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El “diario de Rusia” de Steinbeck

Joaquín Albaicín
lunes 30 de julio de 2012, 20:26h
En la URSS de 1956, un país en el que los escasísimos automóviles no tenían luces nocturnas ni limpiaparabrisas, los transeúntes de Minsk o Kharkov veían el coche de Dominique Lapierre y corrían a arracimarse en torno a él y a pegar, asombrados, la cara a sus cristales. Hacía, sin embargo, cinco años ya de la primera Bomba H soviética y del lanzamiento por Moscú del primer “Sputnik”. Apenas un lustro después, pese a que el Kremlin había logrado enviar y traer de vuelta un hombre al espacio, esa misma escena continuaba repitiéndose ante la aparición de un coche occidental.

Patrocinado por “Paris Match” y “Marie-Claire” y publicado bajo el título “Érase una vez la URSS”, el viaje de Lapierre tuvo lugar unos diez años después del emprendido –por cuenta del “New York Herald Tribune”- por John Steinbeck y el fotógrafo Robert Capa. El relato de esta segunda excursión acaba de ser publicado por la editorial “Capitán Swing”, recibiendo amplia atención por parte de los suplementos literarios. Casi todos los artículos que hemos leído al respecto coinciden en el reproche de que Steinbeck no dedicara una sola línea a denunciar el totalitarismo de Stalin. La puya no nos parece del todo justa.

En primer lugar: “Evitaríamos la política”, declara el propio Steinbeck, y muy claramente, al principio del libro. El propósito específico del viaje y el reportaje era informar de modo aséptico sobre qué comían, qué vestían, cómo se divertían o cómo trabajaban los rusos. Nada más. En segundo lugar, hoy mismo hay escritores españoles, viviendo en los EEUU, que nos narran las bondades de la vida cultural de ese país sin mencionar para nada, en sus artículos o libros, los casi 300 ataques con “drones” autorizados por Obama, las maniobras de la alta finanza americana para sumir en la pobreza a poblaciones enteras o la cantidad de gente encerrada allí en prisiones secretas. Y no pasa nada, creo yo.

Aparte de esto, lo mismo que Lapierre en su libro, Steinbeck introduce en el suyo, por vía de la sutileza, innumerables comentarios en los que aflora sin ambages el trasfondo siniestro de la vida bajo un régimen comunista: la descripción del museo dedicado a Lenin, la condena de una mujer a diez años de trabajos forzados por robar kilo y medio de repollos, la ausencia de risa en las calles de Moscú, la práctica imposibilidad de realizar una llamada telefónica al extranjero, las dificultades para enviar o recibir correo, el veto a abandonar la URSS a las rusas casadas con norteamericanos, la constatación de la ignorancia por los estudiantes de la existencia de Trotsky, la omnipresencia del rostro del líder en calles, edificios, viviendas e, incluso, parajes aislados… Y subrayemos, en particular, su observación de cómo, en la URSS, nadie se atrevía jamás a tomar una decisión: siempre se optaba por traspasar el asunto a un superior. Por si acaso.

Separados entre sí por pocos años, ya había sido alzado el Muro de Berlín cuando tanto el francés como el americano emprendieron sus respectivos viajes. Se mascaban la Guerra Fría y la tensión nuclear. Ni cuando llegó el primero, ni cuando llegó el segundo, existía aún en la URSS ¡el plástico! Si Lapierre se encontró con las apariencias orquestadas de un clima algo más amable, fue sólo debido a la reciente muerte de Stalin (su sucesor, Khruschev, acababa de ocuparse de ahogar a sangre y fuego –es decir, con irreprochables métodos stalinistas- una manifestación pro-stalinista en Georgia). Pero, con Stalin vivo o muerto, ambos libros describen el mismo mundo cutre y hermético característico del socialismo científico. Aseos colectivos. Peste a desinfectante. Estatuas aisladas en mitad del campo o en los arcenes de las carreteras, raramente transitadas por un vehículo que no sea militar o el carro de un campesino. Hoteles lúgubres. Gente que come en completo silencio y sin alzar la vista del plato. Grifos que gotean sin cesar. Desagües por los que no se marcha el agua. Pasaportes imposibles de visar porque no se cuenta con tinta sobre la que untar el tampón. Terror a las cámaras fotográficas…

Steinbeck definió impecablemente la URSS, en su libro, como “un enorme sistema de contabilidad”. Cierto, sí, que olvidó precisar que, en sus estadísticas y libros de cuentas, ocupaban destacadísimo lugar los porcentajes de población “sobrante”. Pero ya lo había advertido de antemano: él iba allí únicamente a tomar nota de lo que viera. Y, en un viaje diseñado por “Inturist” y consistente en visitas a plantaciones de trigo, fábricas de tanques o té o veladas de poesía, resultaría absurdo esperar que fuese a serle dado entrevistar –y mucho menos, fotografiar- a los inquilinos del gulag o las familias de los represaliados. Tómese, pues, el libro, como lo que siempre pretendió ser: un ameno recorrido turístico por la “terra incognita” que la URSS, en buena medida, era entonces para el americano medio.
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