Apetito por la Historia
Juan José Laborda
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domingo 01 de julio de 2012, 20:08h
La Historia se lee mucho en este tiempo que mira al pasado porque el porvenir está (aún) oscuro. Junto a ella, y compitiendo con fuerza con relatos históricos rigurosos y honrados, existe una oferta inmensa de relatos fantasiosos.
Casi siempre utilizan el morbo. La obra titulada “Los protocolos de los Sabios de Sión”, publicada en San Petersburgo en 1902, es el más conocido de los fraudes historiográficos. En “Los protocolos” se pormenorizaban los planes del judaísmo internacional para dominar el mundo, especialmente, el llamado mundo cristiano o mundo occidental. No hay que pasar por alto que por entonces los judíos europeos estaban creando la ideología sionista, cuyo objetivo se cifraba en lograr un “Estado judío” basado el los principios e ideales de la Ilustración: libertad de cultos, de pensamiento, solidaridad social, etcétera.
A partir de la revolución rusa, “Los Protocolos” alcanzaron una enorme difusión: millones de copias, traducidas en más de veinte idiomas. Algunas organizaciones reaccionarias, frecuentemente confesionales, dieron cobertura a una narración que explicaba que los judíos estaban detrás de la revolución comunista rusa, la primera etapa de una planeada revolución mundial.
En Francia, Alemania, Estados Unidos, y en otros muchos países, “Los protocolos” tuvieron el prestigio de la historia científica. Henry Ford, el empresario que revolucionó la producción capitalista de automóviles, difundió ese texto como si fuese una verdad rigurosamente probada. Por los mismos años, los nazis alemanes hicieron otro tanto, sólo que ellos no se dedicaron a fabricar coches batatos, sino que, además de producir “coches populares” (“Volkswagen”), al tiempo erigieron campos de exterminio para judíos y “otras razas inferiores”.
En 1922 un periodista del “Times” de Londres descubrió (y publicó) que “Los protocolos de los Sabios de Sión” eran una copia literal de un panfleto belga de 1856. Después, se comprobó que sus autores habían sido miembros de la “Ojrana”, la policía de los Zares de Rusia.
Hasta hoy. En los países árabes, “Los protocolos” se siguen difundiendo por grupos nacionalistas de todo tipo. Incluso en nuestros países, “Internet” está lleno de versiones de ese texto, ridículo si no fuese siniestro. Ese tipo de narraciones históricas ha tenido una prolongada continuidad: desde las causas ocultas del asesinato de Kennedy, hasta la más próxima narración del atentado del 11-M (con la jueza Cillán en acción). El morbo siempre se conjugó literariamente bien con la paranoia u otros delirios.
Estos comentarios me surgieron leyendo a Toni Judt (Londres 1948-Nueva York 2010), un historiador profesional. Sus libros se basan en datos contrastados, dentro de la buena técnica empirista anglosajona, pero su lectura nos cautiva como una gran novela. Y después, obtenemos de él la información que convierte sus narraciones históricas en auténticos tratados de moral.
De la lectura que he hecho de “Postguerra”, su más densa obra, y de sus otros libros sobre Europa, he hecho una comparación (sin comentarios) con las edades de los dirigentes políticos desde 1929 (la otra gran crisis económica) hasta nuestros días.
En aquella gran crisis, los líderes políticos mundiales fueron personas jóvenes. Hitler (1889-1945), Mussolini (1883-1945) o Stalin (1878-1951), alcanzaron el poder cuando tenían entre 39 a 44 años. El presidente norteamericano Roosevelt, menos juvenil, tenía 50 años cuando fue elegido por primera vez.
Sus edades son parecidas a las de los líderes de la generación de Sarkozy (1955), Zapatero (1960), etcétera, a los que la actual crisis los ha sacado del poder.
La generación que reconstruyó Europa después de la Guerra Mundial fueron líderes de mucha mayor edad: estaban por encima de los 60 años de edad. Adenauer (1876-1967) tenía 69 años cuando fue elegido como (el primero) canciller de la República Federal. De Gaulle (1890-1970) tenía 68 años cuando fundó la V República Francesa. Winston Churchill (1874-1965) cumplió 71 años cuando terminó la guerra en 1945, y tenía 81 cuando dejó de ser primer ministro. Ernest Bevin (1881-1951), un legendario ministro con Churchill durante la guerra, y con la paz, ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno laborista de 1945 (que creó el primer “Estado del Bienestar”), respondió al rey Jorge VI cuando éste le preguntó “cómo sabía tanto” (Ernest Bevin acababa de proponer la creación de la OTAN para sujetar a EEUU defendiendo a Europa): “Majestad, es cuestión de experiencia”.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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