RESEÑA
Jürgen Habermas: La constitución de Europa
domingo 05 de agosto de 2012, 17:22h
Jürgen Habermas: La constitución de Europa. Traducción de Javier Aguirre Román y otros. Trotta. Madrid, 2012. 128 páginas. 15 €
¿Qué diferencia la filosofía política (o la filosofía en general) de la divulgación de ideas oportunistas o recetas de impacto psicológico para la situación socioeconómica internacional? La filosofía (que es lo que practica Habermas) es una reflexión argumentada sobre los principios que guían el ensamblaje de sentido del aluvión de ideas circulantes. Por eso la filosofía puede propiciar nuevas construcciones de sentido que trasciendan las actuales expectativas y condicionamientos en torno a los que gira el discurso común. Por su parte, los divulgadores de ideas brillantes o recetas geniales solo alimentan el tráfico comercialmente establecido e ideológicamente limitado del pensamiento. Se trata, simplemente, de la venerable distinción platónica y aristotélica entre episteme y doxa. La episteme es el saber por causas, que es capaz de proponer la habilitación de otras causas. La doxa es tan solo la plática insustancial que baraja y rebaraja constantemente los mismos motivos de pensamiento para acabar ofreciendo las mismas combinaciones básicas de ideas estereotipadas.
La filosofía tiene otro cometido. Mientras somete a la implacable crítica de la razón las presuntas evidencias del presente, propone argumentativamente nuevos horizontes culturales de sentido. Habermas aboga en este pequeño pero impagable libro por diferenciar entre la función racionalizadora del derecho (ya acreditada desde la secularización ilustrada del poder político) y su función civilizadora, consistente en la extensión virtualmente cosmopolita de la democracia de derecho, que “despoja al poder estatal de su carácter autoritario y, gracias a ello, cambia el estado de agregación de lo político mismo”. En orden a esta distinción el autor tiende un puente entre la idea kantiana de una sociedad mundial organizada gubernalmente en aras del bien común de la humanidad, y su propia teoría de la democracia desarrollada en torno a la participación pública en el discurso político racional. La fuerza civilizadora de la democracia, extendiéndose institucionalmente a nivel global, trasciende los particularismos identitarios con tanta fuerza como los desequilibrios sociales y económicos que sumen a ingentes cantidades de seres humanos en el poder ciego la injusticia y la violencia. Y este proceso aquí delineado cuenta ya con un modelo vigente del que poder nutrirse: la Unión Europea jurídicamente instituida sobre la base del Tratado de Lisboa (al que el interés particular de los Gobiernos no deja desarrollarse en su propio espíritu, obstaculizando su despliegue con normativas reaccionarias formuladas ad hoc).
Desde la atalaya de su inmensa aportación a la filosofía moral y política de nuestro tiempo, de su compromiso sostenido con la Ilustración renovada y la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort y, cómo no, desde la vasta experiencia de su ya larga vida, Habermas nos presenta y argumenta en este libro al menos tres fecundos núcleos de reflexión para una nueva era: 1) Los derechos humanos, salvaguardados de las diferencias culturales bajo el concepto globalizador de la dignidad humana, requieren una “encarnación institucional” en una sociedad mundial constituida políticamente. 2) El esbozo de la misma ha comenzado ya a perfilarse en el proyecto constitucional de una Unión Europea más política que económica, y que debería apuntar a una democracia transnacional centrada en el poder de participación y decisión, conjuntamente, de los ciudadanos y ciudadanas (a título individual) y los pueblos de Estado. 3) Todas las fuerzas sociales y políticas de Occidente son culpables de no plantearse siquiera la conformación de la opinión pública en torno a estos retos a través de una ilustración ofensiva (que deje a un lado la indignante constricción al electoralismo mediático carente de fines y proyectos esenciales).
¿Que todo esto parece hoy utópico? La energía del octogenario Habermas reacciona de inmediato: “La comunidad internacional no puede sustraerse al cambio climático, a los riesgos mundiales de la tecnología nuclear, a la necesidad de regulación de un capitalismo impulsado por los mercados financieros o al respeto de los derechos humanos a nivel internacional. Y frente a la magnitud de estos problemas, la tarea [de la renovación democrática del orden europeo y mundial] ya casi adquiere dimensiones asequibles.”
Por José Antonio González