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Un gran pacto de país

Javier Zamora Bonilla
martes 24 de julio de 2012, 20:44h
En los últimos días se han acentuado las voces de quienes piden un gran pacto político y social para intentar sacar a la sociedad española del marasmo (“suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico”, define el Diccionario de la RAE) en que podría caer si no se pone fin a la incertidumbre que pesa sobre la financiación y, en fin, la solvencia de la economía española. Ayer mismo dos de las personas mejor informadas de nuestro país, Felipe González y Antonio Garrigues Walker, el primero con una lúcida entrevista en El País donde destila su experiencia política en enseñanzas para la situación actual y el segundo con un estupendo artículo en Abc en que recuerda el tono y los logros de la Gran Coalición alemana forjada en 2005 entre socialdemócratas y democristianos, indicaban, cada uno a su modo, este camino necesario, esta vía, este método para salir de la crisis.

La democracia liberal se fundamenta en el juego de las mayorías parlamentarias, que representan la voluntad soberana expresada por los ciudadanos con su voto. Este juego se falsifica si se suprime la posibilidad de la alternancia. Por eso, una coalición gubernamental de los dos grandes partidos con posibilidades de gobierno sólo es conveniente que se produzca cuando se ha llegado a una situación extrema que requiere soluciones excepcionales. Si hemos llegado o no a este momento, puede ser discutible si nos atenemos a un solo indicador: la prima de riesgo respecto al bono alemán, que en el momento que escribo estas líneas continúa en niveles insostenibles, por encima de los 600 puntos básicos, lo que hace inviable una financiación a largo plazo. Mas no debemos fijarnos sólo en este indicador económico sino en varios relevantes de cariz político.

El primero y principal es que los dos grandes partidos, PP y PSOE, han incumplido su programa electoral durante sus últimos gobiernos y se han visto obligados a hacer lo contrario de lo que decían que querían hacer. El caso del Gobierno de Rajoy es sumo porque el incumplimiento se ha producido en tan pocos meses que cuesta creer que los dirigentes de un partido con una presencia tan activa dentro de la vida política española, y teniendo en cuenta que muchos de ellos ya han tenido responsabilidades gubernamentales, pudiesen estar sinceramente tan despistados sobre la realidad de la economía nacional. Da la impresión de que les pudo el voluntarismo de pensar que con su llegada a la Moncloa las cosas iban a virar rápidamente en sentido positivo por una especie de encantamiento de los mercados, los cuales confiarían ciegamente en las bondades de un gobierno de derechas. No ha sido así. Éste alega con razón que las cifras de déficit del año 2011 son superiores a las que afirmaba el anterior Ejecutivo, pero ni esto por sí solo justifica un cambio sustancial de la política electoralmente prometida ni es creíble tanta ingenuidad si además se tiene en cuenta que algunas de las Comunidades Autónomas más endeudadas y con mayores dificultades para financiarse, como Valencia y Murcia, son gobernadas por el PP desde hace muchos años. Si a esto le añadimos la nefasta gestión de algunas Cajas de Ahorro –cuyos balances deficitarios son los que han suscitado la última gran crisis de confianza en la economía española– por parte de representantes nombrados por los partidos políticos de las más diversas tendencias y por los sindicatos vemos que la responsabilidad está, por tanto, muy repartida.


El segundo indicador que señala como método la necesidad de una Gran Coalición es el descrédito que los políticos han conseguido ganarse. La Gran Coalición, cuyo principal objetivo sería conseguir cambiar la tendencia de empobrecimiento de la sociedad española y poner las bases para el crecimiento, debería tener también algunos fines políticos claros, y entre ellos el de recuperar el prestigio de la vida política. Por eso, los nombres de ese Gobierno de coalición, aun siendo representantes de los partidos, deberían mostrarse nada partidistas en su actuación gubernamental. No se me ocultan las dificultades que esto ofrece a la vista del cotidiano panorama político que divisamos, pero lo que se pide es precisamente un cambio de enfoque.

El tercero indicador es la falta de voluntad firme que los partidos políticos han mostrado para poner coto a la corrupción y a los privilegios asociados a la política, problemas que deberían ser afrontados con rotundidad y transparencia para reparar todo lo que se pueda de lo sucedido en el pasado y, sobre todo, poner los cimientos jurídicos y políticos para impedir que casos como Gürtel, los EREs andaluces, las numerosas comisiones inmobiliarias, los sueldos e indemnizaciones millonarias asociados a las Cajas de Ahorro, etc., no vuelvan a producirse.

El cuarto indicador político que hace necesaria una Gran Coalición es el paro, que está en niveles no sólo alarmantes sino moralmente indecentes para cualquier político con un mínimo de sensibilidad en el corazón y dos dedos de inteligencia en la frente. La injusticia social que se está cometiendo con las generaciones jóvenes que sufren niveles de desempleo por encima del 50% es intolerable y peligrosísima porque nada irrita más que la cerrazón de expectativas vitales.

