CRÍTICA
Natsume Soseki: Las hierbas del camino
domingo 24 de junio de 2012, 14:04h
Natsume Soseki: Las hierbas del camino. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Prólogo de Kayoko Takagi. Satori, 2012. 288 páginas. 23 €
Michi kusa significa “Las hierbas del camino”, y es el título de la última novela de Natsume Soseki, el autor de Botchan, Soy un gato o Kokoro, entre otras. Sooseki, que vivió de 1867 a 1916, es seguramente el escritor japonés más popular dentro y fuera del país. Su cara está en los billetes de mil yenes, y su lectura es obligatoria en todas las escuelas secundarias niponas. Paradójicamente, esto último no mengua un ápice su popularidad entre la gente joven.
Soseki fue profesor hasta los 41 años, momento en que dejó la enseñanza para dedicarse de lleno a la literatura y el periodismo en el diario Asahi. Su primera novela fue Soy un gato (mejor sería Soy un señor gato), a la que siguió Botchan (El señorito Bo), quizá la obra que con más persistencia reside agazapada en el corazón de todo japonés. En ellas, anticipa lo que será su literatura: una mezcla de autobiografía y parodia sobre el mundo que le rodea. Su obra inicial es bufa, irónica y descuidada en el sentido cervantino, pero siempre muy centrada en el yo. A estas novelas siguieron otras más serias, entre las que destacan Mon (Puerta) y Kokoro (Corazón). Frente a sus primeras obras, estas últimas son más graves, menos cómicas; lo que era gracia y sarcasmo se convirtió en oscura ironía sobre los demás y sobre sí mismo. Se puede decir que Mon, Kokoro y Las hierbas del camino forman una trilogía de la soledad y el desamor.
La adopción era una práctica común en el Japón del siglo XIX. Se practicaba por razones económicas, fundamentalmente, aunque a veces era también una forma de perpetuar el apellido o el negocio. Soseki fue un niño adoptado de forma temprana por un matrimonio que trabajaba en su casa. Mucho menor que sus hermanos, este hecho le marcó como un niño no querido. Volvió a vivir con sus padres algunos años después, cuando el matrimonio que lo adoptó se divorció, pero su madre lo acogió con indiferencia, y su padre lo consideró poco más que un engorro. Este es el meollo de Las hierbas del camino.
Soseki , hacia el final de su vida, echa la vista atrás, y lo que ve no es la gracia ajena, la infelicidad de otros ni la ironía de la sociedad, sino su propia infelicidad e incapacidad de amar. Con un ritmo fluido, con un estilo barojiano en el aparente descuido y en la chocante franqueza de sus breves capítulos, Soseki pone su alma sobre la mesa, la estudia con un puntero mientras nosotros, los cavilosos y algo asombrados lectores, la observamos. Un día un hombre aparece en el camino. No sabemos quién es. Más adelante descubrimos que es el padre adoptivo del protagonista, Kenzo. El anónimo paseante llega con una nube negra sobre la cabeza, y esa nube pasa a Kenzo y a su familia en el mundo simbólico del “giri” del sistema de deberes japonés. ¿Debe Kenzo algo a quien lo educó? ¿Debe algo a su familia? El dolor que lo acompaña y que va descubriendo poco a poco, indirectamente, pasado siempre también por el símbolo del dinero y su haber y debe, ¿justifica su falta de amor hacia los demás, empezando por su mujer y sus hijas?
Como señala Kayoko Takagi en el prólogo, el elemento más complejo de la obra es seguramente el papel de la mujer. La esposa de Kenzo asiste con impavidez a su falta de amor y a sus quejas continuas. Es como si la vida externa a la casa pasara solo por el hombre, mientras que en el interior de la casa es la mujer la que reta y desafía al hombre a una nueva comprensión de las cosas. Kenzo “asumía sin reparos que la única razón de ser de las mujeres era la de atender a sus maridos”. En cambio, su mujer pensaba: “Nadie me va a obligar a respetar a mi marido por el hecho de serlo. Si quiere ganarse mi respeto, tendrá que demostrar que se lo merece.”
Osumi, su mujer, no quiere que Kenzo ayude a su antiguo padre adoptivo; Kenzo, en cambio, se deja llevar, confrontado a su propio pasado. Ayudarlo o no, más que un simple hecho, es aceptar lo que fue, un niño no querido por todos, padres biológicos y adoptivos. El dinero pasa a adquirir un aspecto simbólico especial. Darlo es un acto afectivo. El padrastro es un hombre tremendamente rácano, rasgo que Kenzo destaca una y otra vez y que lo convierte en alguien malvado. El padre biológico pagó en un momento los servicios al padre adoptivo, pero este guarda una carta que acaba vendiendo a Kenzo. Esa compra será su liberación. De esta manera, el dinero es una metáfora del amor, mezquina y dolorosa. Porque Kenzo, que escribe, puede ganar fácilmente dinero/cariño con sus escritos, pero ese dinero o amor no le repara realmente de las heridas del pasado. Es paradójico, en ese sentido, que Soseki, un autor tan preocupado por el dinero en sus novelas, acabara siendo la efigie de los billetes japoneses.
A menudo se dice que Las hierbas del camino es el único libro autobiográfico de Soseki. Esto no es del todo cierto. Todas las obras de Soseki son autobiográficas, hasta cuando él mismo se autoconvierte en amo de su gato. Pero esta es la más autobiográfica de todas sus novelas. De alguna manera es la radiografía de un alma que echa cuentas con el pasado, que vuelve a la semilla, para concluir: “No hay prácticamente nada que hacer en la vida que se pueda dar por resuelto. Las cosas que han sucedido una vez, seguirán sucediendo, aunque vengan con un disfraz distinto. Eso es lo que nos aturde.” A lo que su mujer, como no podía ser de otra manera, responde con su hija en los brazos: “Mi niña preciosa, no tenemos ni idea de lo que está hablando tu padre, ¿verdad?”
Porque de lo que habla, de lo que nos habla Soseki a lo largo de toda esta atípica y profunda novela es de las hierbas del camino.
Por José Pazó Espinosa