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FASE PREVIA DE LA LIGA DE CAMPEONES: MÓNACO 1 (3) VILLARREAL 0 (1)

Las bajas y la búsqueda de sí mismo apean al Villarreal de la Champions | 1-0

martes 23 de agosto de 2016, 22:35h
Actualizado el: 25 de agosto de 2016, 02:37h
El proyecto castellonense sufre un duro revés en la planificación de la temporada. Las ausencias y el rocambolesco cambio de mando le cuestan al Villarreal un agujero económico considerable en lo que podría resultar un punto de inflexión en la entidad. El Mónaco, eficiente, se limitó a achicar.



Testar la profundidad de plantilla en plena transición de pretemprada no parece prudente. Hacerlo forzado por las bajas y marcado por la presión que ejerce el pase a la Liga de Campeones no endulza la perspectiva. Y competir en tal tesitura después de expulsar al comandante en jefe del barco, Marcelino, redondea un desafío de faraónicas porprociones. Además, mientras se asientan los fichajes en la dinámica y los conceptos renovados de urgencia en las cabezas del vestuario, la delegación del Villarreal desplazada a Mónaco debía remontar el abrasivo 1-2 cedido en El Madrigal. Tanto el montante económico en juego (la permanencia en la élite puede condicionar de forma abrupta las perspectivas presupuestarias) como la gestión de las sensaciones, todavía en shock por el cambio de mando, alzaron la temperatura de exigencia para una entidad que ansía esquivar, al fin, los fantasmas que uniforman este inesperado salto de página en el banquillo como un doloroso punto de inflexión en la historia contemporánea del Submarino castellonense. La diana marcaba anotar, al menos, dos goles y evidenciar una consistencia anacrónica en las circunstancias presentes por las que atraviesa el púgil de Vila-Real.

 

Leonardo Jardim, astuto técnico luso que defiende a la montaña rusa financiera que aflige a la institución monegasca, leyó el envite, trascendental también para su tribu, como la oportunidad para efectuar un ejercicio rocoso en la gestión de la notable ventaja arrancada en la ida. Para ello reprodujo el esquema habitual, aliñado por el regreso a la actividad de piezas nucleares que descansaron en la Ligue 1 pensando en este combate. Subasic volvería a erigirse en candado destacado de un cierre conformado por la potencia del cuadrado central: los dos centrales (Glik y Jemerson) y el doble pivote (Bakayoko y Fabinho). El muestreo de músculo proseguía por los laterales de esfuerzo de ida y vuelta, con Raggi y Sidibé (que entraba por el sancionado Mendy), y se clausuraba con la inclusión de las cuatro piezas punzantes. Dirar, Lemar y Bernardo Silva cocinarían salidas frenéticas, rebosantes de la calidad que abastece a Germain. El esquema local buscaría afianzar su cierre para ganar capacidad de mordisco con el paso de los minutos. Siempre atento a los agujeros entre líneas y los espacios a explotar. Aunque Moutinho siguiera en pasiva rebeldía desde la banca y Falcao bordeando el quirófano. De su cortocircuito e irregularidad en el achique colectivo dependería su supervivencia y la del club español.

 

Fran Escrivá se ha topado con el primer examen de altura de su carrera de pizarra y silbato. El entrenador hubo de obviar las fundamentales ausencias de Soldado, Bakambu, Dos Santos, Bonera, Cheryshev y Sansone. Con ese fin, el de mostrar naturalidad en la cobertura de semejantes bajas, el once titular recompuso la zaga tradicional (Asenjo, Musacchio, Víctor Ruiz, Mario y la incorporación del técnico José Ángel) y suspiró ante la (casi) recuperación de Bruno Soriano. Sobre su magnetismo volvería a construirse una medular estabilizada por Trigueros y lanzada en los extremos por Castillejo y Roberto Soriano. Santos Borré y Pato intercambiarían movilidad en punta con la esperanza de desatascar a la propuesta rival. La pelota debía circular con fluidez en base a la creatividad, que patrocinaría manos a mano exteriores o avances desde la mediapunta. El guión buscado resaltaba una intencionalidad monopolística del ritmo y la necesidad de suponer una amenaza continuada que sembrara dudas en el colchón local. Pero refrescar desconexiones colectivas en fase defensiva mutilaría el efecto de la idea expuesta. La alta exigencia, exajerada para con el estado anímico y competitivo de los levantinos, redoblaba la fiscalización.

