Síndrome de Estocolmo en la sociedad vasca
martes 21 de agosto de 2012, 20:45h
La izquierda abertzale está imponiendo en el País Vasco su relato, su narración de la historia y muy especialmente de la historia reciente. Lo hace además con todos los medios económicos y materiales que pusieron a su disposición sus buenos resultados en las elecciones locales de mayo del pasado año. Si recurriéramos a la vieja y anquilosada ideología marxista, tendríamos que contravenir sus términos y decir que la superestructura está condicionando la infraestructura, porque no son las relaciones de producción sino la ideología radical nacionalista la que está haciendo que impere un discurso que no sólo ha calado fuertemente en la sociedad vasca sino que la está transformando.
Esto no es del todo nuevo. La labor de zapa del PNV durante muchos años allanó el camino mediante una educación que ha exaltado lo vasco como algo totalmente diferenciado y contrario de lo español. Lo vasco y lo español se presentan en el discurso oficial del nacionalismo –al igual que se hace en otras regiones y que hacen los nacionalistas españoles radicales– como dos orbes antitéticos cerrados culturalmente, aunque sea una evidencia que si hay algo que caracteriza a las culturas es su permeabilidad, por muy herméticas que éstas sean. Ahora le ha tocado otra vez a los toros ser la diana de las diatribas. El Ayuntamiento de San Sebastián quiere prohibirlos, en el fondo, aunque los representantes de Bildu enmascaren su propuesta con retórica ecologista, porque ven en esta fiesta un reflejo de la imposición española sobre la cultura vasca. Olvidan que uno de los orígenes de la moderna tauromaquia está en el país vasconavarro, donde se configuró un biotipo particular de toro bravo.
Toda construcción nacional es una invención en la que la mitología y la historia se entremezclan para proyectar un futuro. Más allá de las adulteradas visiones históricas que se enseñan en las Ikastolas y que durante decenios se han transmitido en los medios de comunicación vascos controlados por los nacionalistas, hay que insistir una vez más en que la nación española no se entiende sin la aportación vasca. Lo español es una simbiosis activa de las distintas nacionalidades y regiones que integran el actual Estado, sin olvidar la importantísima aportación americana a la configuración de la nación española, que, como cualquier nación, no es un pasado esencializado en unos principios sino una sociedad que tiene un proyecto de futuro, el cual parte, críticamente, de la razón histórica que hay tras de sí. La identificación que algunos miembros de la llamada Generación del 98 como Azorín, junto al Ortega de España invertebrada con aquel famoso “Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho”, y la exaltación durante el nacionalcatolicismo franquista de una visión sesgadamente castellanista de la España imperial han contribuido también, ¡y mucho!, a que se malentienda lo español y se estudie e interprete de una forma más compleja.
No quiero aquí darle vueltas a la historia, aunque sea a lo que me dedico profesionalmente y piense que haya que hacerlo en profundidad, sino aportar desde fuera una reflexión para el presente y para el futuro del País Vasco. Quiero destacar precisamente este “desde fuera” porque el nacionalismo de cualquier sesgo insiste en que la solución de los problemas tiene que gestarse en el ámbito local, interno, como si las cosas sólo pudiesen ser entendidas desde dentro, sin ser conscientes de que muchas veces es necesario ampliar la perspectiva, analizar las cuestiones con cierta distancia y escuchar otras experiencias. El nacionalismo radical se ahoga –y lo que es peor: intenta ahogar todo lo que entiende como propio–, en el infantilismo de “lo mío”.
Volvamos al comienzo del artículo: la izquierda abertzale está imponiendo en el País Vasco su relato, su narración de la historia y muy especialmente de la historia reciente. Parece que muchos vascos se creen el discurso de que la izquierda abertzale ha traído la paz y está propiciando la llamada “normalización política”. Nada más lejos de la realidad. Da la impresión de que muchos vascos sufren el síndrome de Estocolmo y han interiorizado las ideas de los que han impedido la verdadera normalidad política en el País Vasco siendo los secuestradores de sus derechos y libertades durante largos años mediante el uso de la violencia terrorista, que iba de la presión social al asesinato. No lo olvidemos. Hay una parte de la sociedad vasca que parece estar agradecida a la izquierda abertzale de que ya no haya atentados, y quiere echar al olvido el trágico pasado reciente. Mas interiorizar el discurso de la izquierda abertzale es tanto como agradecer al verdugo que ya no nos mate y que nos deje pensar libremente y ejercer democráticamente nuestro derecho al voto. Los dirigentes de la izquierda abertzale no tienen ningún inconveniente en jugar con las contradicciones de sus palabras y sus hechos en beneficio de sus intereses de imposición de una ideología –no lo olvidemos tampoco– totalitaria: pueden ir por la mañana al homenaje a un empresario vasco asesinado por ETA para atraerse a la burguesía pudiente o dar imagen de concordia –aunque seguramente no vayan nunca a un homenaje a un guardiacivil andaluz asesinado por los terroristas– y por la tarde estar defendiendo que se excarcele a criminales que llevan en sus sanguinarias mochilas varios muertos porque sus crímenes “sólo” respondían a una lucha política de gudaris patriotas.
Los dirigentes del PNV, que siempre pensaron ser los beneficiarios de la “normalización política”, están ahora asustados porque ven que los que movían el árbol –Arzallus dixit– van a recoger también los frutos electorales si no hay un cambio en la tendencia de voto que reflejan las encuestas. Es difícil que, más allá de las críticas a lo evidente, a la violencia, los peneuvistas sean capaces de distanciarse del discurso antiespañol de la izquierda abertzale, que en gran medida comparten. Por eso insisten en la supuestamente necesaria normalización política, cuyo objetivo último sería la independencia, pero cuyo medio es que el nacionalismo vasco impere a sus anchas en el País Vasco. No aprenden de aquel gran vasco que fue don Miguel de Unamuno, quien en los Juegos Florales de Bilbao en 1901 ya les dijo que “gran poquedad de almas arguye tener que negar al prójimo para afirmarse”.
Entretanto, el PSOE gobernante y el PP sustentante del Gobierno hasta hace unos meses siguen desconcertados y no son capaces, ninguno por su cuenta ni los dos juntos, de construir un discurso alternativo que cale en la sociedad vasca, un discurso ajustado a la realidad histórica, sobre todo a la más próxima, y alejado de las vacías retóricas de los nacionalismos excluyentes. Pues nada, políticos de vista corta, sigan haciendo la política que saben hacer, la del enfrentamiento constante, y sigan pegándose mientras una parte de la sociedad vasca, supuestamente liberada por los que la han tenido secuestrada durante años y no por la presión de las fuerzas de seguridad del Estado y por la política antiterrorista de los distintos gobiernos, interioriza el mensaje de sus opresores.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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