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Lo bueno de la crisis

Cristobal Villalobos Salas
lunes 04 de junio de 2012, 22:10h
Que la crisis trae multitud de cosas malas, que nos ahogan y lastiman en nuestro lacerante devenir diario, es algo de lo que ya hemos hablado hasta el hartazgo en esta humilde columna. Y lo que nos queda.

Que la crisis trae cosas buenas es algo que no se suele escuchar muy a menudo. Sólo a un loco se le ocurriría decir que esta maldita crisis, con su paro galopante e infinito, supone un acontecimiento positivo, pero en España ya no hay locos, como escribiera León Felipe, así que no caeré en tamaño desacierto.

Pero déjenme que encuentre una pizca de consuelo, de descanso, de alivio, en éstos días en los que nos levantamos y acostamos inmersos en una vorágine absurda de deudas, recortes y primas de riesgo. Durante las últimas semanas he conseguido abstraerme durante varias horas de las demoledoras noticias económicas, que se superan unas a otras en un baile macabro sin fin, gracias a la televisión.

Y es que la crisis ha llegado a la tele y, he aquí lo positivo, la ha mejorado un poco, aunque no lo suficiente. Algunas cadenas, con el fin de aliviar sus respectivos déficits, sustituyen programas barriobajeros o series, de esas que resultan todas iguales entre sí, por clásicos del cine.

De esta forma, hace algo más de una semana, ya pasada la media noche, ascendí un tenebroso río hacia la profundidad de la selva camboyana, entre la música de los “Doors” y el olor a napalm, con la misión de asesinar a un coronel, de nombre Marlon Brando, que deseaba abandonar “el horror”. Ocurrió en La Sexta 3, un canal sólo de cine que se hacía necesario desde hace mucho.

Días más tarde, hastiado por el zapeo dominguero, me sobresaltó una melodía de Ennio Morricone. El hombre sin nombre, Clint Eastwood, se interponía entre los Rojo y los Baxter por un puñado de dólares. Almería se convertía en el escenario de los duelos míticos filmados por Sergio Leone y, los andaluces, nos ahorrábamos aguantar en Canal Sur otro programa de copla, jubilados o niños irritantes.

El jueves pasado huí del Gran Hermano y de los debates políticos para ponerme en las sandalias del pescador, calzadas por Anthony Quinn, un obispo que, tras ser liberado de su reclusión en la Siberia soviética, acabaría convirtiéndose en el primer Papa no italiano desde el siglo XVI. Una historia que parece prever, con una década de anticipo, el pontificado de Juan Pablo II.

En la cinta, entre diálogos largos y profundos, de ésos que ya no se llevan, aparecen monstruos del cine de la talla de Laurence Olivier o Victorio de Sicca, aquel genio que dijo que la televisión es el único somnífero que se toma por los ojos. Tomaremos otra píldora esta noche. A ver si mañana escampa.
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