Una unión más perfecta
lunes 18 de junio de 2012, 20:24h
La vieja Europa vive en estos años iniciales del siglo XXI el mismo problema –y con la misma angustia- que los entonces jóvenes Estados Unidos en los años finales del siglo XVIII. Todavía en guerra contra Inglaterra por su independencia (lo que ellos llaman su revolución), las Trece Colonias que acababan de convertirse en Estados, formaron una confederación que únicamente contaba con un órgano común: Un Congreso unicameral, cuyos miembros eran elegidos por las legislaturas, esto es los parlamentos de los estados, dotado, además, de muy escasos poderes. No existía ni un Poder Ejecutivo ni un Judicial comunes a los trece miembros y la ideología predominante era la de “los derechos de los estados”. En plena lucha de liberación contra la opresión británica, los patriotas americanos no querían ni oír hablar de un poder central fuerte, que podría caer en los mismos excesos autoritarios que los gobernantes de Londres. Pero las cosas fueron de mal en peor sobre todo en los ámbitos económicos, monetarios y comerciales, pues los estados no se entendían entre sí y no había una autoridad común que se impusiese. Carecían de una moneda común, lo que hacía la situación aún más ingobernable, y la deuda pública con el exterior pesaba como una losa sobre el nuevo país.
Como recuerda Middlekauff, (uno de los autores de la monumental Oxford History of the United States), “después de 1785 [el Congreso] dejó de pagar los intereses de su deuda con Francia y en 1787 se mostró incapaz de hacer frente incluso a los pagos del principal”. Los estados miembros de la Confederación no estaban ni mucho menos en mejor situación y la deuda pesaba sobre ellos como les ocurre ahora a no pocos miembros de la UE. Un autor francés, Jean Michel Lacroix, explica así aquella situación en su Histoire des États-Unis: “La crisis económica de mediados de los ochenta [del siglo XVIII] permite comprender la insatisfacción de los medios mercantiles que imputaban la depresión a la debilidad de la Confederación. Las tensiones entre acreedores y deudores, que ya eran muy fuertes, se incrementaron por la caída de los valores monetarios.
La situación económica y financiera se degradó muy rápidamente, caracterizándose por el aumento creciente de la deuda, la ausencia de una moneda única y por la acelerada depreciación de la moneda, especialmente del papel moneda, adoptado por siete estados en 1786”. Las semejanzas con la actual UE son muy amplias, aunque nosotros tengamos ya la obvia ventaja de tener una moneda única, lastrada por un mal planteamiento inicial, por la inexistencia de una política económica común (tampoco la tenían los americanos de hace ya más de doscientos años) y tan mal utilizada y tan poco respetada por casi todos.
Ante aquella desastrosa situación, apareció en los recién nacidos Estados Unidos un grupo de hombres, al que pronto se llamó “los federalistas”, que con el lema “por una Unión más perfecta” pusieron la bases, tras la Convención de Filadelfia de 1787, de la Constitución crea una estructura federal con un Congreso bicameral, un Presidente y un Poder Judicial federal. Inventan en aquel momento aquellos Founding Fathers el federalismo moderno, así como el sistema presidencialista y crearon mecanismos eficaces de coordinación entre los nuevos órganos federales y los estados. Aunque no han faltado en sus largos dos siglos de historia problemas entre esos diferentes polos de poder, el más grave el que condujo a la Guerra de Secesión que acabó, definitivamente, con las pretensiones “soberanistas” de los estados, que conservan, desde luego, poderes importantes y una gran autonomía fiscal y financiera.
Alexander Hamilton –primer secretario del Tesoro- comprendió que sólo un poder económico central fuerte podría resolver aquella compleja situación y para ello era necesario un banco central, el Banco de los Estados Unidos. Trabajo le costó imponer su razonable criterio porque la Constitución no preveía la existencia de ese banco central, pero lo logró echando mano de una innovadora teoría: la de los “poderes implícitos”, según la cual el Gobierno federal debería tener los poderes que figuraban en la Constitución y los que, sin figurar, fueran necesarios para hacerlos realidad. Su teoría se impuso y, en su momento, fue declarada constitucional por el Tribunal Supremo. Tras una azarosa historia ese banco central, en 1913, se convirtió en el sistema de la Reserva Federal, institución compleja que funciona como un banco central, incluso con competencias que no tiene el Banco Central Europeo. Pero allí un estado tan importante como California puede declararse en quiebra sin que se altere el funcionamiento del conjunto. En Europa un país como Grecia, mucho menos que California en todas sus magnitudes económicas y sociales, hay que ver que tinglado nos ha montado. Con la ayuda, por supuesto, de la irresponsabilidad de algunos otros gobernantes, como los que por aquí hemos padecido entre 2004 y 2011.
Aquellos Trece Estados iniciales de los EE UU son, por supuesto, muy diferentes de los veintisiete miembros actuales de la UE. La situación en su conjunto es muy distinta. Aquellos estados, muy celosos de su soberanía y de sus competencias, tenían en común la lucha contra Inglaterra y la comunidad de lengua y cultura, aunque ya eran visibles las diferencias entre Nueva Inglaterra y el sur algodonero y esclavista. Los Estados europeos de la UE son mucho más diferentes. Muchos han guerreado secularmente entre sí, tienen tradiciones distintas, algunos son milenarios, otros son históricamente más jóvenes, pero Europa tiene unas raíces comunes que aunque no guste al laicismo imperante tienen un carácter cristiano. No en vano, durante mil años lo que llamamos Europa fue conocida como la Cristiandad. Hay que huir, en suma, de paralelismos fáciles, pero también es útil e incluso necesario aprender de las experiencias ajenas.
La UE se enfrenta, en términos muy generales, con el mismo problema que los iniciales Estados Unidos- una evidente y desastrosa falta de coordinación- y la solución y tiene que hacer suyo el mismo lema que en aquel momento acuñaron los federalistas norteamericanos: POR UNA UNIÓN MÁS PERFECTA. Hay que abordar ya, con la máxima urgencia lo que no se hizo ni en Maastricht, en los años noventa, ni en Lisboa, hace menos años, esto es completar la unión monetaria con una unión económica que unifique las políticas fiscal y financiera de los Estados miembros. Es igualmente necesario cambiar y reforzar el papel y las funciones del Banco Central Europeo. Volviendo a los Estados Unidos de finales del siglo XVIII, quizás es oportuno recordar que Hamilton reforzó los poderes económicos centrales con dos importantes medidas: Se concedió a la Unión la competencia de establecer impuestos, de la que antes carecía y la Unión se hizo cargo –por medio del recién creado Banco de los Estados Unidos- de las deudas de los Trece Estados.
Como en los Estados Unidos de América, se puede mantener la ficción de que los Estados miembros de la UE, siguen siendo soberanos. Pero no debemos engañarnos: Ya se han cedido –para compartirlas- muchas competencias “soberanas”, empezando por la moneda y es necesario seguir avanzando por esa vía. Por eso es cierto que si se hundiese el euro, la UE se vendría abajo y los países europeos se convertirían en insignificantes entidades en este mundo global en que son los gigantes (Estados Unidos, China, India, Rusia, Brasil…) los que tendrán la voz cantante. Solo una UE fuerte y reforzada puede aspirar a ser oída en ese mundo global. Ante este panorama se muestra lo ridículo que resulta el “soberanismo” que mantienen por aquí algunos nacionalistas. Ponerse de puntillas para resaltar es, en política, no un error sino un crimen.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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