 


El duelo se inició con un brochazo grueso y denso de centrocampismo. Las imprecisiones, el respeto mutuo y la tensión táctica de los dos contendientes atenazó el fluir de un partido que anunciaba compresión y limitación de los sobresaltos. El Mónaco dispuso, desde el prólogo, ráfagas alternas de presión elevada que incomodaban la toma absoluta del mando español con respecto a la posesión. Respondía el Villarreal alzando su estructura para confirmar la reducción total de espacios. Se complicaba la delicada faena del conjunto amarillo, al que el estado del verde tampoco ayudaba. El centro de Raggi y remate desatinado de Germain -minuto 2- sirvió de aviso: la complacencia y las desatenciones serían penalizadas de manera impenitente. Así, en un tenue debate que relativizaba la esencia goleadora de este juego, fue ganando espesor el minutaje del partido y acelerando el bloque de Escrivá, a la espera de localizar asiduidad en la conexión entre su salida de pelota y los artistas de tres cuartos de cancha.


Ajustó Jardim para colapsar la parcela central, pues Castillejo y Soriano centraban su posición y la superioridad del Villarrreal en el ecuador del terreno se hacía tangible con la suma de sus carrileros. La inercia dejó caer el peso de la inicitiva sobre la calidad española, pero Pato y Santos Borré yacían ciertamente descontextualizados, sin ligazón con el resto de sus líneas. Este trayecto de control horizontal visitante, en torno a 15 de envite, aconteció sin un proceso erosivo que incomodara la expectante actitud monegasca. Juntaba líneas y basculaba con frugalidad el dibujo del preparador portugués y el quinto equipo nacional aspirante a participar en la venidera edición de la Champions League sólo consiguió acercarse a Subasic en transiciones inconclusas.

 

Sí mordía el pronosticado modelo de robo y salida local. Primero tras una pérdida de Trigueros -minuto 19- que lanzó a Fabinho, ex canterano madridista que envió para el derechazo de Germain que desperezó a Asenjo; segundo, después de un error de Roberto Soriano que interceptó Bakayoko para descerrajar, en el minuto 24, un cañonazo que conectó con las nubes; y en tercer lugar, señaló la desatención visitante en un saque de banda que gestó la mejor opción del primer acto. La párabola lateral atendió al desmarque y centro puntiagudo de Bakayoko desde línea de fondo. El cuero llegó a la zurda de Lemar, pareja de exquisitez técnica junto al participativo Bernardo Silva, que dirigió una flecha rasante desde el punto de penalti que superó al cuerpo de Asenjo. Sin embargo, la pelota se trabó en el talón del arquero y el conjunto español desamarró el suspiro. Se había quemado la media hora inaugural y el aspecto de la charla no apuntaba claridad para la pretensión amarilla.

 

La ausencia de pases que rompieran líneas en busca del escaño en la mediapunta ideado por el ausente Roberto Soldado atenazó la efectividad del ratio de posesión castellonense. Dispuso de la iniciativa pero no rasguñó a su contrincante, pues su circulación no marchaba por rutas certeras de avance. La inseguridad en la entrega, que generó una pátina corrosiva de pérdidas en pases ambiciosos y de control, sacó de la escena a la otrora colorida paleta del Villarreal. Le costó mucho al equipo que debía golear, siquiera, encender su horno combinativo. Sin soluciones para agrietar la pegajosa red del repliegue monegasco y anestesiado por no tenerlas todas consigo en el amarre de la incipiente contra local, cada vez mejor engrasada desde los extremos (Lemar y el marroquí Dirar), se resignó la voluntad española a una contemporización rebatible.

 

Sollozaba el combinado dirigido por Escrivá ante lo complicado de reconocer su identidad en el juego desarrollado. La soltura en el manejo de la pelota inherente a ese vestuario se esfumó al enfangarse en la concatenación plomiza de intentonas fútiles y el uso alternativo de la ruda simpleza del pelotazo. Las acciones se desvanecían, cortadas con precocidad o faltas de una ocupación de los espacios más efectiva. Castillejo y Roberto Soriano no asomaron, síntoma del hieratismo global visto. Hubo de ser el doliente Bruno Soriano el que activara la sangre de la retaguardia local al dibujar un envío de terciopelo hacia el desmarque de ruptura de Santos Borré. La placidez defensiva de los representantes del Principado de Mónaco les había conducido al adelantamiento de su sistema, asumiendo el riesgo consecuente a la oferta de espacios a la espalda de su zaga. Pues bien, el arquitecto y capitán amarillo amortizó dicha circunstancia dejando al delantero recién llegado en mano a mano con Subasic. No supo el colombiano somatizar la unicidad de la ocasión y marró su intento. Su apurado punterazo se topó con el meta eslavo -minuto 38-. Se había ejecutado un respingo de última hora previo al descanso que concluyó en el justificado reclamo de penalti por mano de Raggi tras un saque de esquina botado por Trigueros. El camino hacia vestuarios repartió, entonces, sonrisas, ya que el bloque local interpretaba las tablas sin goles como una victoria relevante y el ascenso de sensaciones ofensivas sobrevenido recordó a los pupilos de Escrivá que un gol les metía, de lleno, en el carril de la histórica hazaña demandada (nunca se había remontado un 1-2 en la previa de Champions).

