www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Mr. Blago no va a Washington. Y Sevilla no es Chicago

lunes 19 de marzo de 2012, 20:53h
La escena no por bien preparada, o quizá por eso, deja de ser triste y conmovedora. Ante las cámaras de todas las cadenas que la repetirán una y otra vez en cada uno de sus informativos, “Blago”, es decir al antiguo gobernador de Illinois Rod Blagojevich, sale de su suntuosa vivienda camino de una cárcel de Colorado, una de las de régimen más llevadero del sistema carcelario federal, donde habrá de cumplir una sentencia de 14 años, con no menos de 11 de encarcelamiento efectivo. Aunque se acoja, según se dice, a programas de rehabilitación para drogodependientes es difícil que ese tiempo se acorte, entre otras cosas porque nadie, ni él mismo, había mencionado nunca problemas de drogas o alcohol como causa de sus actuaciones delictivas y no es probable que se tome muy en serio el alegarlo ahora. Su adicción ha sido al dinero turbio y sus borracheras de poder. O eso han concluido el jurado y el juez.

La de Blagojevich ha sido una vida que parece inventada por guionistas de Hollywood. Hijo de una familia de emigrantes yugoeslavos (a saber de cuál de los fragmentos en que los que ha acabado aquel país), conoció en su infancia la frugalidad propia de las familias en las que nada sobraba y el trabajo ocasional de los niños para tenderos o comerciantes del barrio era parte de los ingresos domésticos. Trabajó para pagarse la universidad en centros sin ninguna relevancia y se hizo abogado. Pero lo que le permitió triunfar en la vida fue su boda con una hija de Richard Mell, uno de los factotums de la maquinaria del partido Demócrata en esa depurada escuela de corrupción política que desde siempre ha sido Chicago. Aunque al final suegro y yerno acabasen tirándose los trastos a la cabeza, sólo a su ayuda e influencia debió lo firme del paso con que progresó en la política municipal y del estado hasta llegar a gobernador en 2002. Para entonces sus apoyos eran ya más y más refinados, en especial entre un grupo de intrépidos jóvenes del ala más izquierdista de los demócratas del lugar como Obama, Axelrod y Rahm Emanuel. Su predecesor en el cargo, el republicano George Ryan que está también en la cárcel por delitos de corrupción, despedía tal vaho de podredumbre en torno a sí que no pudo ni presentarse, de forma que la campaña de Blagojevich no tuvo otro asunto que la regeneración y la moralización. Ganó sin problemas, y con una ejecutoria discreta y controvertida pudo volver a ganar en 2006, de nuevo con ayuda del grupo obamita, ya lanzado a la política nacional. Dos años después Obama entraba en la Casa Blanca y Blago empezó a contar como promesa en la política federal. Algo debió de pasar entonces para que el suelo cediese bajo sus pies y se multiplicasen las acusaciones de abuso y corrupción. La principal e irrefutable de ellas fue el intento de, literalmente, vender el escaño senatorial que su amigo Obama dejaba vacante al ser elegido presidente. En muchos estados el gobernador puede designar sin necesidad de elección al sucesor de los senadores que no completen por cualquier razón su mandato.

Esa es exactamente la situación que pone en marcha la trama de la película de Frank Capra “Mr. Smith goes to Washington”, en la que un ingenuo jefe de boy-scouts es elegido para sustituir a un senador fallecido. El infeliz supuestamente manejable por las redes caciquiles se revela como inquebrantable defensor del interés general y arrastra tras de sí a una opinión pública que aplasta a los políticos corruptos. Era, entre otras cosas, una invocación al espíritu cívico y la integridad personal frente a las secuelas depravadoras de la política americana en los años de la Gran Depresión. Con Blago no ha acabado la opinión pública, sino las instituciones del estado de Illinois que le destituyeron y el sistema judicial que le ha encausado y condenado a la vista de pruebas concluyentes, pero sobre todo la evidencia de que mintió a las autoridades policiales y judiciales cuando se empezó a escarbar en sus asuntos. Sea la opinión o las instituciones, y mejor si es la conjunción de unas y otras, en situaciones así el sistema funciona en los Estados Unidos. No se trata de que no haya políticos corruptos, sino de que tengan difícil no responder por ello, en especial si mienten. Sería mejor otra cosa pero ya eso no está mal, y por lastimosa que fuese la escena de ver a Blago camino de su celda tenía algo de confortador.

Le daba vueltas al asunto cuando cambié al canal 24 Horas de TVE y salió no recuerdo si Griñán, o Chaves o Zarrías o los tres explicando con simulada indignación moral rebosándoles en cada sílaba que la Junta de Andalucía, o sea ellos, no había hecho otra cosa que ayudar y excitar a la justicia para que pusiera en claro el caso de los “Eres”. Suerte que tienen de no ser políticos americanos y de que a la sociedad española le de lo mismo que le mientan. Y además Almodovar no es Capra.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios