Que se j…., caramba
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 19 de julio de 2012, 20:59h
Para los que han estado en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo madrileña y compartido escaño con tirios y troyanos durante algún tiempo, saben que en el fragor de la batalla no es raro escuchar expresiones mal sonantes dirigidas contra la bancada contraria o contra el “sursum corda”, si acierta a pasar por ahí. No es ello óbice ni razón para excusar la castiza contundencia con que la Señora Fabra, Doña Andrea, Diputada del PP por Castellón, exclamó el hoy famosísimo “¡Qué se j…!.” que, para su desgracia, ha hecho fortuna en las llamadas redes sociales y en sub cultura de la jerga popular –o de lo que de ella queda, dados los tiempos- en estos últimos días. Compungida y no sé si llorosa la Señora Fabra ha expresado remordimiento y extendido disculpas a todo bicho viviente, y bien que lo ha hecho, porque su hasta ahora anónima figura parlamentaria de otra manera pudiera quedar asociada en exclusiva y para siempre al improperio, como si ella no fuera capaz de otras y más importantes cosas. Ha llegado a escribir que no se sentía especialmente “honrada” por el incidente, cosa que hubiera quedado mejor expresada –quizás las prisas o el nerviosismo la traicionaron- si en vez de “honrada” hubiera utilizado el adjetivo “orgullosa”, más acorde con el sentido de la intención que se intuye tras la demanda de perdón. Y desde luego hay que concederle al menos una segunda oportunidad, para que su caso sirva de escarmiento a tantos otros colegas de la Señora Fabra que hasta ahora tenían por costumbre proferir similares o incluso mayores barbaridades sin que el velo del anonimato permitiera que sobre ellos cayera la reprobación de colegas, amigos, adversarios y todo tipo adicional de paseante en Corte o atento observador de la tangana política. Incluido el Señor Presidente del Congreso de los Diputados, Don Jesús Posada, que si tuviera que dedicarse a tales menesteres –corregir las gracietas verbales de Sus Señorías- no tendría tiempo para otra cosa. Y ya veremos si en el Acta parlamentaria del día de autos los taquígrafos, como otras veces hacen, se limitan a recoger entre paréntesis y con letra cursiva una escueta línea que diga que una señora parlamentaria “manifiesta sonoramente ¡que se j….!”, o ponen nombres y apellidos a la Señora diputada o simplemente, como tantas veces hacen para evitar los correspondientes bochornos se limitan púdicamente a decir que “una señora diputada pronuncia palabras que no se perciben”. Seguro que la Señora Fabra querría figurar en las minuciosas Actas como autora de propósitos más creativos. O al menos no tan explícitos.
Con motivo de la infeliz ocurrencia de la Señora Fabra las poco edificantes palabras han ocupado páginas impresas de sesudos diarios, minutos de informaciones radiadas o televisadas y otras grafías, sin que a nadie se le ocurriera ocultar la ofensa bajo los otrora habituales puntos suspensivos. No podría ocurrir tal cosa con la prensa hablada, escrita o televisada en los Estados Unidos habituados como están, por convicción propia y bajo severas multas por parte de los organismos reguladores en caso contrario, a ocultar bajo la cuidadosa elipsis tales manifestaciones, que un espíritu mínimamente cultivado coincidiría en calificar de mal gusto. Y nadir podrá calificar a los Estados Unidos por ello de sociedad puritana o timorata, que en el lenguaje corriente, y según de las preferencias de unos o de otros, bien que circulan epítetos floridos de alcance vario. Es simplemente que atendiendo a normas socialmente aceptadas de decencia pública se prefiere dejar en el plano de los sobreentendidos palabras que por su naturaleza no pertenecen a una conversación civilizada. Muchos serán los carpetovetónicos que identifiquen el espíritu nacional con la profusión de palabras ofensivas, como si pertenecieran al acerbo último de la raza, pero en realidad con los que están asociadas es con la mala educación. Y de ella sí que estamos sobrados en nuestro baqueteado país, donde un día sí y otro también vemos con profundo desánimo como cunde a velocidades de vértigo un reduccionismo lingüístico hecho a medias de incultura y de obscenidades. Para muestra véase algunas de las recientes películas españolas o si se quiere de las excelentes argentinas protagonizadas por ese impagable actor apellidado Darín y en donde los personajes españoles son identificados más por el florido florilegio de tacos que por su propio e inconfundible acento. Desgraciadamente no les falta razón: es este un país donde los golpes de estado empiezan con un castizo y gramáticamente incorrecto “se sienten, c…” (la palabra lleva ñ, para los que no la puedan localizar) y donde uno de nuestros Nobel de Literatura, Camilo José Cela, justificaba su abundante utilización de la palabrota recordando que ya “Santo Toribio de Liébana, en el siglo XI, en una acalorada discusión teológica, llamó a su adversario c…. del Anticristo” (identificando con ello a un atributo varonil de la temida figura bíblica).Y por ahí circula una circular supuestamente dirigida por un alto mando de la OTAN a los empleados españoles de la Alianza rogándoles que fueran más comedidos en la utilización de sus calificativos con superiores y colegas que merecería ser cierta y en cualquier caso abundamente leída para regocijo y solaz del personal y enseñanza de los españolitos que presumen una y otra vez de hacer las cosas “por c…..”( plural del atributos sexual del Anticristo).
Claro que estas y otras consideraciones serán tenidas por simples manifestaciones hipócritas, cuando no pura y simplemente como g……… (ya se lo pueden imaginar) del postmodernismo friki –antes cheli- del solar hispánico. Craso error. Los clásicos lo dejaron dicho: “la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud”. ¿O acaso preferimos la comunidad de los viciosos a la de los virtuosos? Es esta una invitación para crear una liga de los segundos. Para los primeros, como diría la Señora Fabra, “¡Qué se j….!”. Hasta ahí podíamos llegar.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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