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El oficio de cura

Antonio Domínguez Rey
viernes 06 de abril de 2012, 20:10h
Inquieta observar la aplicación que algunos periodistas de fondo hacen, a derecha e izquierda, de uno de los resortes más clásicos de la hermenéutica: el contexto. Sea proyectando sobre una frase un halo diferente al que la anima, sea sacándola de quicio. En ambos casos, desquiciándola.

En dos periódicos notables, cabecera de una y otra postura, diestro uno y -¡ojo, sinister, sinistra, sinistrum: izquierda!- siniestro otro, dos columnistas, ambos diestros, lamentan que un cura aproveche el precario contexto laboral juvenil el Día del Seminario para hacer apostolado a su manera. “No te puedo prometer un gran sueldo, pero te prometo un trabajo fijo”. Lo dice un sacerdote a posibles candidatos a este ministerio en un vídeo que recorre la red desde la fiesta reciente de san José.

Mei, minister, pequeño, servidor, criado, es decir, lo menos. La raíz se mantiene aún viva desde época remota, indoeuropea, en latín y hoy mismo, presente, ¿lo sabrán?, en ministros y ministerios. Son personas e instituciones dedicadas al servicio de los demás hombres mancomunados por algún vínculo de convivencia. El significado va girando según muta el referente. Y quienes se cubren con el traje o palio del sonido de la voz le añaden connotaciones de sus obras, oráculos y movimientos. Las palabras se impregnan de vida y la imprimen en quien las comulga viviéndolas, como periodistas, creadores, científicos, sacerdotes.

Sería pura anécdota si la descontextualización no la mudara, ya no en categoría, sí al menos en muestra típica de opinión apresurada por la urgencia del artículo o tertulia periódica, a menudo -mei- diaria. Ser Sócrates todos los días, algunos de ellos dos, tres veces en veinticuatro horas -diario, radio y televisión-, con flujo crecido de nómina, requiere giros de boca a diestra y siniestra, con ambos carrillos. Ni Cicerón vendería con tanta presteza su palabra para acusar de “simonía” al cura o ver en el vídeo de la Conferencia Epicopal Española el más siniestro -los significados también hierran- emblema de parábola.

Digámoslo, mejor, con palabras de Kierkegaard apropiadas por Unamuno, quien, al escribir El Sentimiento Trágico de la Vida, leía al autor danés con lentes hebreas entreveradas de fe cristiana por san Pablo. “Todo individuo que no vive o poética o religiosamente es tonto”. Volvamos a la etimología: attonitus, el espantado, o pasmado, por un estrépito. San Pablo reconocía un tipo de atronamiento racional de la razón, el de quienes, creyéndose sabios, se vuelven necios: nescius, ignorante.

Toda raíz predica de la circunstancia o contexto que la engendra. Hoy apenas tenemos conciencia del significado que convive en las palabras dirigidas a nuevas situaciones. El cura del vídeo no se equivoca. El sacerdocio es “trabajo fijo”, constante, de por vida. Y escaso de sueldo, si lo hay, por ejemplo en tribus aún perdidas en plena selva. Un sueldo, en todo caso, y a pesar de las apariencias, dependiente de la libre voluntad humana. Y para la vida misma, su sustento. Quien revierte el contenido de las palabras, las hiere a conciencia.

El cura del vídeo sabe, sin duda, Retórica. Y captar la atención, siempre fue el primer principio de la oratoria, sacra o laica. Los periodistas también lo saben, especialmente los que titulan. Un buen título clava el oído a la voz, el ojo a la página o pantalla. Atruena, como el ruido del tonto. De eso se trata. Atontar a uno, de tal modo, que, vacío, se llene de la voz o brillo ajeno. Queda alienado.

La Iglesia no admite a nadie que no se sienta libre y dueño de sus actos. Si uno no conoce la libertad, la meditación le ayuda a descubrirla. Y una vez libre, decide, actúa, se compromete. Autonomía frente a esclavitud alienada. Esto es lo que dicen, o quieren decir, los curas del vídeo. No mienten. El suyo es trabajo fijo, sin paro. Y el lenguaje, obra de elección. Saber elegir, por ejemplo lo fijo y constante de la vida.

Los periodistas aludidos proyectan, uno, la figura de Simón el Mago, quien pretendía comprar el don de curación a los apóstoles cristianos. Otro, la recurrida cantinela del oprobio civil de la Iglesia siempre que la Conferencia Episcopal Española anda de por medio. En uno y otro caso, ignorancia profunda de este ministerio, aun cuando las apariencias resulten muchas veces circunstancias que generan otras raíces. La tontería a que alude san Pablo (Romanos I, 21) es la del oscuro sinsentido del corazón que, viendo, no quiere comprender lo que siente y dentro de uno alumbra.

¿Quién vive sin lumbre de fe? Nadie que sienta. Ni el que revierte el sentido y se anula. Aún espera. No es el brillo luminoso, sino lo que en él se descubre sintiéndolo. Y tal sentido ahonda la carne trémula de cuanto siente. Es la fe animal, “the animal faith” de George Santayana, quien escribió también sobre la vivencia poética y religiosa, como Kierkegaard y Unamuno.

San Pablo sabe qué es el trueno de la carne y el brillo inmutable que la vibra. Si Cristo no resucitó, vana es la fe y, los cristianos, “los más miserables de todos los hombres” (Corintios, I, 15, 19). La disyuntiva hiende clara. El reto, también. La aventura, ingente, de locos. Sentir lo inmutable en el cambio permanente. Aún así, nadie puede, con justicia de corazón, descontextualizar la fe, primero animal, luego comunitaria, y, finalmente, un poco más allá, esperanzada, de los días que punzan, como clavos, el afán diario. Un oficio permanente, el de profecía: hablar en nombre de lo que se siente vivo. Eso entiende san Pablo por resurrección. La inmutación de lo que llevamos dentro. Bien merece un salto sobre el abismo. Una aventura.

¿Es algo más la poesía y fe religiosa a que alude Kierkegaard? Una apertura constante a lo que, aún desconocido, se muestra convocado desde la vida misma. Y cuando se cierra el flujo, se reinventa, relee, canta, a solas y en coro. Unos lo viven agónicos. Otros, en duda. Aún otros, sintiéndolo, o razonando lo sentido. Hay quienes lo niegan, pero, para ello, lo han sentido en algún instante. Y creen lo que niegan. Nadie olvida su “fe animal” cuando se ahonda libre. Y los hay que, simplemente, viven su sentimiento, tautológicos. Y quienes se saben fijamente vivos. Un misterio. Tal vez un mester de sabiduría.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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