernández Borbalán. Amonestó a Barragán (min.15), Piqué (min.35), Suárez (min.40), Parejo (min.51), André Gomes (min.68) y Neymar (min.86).
Incidencias: 88.667espectadores acudieron al partido correspondiente a la trigésimo tercera jornada de la Liga BBVA, disputado en el Camp Nou.