Se podrían seguir relacionando indicadores que señalan como posible solución la misma vía, pero son suficientes, por decirlo con una expresión tan común a los escritos aristotélicos que ando releyendo estos días. En algún lugar hay que pararse para seguir pensando y avanzar.

Ayer por la mañana, a la luz de la esperada respuesta de los mercados tras el fracaso dominical –no tengo datos, pero quiero creer que hubo gestiones además de llamamientos públicos– del Gobierno en su intento de convencer a Merkel y a Draghi para conseguir una intervención eficaz del BCE, los dos líderes del PP y del PSOE, Rajoy y Rubalcaba, tendrían que haber salido anunciando que en dos días estaría formado un Gobierno de coalición, cuya permanencia quedaría asegurada por un mínimo de dos años. Hoy ya empieza a ser tarde, pero ya se sabe lo que dice el refrán. Este Gobierno debería estar abierto al resto de fuerzas parlamentarias y partir democráticamente de la composición del Congreso. Por lo tanto, debería estar presidido por un diputado del PP, quizá el propio Rajoy, a quien debería reconocérsele el gesto de conciliación y la apuesta por el bien común que supondría formar un Gobierno de este tipo cuando tiene una mayoría absoluta clara para gobernar, la cual, no obstante, parece mostrarse insuficiente a la hora de solucionar los problemas que el país afronta. No sería un Gobierno de tecnócratas, sin perjuicio de que haya profesionales ajenos al mundo político entre sus integrantes.

Rajoy quedaría como un gran hombre de Estado, dispuesto a sacrificar su cómoda mayoría parlamentaria, pasados sólo unos meses desde las elecciones, a cambio de una apuesta arriesgada por un Gobierno de coalición cuyo posible éxito le elevaría a la condición de figura histórica, pero cuyo fracaso, de consecuencias imprevisibles, no es descartable dado el panorama político presente a nivel nacional e internacional. La gestión de tal Gobierno ofrecería sin duda dificultades tremendas que habría que lidiar día a día con prudencia e inteligencia, cualidades que Rajoy ha mostrado en numerosas ocasiones. Algunas de estas dificultades, y no las menores, vendrían de su propio partido. Si se forma este Gobierno de coalición debe tener objetivos realistas pero elevados y no reducirse a ser un mero gestor que reubique las cifras macroeconómicas en posiciones razonables. Tenemos en España ya algunas viejas y lejanas experiencias del fracaso de gobiernos de este tipo durante la crisis de la Monarquía constitucional tras el verano de 1917, por su cortedad de miras.

La foto que debía haberse producido ayer lunes por la mañana para anunciar el Gobierno de coalición tendría que haberse acompañado por la tarde con otra que mostrase claramente la potencialidad de la sociedad y de la economía española. No creo que se pueda gobernar sólo con imágenes, pero, en un mundo volcado a la imagen, ésta sería un mensaje nítido no sólo hacia el interior de nuestras fronteras sino sobre todo hacia el exterior. Lo que es más necesario. En esta foto del consenso político y social deberían haber estado Rajoy y Rubalcaba junto a otros representantes de otras fuerzas políticas que se sumen al acuerdo, los directivos de los agentes sociales, sindicatos y patronal, gentes del mundo de empresa y miembros relevantes de la sociedad civil, reconocidos internacionalmente, que estén dispuestos a sentarse para tener listo en septiembre un pacto económico y social por el crecimiento, que debería apoyarse en las potencialidades de nuestro país, muchas más de las que aparenta la crítica situación, y en idear los mecanismos para reconvertir las rémoras de nuestra economía y de nuestra sociedad en nuevas sinergias que vayan, por fin y de una vez, hacia eso que sin saber bien claramente qué es llamamos sociedad del conocimiento y de la innovación. Este gran pacto de país es imprescindible aunque no se forme un Gobierno de concentración. Así que la foto que no se hizo ayer está ya tardando demasiado en realizarse.

Es obvio que al mismo tiempo hay que seguir negociando en Europa no sólo lo que interesa a nuestro país sino lo que interesa a la propia Europa, una verdadera unión monetaria y política. La Unión no puede anclarse en el quietismo de un místico nacionalismo decimonónico.

Y esto sólo para ir tirando, tirando hacia delante para no dejar a muchos millones de personas sin medios para ganarse la vida y sin ilusiones, porque en el fondo para salir de la crisis en que estamos metidos lo que hace falta es una nueva perspectiva de la política, de la sociedad y de la economía muy diferente a la de las últimas décadas, con nuevos fundamentos más rigurosos y más humanos.

Perdón si me he extendido en la exposición de ideas, quizá descabelladas, que distan tanto de la realidad. Me vuelvo a mi lectura de la Metafísica de Aristóteles, que es en lo que estaba porque he sentido estos días la necesidad de releer aquellos milenarios textos y repensar con ellos los principios primeros y las causas eficientes, pues si éstos no están claros, lo demás anda confuso.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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