CRÍTICA
Don DeLillo: Fascinación
domingo 18 de marzo de 2012, 13:09h
Don Delillo: Fascinación. Traducción de Gian Castelli Gair. Seix Barral. Barcelona, 2012. 368 páginas. 19 €
El título original de esta novela es Running Dog, “perro sarnoso”. Running Dog es el nombre de la publicación radical para la que trabaja Moll, una de las protagonistas del relato. Los editores españoles han tenido el acierto de re-titular la obra, una de las primeras de Don DeLillo, aparecida en 1978, como Fascinación. Que es un acierto se entiende, sobre todo, cuando en uno de los capítulos Lightborn, otro de los personajes centrales -una especie de ropavejero, anticuario, traficante, ventajista-, le explica a Moll que las palabras fascismo y fascinación provienen de la misma raíz latina fascinus, que quiere decir “amuleto en forma de falo”. La trama de esta Fascinación gira en torno a las vicisitudes para obtener una película pornográfica, protagonizada por Adolf Hitler, que habría sido rodada en el búnker justo durante los días previos a su hundimiento. Pero la trama –de paráfrasis casi imposible- acaba siendo lo menos importante en esta historia sobre la codicia, el miedo y la obscenidad, tres palabras mayores que sirven para retratar nuestras sociedades en la mayoría de sus planos posibles. Plano medio, primer plano, plano secuencia. El movimiento es lo que sustancia el erotismo contemporáneo frente a otras formas más primitivas de erotismo. El homenaje al cine es permanente en Fascinación.
Las preguntas que se van suscitando (¿Qué es Matriz Radial?, ¿lo importante es la película o los personajes se mueven al compás de otros intereses?, ¿cuál es la cáscara y la yema, el tuétano del asunto?) pierden gran parte de su relevancia durante la lectura. Y en esa pérdida, en esa acumulación de detalles y acontecimientos, DeLillo no solo está homenajeando a algunos de los grandes del género negro (¿se acuerdan ustedes de la primera vez que vieron El sueño eterno en versión de Howard Hawks?, ¿pueden recordar quién o quiénes eran los malos de la película?, ¿se acuerdan del valor de la estatuilla del halcón maltés en la novela de Hammett o en el filme homónimo de Huston?), sino practicando una suerte de emborronamiento de la realidad que, quizá no tan paradójicamente, acaba mostrándola en su sucio esplendor: un esplendor donde subyace la pregunta sobre el significado de lo pornográfico y de lo obsceno. Porque parece que, para el autor, la pornografía no consiste en tomar primeros planos de los genitales durante el acto sexual, sino en cómo todo es susceptible de comprarse y de venderse, de exhibirse y de ser convertido en espectáculo, más allá del pudor y de esos buenos sentimientos que resultan imposibles en un mundo corrompido por los intereses espurios de los servicios secretos, por las guerras inducidas y los traumas que acarrean, por la permanente malversación pública y privada. “¿A quién le vendo yo esto?”, se pregunta Lightborn en otro momento de la novela. Y en esa pregunta está el quid de todas las cuestiones, la madre de todos los corderos.
También en la idea de que la obscenidad, desde sus orígenes, está ligada al concepto de espectáculo, de que sin representación no habría obscenidad. Y de que las fotografías del más oculto de los recintos, el útero, la video-vigilancia de las superficies comerciales, las fotografías del iris en los controles aeroportuarios, los escáneres para detectar enfermedades o pistolas, la rutina de las escuchas ilegales están dando una perversa vuelta de tuerca a nuestros modos de convivencia, de relación e incluso a la naturaleza misma del ser humano. Ya no queda un reducto para esconderse. Ya no son posibles ni el recato ni la privacidad. Somos permeables a la realidad representada, a su caleidoscópico juego de espejos, a una opacidad que podría explicarse fácilmente respondiendo a la lúcida pregunta de Lightborn –un personaje con ese nombre no puede formular más que preguntas lúcidas-: “¿A quién le vendo yo esto?”. Incluso la muerte y los ritos funerarios son una puesta en escena. Todos somos vigilados y re-presentados a través del sistema de megafonía de un salvaje y especulativo mago de Oz que nos inocula el miedo para ejercer un dominio férreo sobre conciencias, por definición, incapacitadas para la libertad.
Preguntas. DeLillo plantea un libro cuajado de preguntas que deberían inquietarnos, incomodarnos incluso. Adopta una estrategia interrogativa similar en un libro posterior y apocalíptico, Ruido de fondo, que sustituye en su entramado el hilo del género negro o de las novelas de espías con la perfecta combinación del costumbrismo familiar y la ciencia-ficción. En Fascinación es imposible no reconocer, en los momentos de acción, la pegada de un Handley Chase –magnífica la narración a cámara lenta de un tiroteo en la primera parte del libro-; la corrupción medular y sistémica, la cosecha roja, el universal Poisonville, de un Dashiell Hammett; el sentido del humor vitriólico y el seductor, chandleriano y violento tira y afloja de los diálogos entre los personajes, especialmente entre Moll y Glen Selvy, que resuelven de manera explícita su tensión erótica en escenas de sexo muy bien contadas. Y eso no es nada fácil.
De Lillo rescata una frase de los labios del magnífico Monsieur Verdoux de Charles Chaplin: “La prolongación lógica de los negocios es el asesinato”. Esa es la perspectiva ideológica que DeLillo adopta para mirar la realidad y entregárnosla en esta novela. Mientras tanto, en su país se alzan contra él voces que le acusan de antipatriotismo. Les recuerdo que en ese mismo país la FOX ha boicoteado Los Muppets – la rana Gustavo, la cerdita Peggy, Gonzo…- por ser una irredenta pandilla de comunistas. Quizá hayan vuelto los tiempos de McCarthy. Quizá es que no se fueron nunca. En todo caso, autores con la valentía de mirar de otra manera, como DeLillo, son fundamentales. Imprescindibles. Y acabo como empecé. Creo que esta novela está muy bien rebautizada en la excelente traducción al español de Gian Castelli Gair. Fascinación, fascismo, fascinus. Espectáculo, seducción, sexo, muerte, autoritarismo, merchandising, consumo, codicia, necesidad de congelar el momento en una película casera, pulsión de acaparar el placer y los sentimientos reducidos a souvenir, a fotograma, a fetiche. Al final, todo está conectado.
Por Marta Sanz