www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Jergas, ¿qué jergas?

José María Herrera
sábado 12 de abril de 2008, 21:18h
El lenguaje es un término medio. Gracias a ello es posible la comunicación. Sus extremos son la creación literaria y la jerga. Ambas son lenguaje, pero un lenguaje que pretende huir del término medio. Una lo hace por arriba, ensanchando el horizonte. La otra, por abajo, reduciéndolo. Lo que impera, en todo caso, es el término medio.

De la misma forma que no todo lo que se escribe es literatura, tampoco todos los usos peculiares del lenguaje, escritos u orales, son jerga. La hipótesis, auspiciada por los congresos, de que la juventud, en general, propende a ellas, es pura fantasía. Ni siquiera es verdad que los jóvenes hablen de otra manera. Sencillamente eligen sus palabras. Lo mismo sucede con la ropa o el peinado. El hecho de que ciertos vocablos emblemáticos se repitan hasta la nausea puede suscitar la impresión de que existe un lenguaje juvenil, pero no hay tal. Lo que ocurre es que los jóvenes son reiterativos y que el pelmazo no tiene edad.

La insulsez y la monotonía, rasgos fundamentales de toda jerga, operan siempre en contra de su supervivencia. Por eso caducan rápidamente. Si no fuera porque la Real Academia se apresura a incluir algunos vocablos en el diccionario (donde al punto caen en desuso), o porque los catedráticos se reúnen para subrayar la palabra “patata”, nadie se molestaría en hablar del asunto.
Detrás del interés por el uso que hacen los jóvenes del lenguaje está la creencia en que la juventud constituye una fuerza histórica innovadora. Este mito se remonta a la primera guerra mundial. Una quinta sucumbió entonces en las trincheras sin saber por qué y los supervivientes empezaron a mirar a la tradición, identificada con el poder que les llevó al matadero, con mucho recelo. Luego, estalló la segunda y ya no cupo duda. Había que volar todo aquello. Los ojos se dirigieron al dinamitero Nietzsche. Así nació nuestro mundo, un mundo a la medida de los jóvenes: los Beatles, el mayo del 68, la revolución sexual, etc.

De entonces a esta parte se cree que la juventud es, de suyo, revolucionaria. Una majadería como otra cualquiera. La actual, desde luego, está tan integrada en el sistema que su principal preocupación es acceder a una hipoteca. Muchos declaran incluso que su ideal es el del parásito. En cuanto a la desorientación, la indisciplina o la tendencia a la evasión sicodélica, signos característicos de la nueva generación, las diferencias con la anterior son de edad, no de concepto.

A muchos expertos les gustaría que el botellón o las tribus urbanas fueran Die Brücke o la Academia Florentina, pero no, son sólo corporaciones de jóvenes aburridos. Las pintadas, los tatuajes, las abreviaturas telefónicas, la música de lavadora o el andar descoyuntado y como sin sistema nervioso, son mero escolasticismo, una prolongación de la política de sus padres por otros medios. Lo único nuevo es la identificación de la cultura (o sea, el cultivo) con el abandono, algo que podría considerarse un tributo a la alianza de civilizaciones entre antropología y zoología impulsada por la evolución.

En vez de ocuparse de lo que los jóvenes hacen con el lenguaje, la filología haría mejor estudiando lo que pretenden hacer con él los políticos. Que un muchacho emplee la lengua como le da la gana está en la naturaleza de las cosas, que un político aspire a cambiar los usos lingüísticos de acuerdo con sus ocurrencias, es harina de otro costal. El ejemplo estelar, por lo irrisorio, es el del sexismo larvado de la lengua, el todos y todas, los vascos y las vascas, chapuza verbal con la que algunos pretenden que sustituyamos los elementos inconscientes del lenguaje común por los elementos inconscientes de su propia ideología. La manipulación de la lengua, sin embargo, no es siempre tan inocua como en el caso anterior. Yo mismo he propuesto como primera medida para mejorar nuestro sistema educativo la de traducir al español las leyes que lo regulan. La jerga aquí tiene consecuencias alarmantes, pues además se apoya en la increíble creencia de que existe una ciencia de la educación. Nuestro único consuelo es saber que todas estas zarandajas semánticas con las que el poder trata de demostrar que lo es están destinadas al fracaso. La lengua es del pueblo, nadie puede cambiarla y mucho menos a voluntad. Si esto pudiera hacerse, no les quepa duda de que ya se habría hecho. El problema, por lo que tiene de síntoma, es que se intente. Y es que toda esa gente que supone que tras el significado de las palabras hay un valor, lo que innegablemente quieren es convertir en tópicos los suyos propios, apoderarse del término medio. En suma, una nueva reedición del viejo totalitarismo.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(1)

+
0 comentarios