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Antonio Regalado. In memoriam

José María Herrera
sábado 16 de junio de 2012, 16:53h
En Francia, durante el barroco, los músicos solían componer en memoria de los amigos muertos un tipo de pieza solemne, de ritmo lento y carácter meditativo e intimista llamada “tombeau”. Escritas generalmente para un solo instrumento –clavicémbalo, tiorba, laúd, viola de gamba-, su propósito era expresar elegíacamente el dolor producido por la desaparición del camarada. Pocas cosas existen comparables a ellas como manifestación de la pesadumbre y la impotencia que deja la muerte cuando pasa a nuestro lado. Desde luego no la palabra, cuya distancia constitutiva, tan fértil en otras situaciones, la condena en los momentos luctuosos al fracaso.

Antonio Regalado, con quien charlé de esto días antes de que le diagnosticaran el mal que ha terminado con su vida, aceptaba la superioridad expresiva de la música sobre la palabra para representar el dolor, pero insistía en que se trataba también de una cuestión de época. Él era un especialista en el mundo barroco y conocía como nadie la sutileza espiritual con que los hombres de ese período trataron el asunto de las postrimerías, tan ajeno a la cultura científica contemporánea. Yo acabo de comprobarlo escuchando la Tombeau sur la mort de Monsieur Blancrocher de Johann Jacob Froberger, una obra de hace tres siglos y medio en la que he visto desoladoramente reflejados los mismos sentimientos de pesar que me ha producido a mí la muerte de Regalado hace diez días. Quizá se trate de una obsesión particular, pero incluso he creído percibir en esta música una idea sobre la que también disertó Antonio: la de que la muerte no se conforma con llevarse a la persona que amamos, sino que además conspira para arrancarnos a tirones su recuerdo. El olvido manda y el tiempo, como esos desiertos atroces que crecen a costa de las poblaciones erigidas a su lado, termina transformando el dolor más intenso en pálida desazón, reflejo de una memoria que, para vivir, debe debilitarse. Froberger, consciente acaso de esto, ataca en algunos pasajes las teclas del clavicémbalo con una rabia que no parece dirigida contra la naturaleza, cuyas leyes hay que obedecer sin remedio, sino contra sí mismo, un hombre cualquiera que lucha por sostener en su memoria la imagen del amigo desaparecido. Homero lo sabía también y, por eso, cuando mandó a Ulises al mundo de los muertos para conjurar a los seres fantasmales que allí moran, le hizo abonar previamente una cuota en sangre.

Antonio Regalado, además de mi amigo y de un experto en el barroco –su libro sobre Calderón es uno de los grandes textos de los últimos tiempos- era otras muchas cosas, pero no evoco hoy aquí su memoria para airear la aflicción que me ha producido su muerte, sino para recordar su obra. A lo largo de su carrera, tanto en Estados Unidos, donde vivió la mayor parte de su vida, como en España, consagró todos sus esfuerzos al estudio de la tradición española, esa tradición sobre la que disputan desde hace siglos conservadores y progresistas sin querer saber nada de ella. Aunque hijo de un exiliado, su formación cosmopolita –Antonio estudió en Harvard y Yale y enseñó en la Columbia University de Nueva York- le impidió asumir este hecho tremendo que es el que ni para defender ni para criticar nuestra tradición se haya considerado aquí necesario su conocimiento. Nunca olvidaré la cara de estupefacción que puso un día que alguien sugirió en su presencia la posibilidad de que el desprecio del saber, la inconsciencia, se haya convertido a la postre en esencia de lo español, causa última de que la tradición se halle sepultada en la tumba de la ignorancia colectiva en beneficio de quienes medran torciéndola y manipulándola. Para quien había consagrado su vida a revivir lo mejor de nuestro legado una conclusión como esa era naturalmente inadmisible. Pero hay demasiadas pruebas de que aquí preferimos la ofuscación a la lucidez –no hay más que ver a donde nos ha conducido la ceguera de los últimos años- y una de ellas es precisamente la escasa repercusión de su obra. No digo, claro, repercusión popular, inimaginable en un país que está más informado de las veces que bota la pelota el gigante Gasol que de su propia historia, sino a otros niveles más selectos, caso de que estos existan y no esté incurriendo yo, al postularlos, en una mistificación académica.

El tema es importante y ya tendremos ocasión de volver a tratarlo. Hoy prefiero cerrar mi artículo con un recuerdo. Conocí a Regalado hace dieciocho años en un restaurante de la Costa de la Muerte. Yo era joven y me llamó la atención su vehemencia y entusiasmo. Hablaba alto, se reía a carcajadas, daba golpes en la mesa haciendo temblar los vasos para acompañar marcialmente sus pensamientos. Creo que había dejado ya la cátedra, pero estaba sin duda en la plenitud de sus fuerzas. Ni física ni anímicamente había desaparecido el muchacho bullicioso que fue en los cincuenta en Harvard. De hecho, hasta el final de sus días, le gustaba evocar sus gamberradas vanguardistas, aquellos happenings archimodernos tan chocantes en un experto en probabilismo jesuítico y autos sacramentales. De su conversación inferí aquel día tres cosas: que no era de esos que caza en los zoológicos, que su cabeza la había armado en el taller de Heidegger, aunque era una influencia cuidadosamente tamizada, y que había que ser un loco para chocar dialécticamente con él. Pese a ello, a la altura de los aguardientes, osé impugnar un comentario suyo dedicado a Jünger, cuyo relato del bombardeo de París en la terraza del Majestic censuró mordazmente por su gratuito esteticismo. Yo recordé que Jünger sabía por experiencia que en la guerra de material no hay escondite que valga y que, sabiendo esto, da igual pasar las cuentas del rosario en el sótano de un edificio que descorchar una botella de champán en la azotea. Con la misma rapidez que usaba para lanzar sus feroces sarcasmos, clavó sus ojos un segundo en los míos–quizá no lo había hecho hasta entonces- y me dio la razón. “No había pensado en ello”, dijo modestamente. Yo no había visto nunca reaccionar así a ningún estirado catedrático español y el gesto, viniendo de un sabio con su currículum, me sorprendió. Desde entonces fuimos amigos.
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