La verdadera historia de Blancanieves
lunes 11 de junio de 2012, 20:27h
Los relatos clásicos jamás pasan de moda porque se escribieron, ante todo, para resistir el paso del tiempo y que pudiéramos incorporar a nuestro mundo interior el legado de su mensaje inmortal. El mundo entero está viviendo un preocupante borrado de memoria que está arrojando como resultado la pérdida del patrimonio cultural que ha pertenecido de generación en generación a las sociedades. La conquista del marketing estadounidense ha colonizado por completo los corazones de los más jóvenes e incluso de los ya mayores, homogeneizando a su paso lo legendario, lo particular de cada país, sus ingredientes más genuinos y románticos.
Esto está ocurriendo en España, donde ya un cineasta tan sagaz como el británico Michael Powell se dio cuenta de que los españoles no se preocupaban en absoluto por su patrimonio musical, artístico y literario y rodó del norte al sur ibérico una de las road movies más asombrosas y sensibles que se recuerdan sobre viajeros que se empapan de nuestra cultura, como en aquellos libros escritos por extranjeros, deslumbrados por La Alhambra: Luna de miel (Honeymoon, 1959), filme que recoge la leyenda de los amantes de Teruel o piezas empapadas del espíritu hispánico escritas por Falla o Sarasate. Una fiesta para los sentidos y una película para enamorarse de la vida española, de aquella cotidianidad de las gentes del pueblo y de su rico patrimonio, de sus castillos y de sus canciones, de sus ventorrillos y de su flamenco tan puro.
También en España hubo un tiempo en que la habitaron diablos, brujas, malditos y vestiglos del otro mundo, los que luego pintó un Goya enfebrecido por el asalto de estos personajes y de sus historias. En el canon de los cuentos de hadas, tal y como Bruno Bettelheim o Vladimir Propp demostraron en sendos estudios, descansan los marcos mentales guardados por generaciones de familias y resucitar su contenido supone un ejercicio de lealtad hacia esa memoria de los más ancianos, de los abuelos que transmitían estas historias o apólogos al calor de la lumbre. En definitiva, el estudio y la preservación de los cuentos de hadas, de nuestra memoria soñada, es, paradójicamente, uno de los empeños más escasos y a la vez más trascendentes que existen en el ámbito de la filología en particular y del conocimiento en general.
Giambattista Basile (c. 1575–1632) publicó Lo cunto de li cunti overo lo trattenemiento de peccerille, publicado en dos volúmenes y de forma póstuma, en 1634 y 1636 y conocido posteriormente como el Pentamerón, del que partieron los hermanos Grimm y que contiene las versiones más antiguas de cuentos como “Rapunzel”, “Cenicienta” o el que nos ocupa. En él, Lisa, una niña de siete años de exuberante belleza y abundantes y firmes cabellos, se clava sin querer un peine mientras se peina y se desploma inconsciente en el suelo. Su familia, tras comprobar que no respira y tratar en vano de quitarle el peine de la cabeza, la deposita en un sarcófago de cristal. Sin embargo, lejos de agostarse el cuerpo de la muchacha, continúa creciendo en tamaño y en hermosura, asombrando a las gentes del lugar y maravillando a reyes y gobernantes de toda Europa, que peregrinaban al lugar que había terminado por convertirse en un santuario. La fama de su belleza fue tan conocida, que una envidiosa prima quiso acabar con ella y aprovechando un descuido de sus guardianes, abrió el sarcófago, sacó no sin esfuerzo a la ya hermosa adolescente y al arrastrarla por los cabellos hizo que se desprendiese la peineta –que era mágica– y que Lisa volviese a la vida.
Evan Daugherty y Hossein Amini han reescrito el cuento clásico para la película Blancanieves y la leyenda del cazador (Snow White and the Huntsman, 2012), dirigida por Rupet Sanders, por primera vez detrás de la cámara. El empeño de Sanders, que se ha saldado con un resultado más que notable, al que han añadido –conservando la estructura original– ingredientes argumentales provenientes de la historia de la sangrienta condesa Erzsebeth Báthory y la fascinante Doncella de Orléans –Juana de Arco– y dos obras de Shakespeare, Enrique V y Rey Lear. La crítica dice que la versión resulta terrorífica, oscura y tenebrosa, pero probablemente ignore cuán lóbrega y sórdida son los hechos que dieron lugar al cuento “dulcificado” por los hermanos Grimm, según cuenta Eckhard Sander en su ensayo Blancanieves: ¿es un cuento de hadas? (Schneewittchen: Marchen oder Wahrheit?). El sustrato histórico nos habla de una joven condesa, Margarethe Von Waldek, que vivió en Alemania, de la que se enamoró el rey Felipe II en uno de sus viajes, y a la que envenenaron por motivos políticos intrigantes de una camarilla regia, para evitar que la casa de los Austrias abriera una nueva línea dinástica hispano-germánica con una condesa, en lugar de con la reina María I de Inglaterra, buscando una alianza con la Corona Inglesa.
En la versión de los hermanos Grimm, el argumento es más duro. A cambio de protección, los enanos –que tenían mal carácter y eran más de siete– le exigen a Blancanieves que cocinara y trabajara para ellos. La madrastra trató de atentar contra la vida de la princesa en dos ocasiones más, antes de envenenarla: una de las veces, disfrazada de la anciana buhonera que le ofrecía el célebre peine mortal de la primera versión. No hubo beso romántico de los labios del Príncipe para que despertara Blacanieves de su sopor mortal: al transportar el ataúd de cristal, los enanos tropezaron y el pedazo de manzana salió de la garganta de la chica. Finalmente y como castigo, la madrastra es obligada a bailar hasta la muerte tras calzarla unos zapatos de hierro candente.
El espejo mágico existió. Se trataba de un ingenio mecánico –de los muchos autómatas que se fabricaron en la época–, un refinado juguete acústico de espejos y cristales de colores hecho en Lohr por un artesano, que repetía las palabras de quien se dirigía a él y que los condes adquirieron para su colección como una más de las extrañas atracciones de palacio. Con todo, los Grimm obviaron la crueldad de los hechos históricos que documentó el sagaz Sander: los enanitos eran en realidad niños envejecidos por las duras condiciones de trabajo en las minas de hierro, cobre y plata del Condado Von Waldeck, donde apenas alcanzaban la adolescencia, sometidos a las condiciones extremas de la extracción de los metales, en jornadas interminables en las que apenas descansaban. Estos pequeños trabajadores eran además muy apreciados por la condesa para su divertimento, en especial por sus facciones demacradas, deformadas y deshidratadas por el desgaste, como era usual en todas las cortes europeas de aquel tiempo, tal y como nos cuentan las crónicas y los cuadros de Velázquez. Sus ropas, amplias y de vivos colores, se les confeccionaban para divertir a su señora y como forma rápida de identificación en las oscuridades de la mina.
El trabajo infantil sustenta el trasfondo de una historia de crímenes, mecánica, celos, capricho y envenenamiento. La realidad, una vez más, supera la ficción del más dulce de los cuentos de hadas. Los autómatas parlanchines y los niños convertidos en enanos pertenecen más al inquietante y despiadado universo de adultos mostrado por Ridley Scott en Blade Runner… que al de un ingenuo cuento para niños edulcorado en 1937 por Walt Disney con las tintas del Technicolor.