 



No se registraron sustituciones en la reanudación, pero sí un cambio de paradigma. Escrivá radicalizó la disposición de los suyos y el Villarreal revolucionó sus pulsaciones y su altura en el verde. Aconteció, por el decantar del viraje de pentagrama, la primera tormenta que parecería susurrar la vuelta de tuerca esperada. Trigueros se soltó para mutar en interior con llegada al área, Castillejo y Roberto Soriano cambiaron de banda para buscar sus perfiles en diagonal y Pato retrasó su posición para fluctuar como enganche. La consecuencia directa, con los laterales incorporados, fue la ganancia de presencia en tres cuartos de cancha y la exposición tras pérdida, que provocaba una mayor exigencia a la vigilancia en el repliegue. Y, en el primer cuarto de hora del segundo acto, sólo se manifestó como cierto el primer punto: el alimento de la parcela ofensiva propia. Alexandre Pato abrió fuego con una triangulación que ofreció una ventana de disparo a Santos Borré. El delantero cafetero, apresurado, envió lejos de diana su intento desde el pico del area -minuto 47- y repitió suerte, acto y seguido, con un lanzamiento que lamió el poste diestro rival. Y una pared tejida en la mediapunta entre Trigueros y Castillejo fue finalizada por el regateador con un chut que se perdió por encima del larguero -minuto 51-.

 

Sin embargo, aunque el Mónaco terminó encerrado y su enlace de contras largas se revistió de ansia utópica, el manejo, ya monopolístico, de la pelota por parte de los levantinos empezó a perder impulso y tempo. Achicó y juntó filas el aguerrido sistema de Jardim y la periodicidad de la creación de peligro descrita amainó para regresar al disperso continuar del mando visitante. Despojado de chispa y veneno a pesar de saberse en un ejercicio a contrarreloj. La horizontalidad recuperada provocó que Escrivá introdujese en el césped a Jaume Costa por José Ángel, en una tratativa por amenazar desde los laterales. El técnico luso reaccionó antes del desenlace modificando el pelaje de su equipo: dio entrada a Joao Moutinho y sentó a Lemar. Quiso avances más estáticos y un mayor control de la charla a través de la posesión, para asegurarse un cierre de eliminatoria suave. Jardim entendió que, con 20 minutos por jugar, el mero hecho de discutir el soliloquio amarillo con el cuero le entregaría el billete hacia la fase de grupos de la Liga de Campeones.

 

Había congelado su sensación de peligro el Villareal al no atisbar enlaces interlineales. Las imprecisiones volvieron a recortar los colmillos de su estilo combinativo y Escrivá apostó, a cuarto de hora para el final, por uno de los talentos que resplandecen en la cuna de Vila-Real. Leonardo Suárez sería el enganche pretendido que abriera pasillos definitivos. Santos Borré se retiró agotado y apagado. Y N`Diaye sentó a un desacertado Roberto Soriano para multiplicar las posibilidades aéreas de la entente final amarilla. Jardim, por su parte, respondió sobre su ajedrez dando descanso a un aislado Germain y la alternativa a Carrillo. El epílogo confirmaba el cariz agónico del esfuerzo mental y anatómico al que el defensivo Mónaco obligó a un Villarreal empujado a mandar. Sin finura en las ideas y cansado por la altura del calendario, el enfrentamiento se conducía a la tromba española, plena de pundonor e impotencia, y al contragolpe local. Pero no horadaría el muro el cuarto clasificado de la pasada Liga BBVA. No obstante, Bernardo Silva destapó su fragancia de bailarín con espacios para generar postreras transiciones vertiginosas que confluyeron en el polémico penalti por presunta mano de Musacchio. Se clausuraba el partido y empezaba el duelo del Submarino. Fabinho transformó la pena máxima (concepto de literalidad extremada este martes) con un golpeo a la escuadra. España no volverá a disfrutar de cinco estandartes en la máxima competición mundial de clubes y el luto de la entidad levantina, que desnudará o matizará las heridas de un proyecto semi deshecho, el tiempo dictará, quedó, pues, decretado.


Ficha técnica:
Mónaco
: Subasic; Sididé, Glik, Jemerson, Raggi; Fabinho,Bakayoko; Dirar, Bernardo Silva, Lemar (Moutinho min.67),;Germain (Carrillo min.80).
Villarreal: Asenjo; Mario, Musacchio, Víctor Ruiz, José Ángel (Costa min 66); Roberto Soriano (N?Diaye min 80), Bruno, Trigueros, Samu Castillejo; Santos Borré (Leo Suárez min.75), Pato.
Goles: 1-0 min.90: Fabinho (p)
Árbitro: Jonas Eriksson (Sue) Tarjeta amarilla para Mateo Musacchio.
Incidencias: Partido de vuelta de la previa de Liga de Campeones en el Estadio Luis II, con 7.000 espectadores y unos 250 aficionados del Villarreal.
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