Razones para echarse a la calle
jueves 01 de marzo de 2012, 01:35h
Varias manifestaciones tuvieron lugar ayer en distintas ciudades españolas, para protestar contra los recortes en materia de educación. Lo más positivo fue la ausencia casi total de incidentes, a diferencia de lo que sucedió en Valencia hace pocas fechas. Sea como fuere, estas movilizaciones fueron la antesala de otras tantas que seguirán produciéndose con cierta asiduidad y que tendrán como colofón la huelga general que se prevé sea para finales de mes.
Los que salen a la calle estos días para hacer públicas sus reivindicaciones lo hacen en virtud de la libertad de expresión consagrada en nuestra Carta Magna. Nada que objetar, por tanto, al ejercicio de un derecho que todos tenemos, siempre y cuando se respeten los deberes anejos al disfrute del mismo. En cambio, llama poderosamente la atención que en Andalucía apenas haya protestas, cuando es una de las comunidades autónomas con más deficiencias materiales en su tejido educativo. En contraste con ello, las presuntas carencias que presentaba el instituto Luis Vives de Valencia, epicentro de la protesta estudiantil, se revelaron finalmente como falsas.
Siendo de toda justicia demandar unos servicios públicos -educación, sanidad- adecuados, no lo es tanto obviar la realidad que vivimos, ni tampoco las causas de porqué se ha tenido que llegar a esta política de recortes. Su impopularidad es un hecho cierto; no menos que su condición de imprescindibles. Nadie se manifestó durante estos últimos años, cuando se derrochaba dinero público a espuertas, nadie se preocupaba del déficit y nadie parecía pensar que los servicios públicos han de sufragarse de algún modo. Hoy pagamos -¡y de qué manera!- las consecuencias de ello. Todos. Deberían tenerlo presente los que piden cuentas tras una pancarta, no haciéndolo sólo contra los que recortan porque no queda otro remedio, sino contra quienes fueron causa de esos recortes: la irresponsable gestión, durante años, de gobiernos y administraciones que han manejado el dinero de los contribuyentes como si fuera un premio de lotería que les ha tocado a ellos. Pero, no sólo. La democracia es un ejercicio de responsabilidad individual. De todos los ciudadanos y hemos sido muchos, muchísimos los que hemos gastado y vivido por encima de nuestras posibilidades. Y, lo más sensato y responsable, que debemos hacer ahora es corregirnos y enmendarnos, reconociendo nuestro propio despilfarro. Del irresponsable, el consejo; al revés que demasiados griegos, debemos gritar: “nosotros, si pagamos”…nuestras deudas.