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Farewell: Una de espías

Joaquín Albaicín
martes 26 de junio de 2012, 20:30h
Lo mismo como motivo literario que como soporte de meditación, siempre me ha fascinado el mundo del espionaje. De hecho, pese a que nací bajo el papado de Pablo VI, el Vaticano existe para mí sólo desde Juan Pablo I, quien, con su misteriosa muerte, fue el primer sucesor de Pedro en dejar huella sobre el mapa de mi vida. Y es que, aparte de la general sosería desprendida por la personalidad de Montini y de mi corta edad en los días de su pontificado, únicamente a partir de Juan Pablo I apareció la figura del Papa, a mis ojos, nimbada por esa aureola de personaje de Agatha Christie, a partir de entonces conservada a pulso por sus sucesores con la inestimable ayuda de Ali Agca, Roberto Calvi, Emanuela Orlandi, Licio Gelli, Marzinkus, el gangster Renatino, Alois Estermann, el Cardenal Castrillón o aquel Michele Sindona que, lo mismo que Albino Luciani, una noche se fue a dormir para no despertar jamás.

Coincidiendo con el cúmulo de intrigas vaticanas que coloniza en estos días la prensa, y coincidiendo también con la solicitud por el fundador de “Wikileaks” de asilo político a tan original país para esas cosas como Ecuador (mal sitio, pues acaban de prohibir allí los toros), llega a mi buzón, por gentileza de “Acontracorriente Films”, el DVD de la más reciente película de Christian Carion: “Farewell”.

“Farewell” cuenta la historia del coronel Grigoriev, cuyo caso saltó a las páginas de la prensa en la segunda mitad de los 80. La suya es una historia de lucha por la familia en un mundo que ha decretado la disolución de ésta en ácido, de lucha por la dignidad en un nido de delatores y de silenciosa lucha por la libertad las estaciones de metro de una penitenciaría con rostro amable. Una película, en fin, sobre el socialismo. Pero también sobre el capitalismo. Porque de Grigoriev, el protagonista de esta aventura, nada volvió a saberse tras su arresto en 1982 por el KGB. Los rusos no van nunca a ponerle una medalla, pues para ellos, a la postre, Grigoriev no fue sino un traidor. Y tampoco los occidentales, porque entregaron su cabeza en bandeja de plata a los soviéticos cuando la lógica –su lógica- así se lo aconsejó. Como en tantas otras ocasiones, ha tenido que ser el cine el encargado de ilustrarnos sobre el heroico final de quien lo arriesgó todo a cambio de nada, refrendando una vez más la sabiduría contenida en la frase de Napoléon III: “Quien sirve a un Estado, sirve a un ingrato”.

Narrada con ese pulso magistral que distingue a otras cintas del género, como “La vida de los otros” o “Munich”, protagonizada por dos artistas que alternan la dirección y la actuación (Emir Kusturica y Guillaume Canet), aderezada con la siempre grata presencia de la Alexandra Maria Lara inmortalizada como secretaria de Hitler por “El hundimiento”, y con el Willem Dafoe inolvidable aunque sólo fuera por “La sombra del vampiro”, “Farewell” es, indudablemente, una de las mejores películas que hemos visto en los últimos tiempos. Y de esas que –sucede con novelas como “Los vecinos de enfrente”, de Simenon- puede uno volver a ver una y otra vez al cabo de un tiempo, sin que la intriga decaiga un solo instante.
Véanla, pues. Porque, ¿qué es la vida sin intriga, sin un enigma que resolver ahí, al otro lado de la puerta, a la sombra de los árboles del parque? Falta algo, ¿verdad?
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