Larra o la pasión por el periodismo
martes 22 de mayo de 2012, 20:35h
Parece como si nuestra profesión periodística necesitase siempre de una perpetua revisión, como si ella sola volviese la proa hacia las malas mañas y la falta de sentido corporativo. Otros gremios se organizan mejor para afrontar sus respectivas crisis y el nuestro adolece siempre de ese incómodo desapego hacia el otro, al que miramos como a un rival, siendo como somos todos hijos de las mismas palabras y observadores críticos de la actualidad y de la gran muchedumbre.
Parece que éste se ha convertido en un modo de vivir que no da de vivir. El periodismo ha pasado de ser un digno oficio a palidecer tan sólo como un pretexto de existencia, a marchar a la cola de las necesidades de la población. Hoy, cualquier mamarracho puede “ser” periodista o, por lo menos, ejercer de tal: basta con tener un poco de picardía, más cara que espalda y conocer cómo funcionan las redes de contactos de los grupos mediáticos. También puede alquilar su pluma al servicio del político de turno, ya sea en el poder o en la oposición, metiendo la cabeza en el abrevadero del cada vez más abundante ganado informativo que ha sido comprado por el Poder, que paga favor por favor e incorpora a sus campañas y a los gabinetes de comunicación de sus ministerios a los informadores complacientes que han intoxicado de forma tenaz y conveniente su discurso. Aquellos embaucadores que hayan trocado uno de los oficios más nobles del mundo en obscena propaganda, acercándola al marketing de esa empresa llamada “el candidato”, serán recompensados en el Reino de los cielos del Poder. Que es mejor ser ministro, como es mejor ser gato que ratón, que diría el pobrecito hablador.
El periodismo ha recibido un golpe mortal del que somos responsables, en parte, los que cultivamos esta industria, a los que un nuevo Prometeo en Red nos ha robado el fuego para comunicárselo a los periodistas “ciudadanos”, id est, a todo el mundo. El orbe entero es periodista, proclaman los sacerdotes de esta moda en un ejercicio de frivolidad ilimitado en el que son los ciudadanos y no los periodistas quienes recogen, analizan y difunden la información de forma supuestamente independiente. Dígasenos francamente si sobramos, porque nos podremos dedicar entonces a la literatura, a pintar al óleo o a viajar por el lejano Oriente con un cuaderno de apuntes. Doblar la cerviz ante el embate de la moda del periodismo ciudadano, del mantra de “cualquiera puede ser periodista”, conducirá al desastre de una ocupación que ha aunado ingenio, talento y maestría y que Larra sublimó en el siglo XIX, convirtiéndolo en literatura. Inclinarse ante la vergonzosa e indisimulada compra por parte de las grandes corporaciones de espacios en los medios, bajo el disfraz de la noticia, es prostituir el sagrado trabajo del servicio a la opinión pública.
Ese enjambre de moscas engordadas con el alimento del gigante moribundo del periodismo, casamenteras de voluntades como las llama Quevedo, hacen mercadeo de la columna, negocio de la noticia y ganancia del reportaje –hasta lo rebautizan bajo el nombre espurio de “publirreportaje”–.
Los marketinianos y publicistas nos han declarado la guerra a muerte desde hace décadas y no nos hemos dado cuenta aún; mientras nos asestan en el estómago estocadas mortales del discurso mistificación y el maquillaje, los periodistas nos afanamos con los dedos manchados en tinta en obtener la esencia de la verdad, romántico esfuerzo que a los embaucadores amigos de la falsificación de colorines y del panfleto bien pagado les mueve a risa. Ellos, vueltos al César, al tirano del Gobierno y la gran empresa, nos dan por muertos en la jaula de las letras y la ortografía, como vivientes de pluma. Como un botarate del diseño publicitario, que quería imponerme en un artículo reciente que el rumbo del siglo XXI había de escribirse “siglo 21” porque era más moderno, saltándose la norma académica. Como si el Cantar de Mío Cid hubiese sido compuesto en el siglo 12 y no en el XII.
El periodismo corre peligro de convertirse en el comparsa de la propaganda. El 29 de junio de 1835 escribió Larra en la Revista mensajero: “En España ningún oficio reconozco más menudo, ningún modo de vivir que dé menos de vivir que el de escribir para el público”, pues sospecha Fígaro que resulta “más menudo todavía el público que el oficio”. Y eso, la bajeza de la audiencia, sí que no tiene solución. No confiemos la salud del periodismo a su natural y secreta resistencia a las enfermedades éticas de una sociedad que le da la espalda, no vaya a terminar en el sepulcro y nos veamos ante su concurrido sepelio en el mismo caso que aquel periodista conservador que oía con muestras de alegría un sermón de la Pasión. Este pasmado personaje, al ser preguntado por su inexplicable felicidad, fue inquirido por su actitud y, en su embobado adobo, respondió que él estaba en el “secreto”. –¿Pues qué secreto?– le requirieron al reportero adoquín. –¡Toma! –repuso– ¡En que ha de resucitar al tercer día!