Neil Armstrong
domingo 26 de agosto de 2012, 14:01h
Recuerdo mi diccionario de primer año de primaria, cuidadosamente forrado y para usarse en el curso 77-78, en el cual se incluía en sus estampas profusamente ilustradas a colores, a la fotografía oficial de la mítica misión encabezada por Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, acompañado de Collins y Aldrin, integrantes de la tripulación del afamado Apolo XI, ya legendario. Armstrong ha muerto el 25 de agosto de 2012, a los 82 años, recién cumplidos.
Mi generación aprendió de memoria sus nombres: Armstrong, Collins y Aldrin. De cuando en cuando y en muchos libros de Historia, era inevitable encontrar sus rostros o la imagen del afamado astronauta colocando la bandera de las barras y las estrellas en el suelo selenita o la famosa huella estampada en la superficie lunar. Tamaña hazaña lo ameritaba y creo que el mundo aún no se recobra del asombro que le causó aquella inolvidable proeza, efectuada a finales de los años sesenta del siglo anterior. ¿Por qué ir a la Luna? porque está allí, se dijo. Fue el reto lanzado por Kennedy en plena Guerra Fría y aquel trío encabezado por Armstrong, la alcanzó.
Ha muerto la principal figura de aquel portentoso suceso, que es uno de los iconos más celebrados del siglo XX; un hecho que suele incluirse en la mayoría de las antologías históricas de la pasada centuria, independientemente de la nacionalidad del autor que las escriba. Como pocos acontecimientos memorables, se propala siempre la llegada del Hombre a la Luna y su caminar sobre aquel lejano sitio, y pocos momentos en la Historia pueden presumir de ser siempre mencionados y de que se les otorgara el rango que les corresponde: aquel andar ocurrido el 21 de julio de 1969 involucraba a la Humanidad al completo.
Por eso, por su importancia y su trascendente significado, no ha muerto cualquier persona. De ninguna manera y por eso es importante reflexionar acerca de su desaparición.
El descenso de Armstrong tenía por precedente al 20 de julio de 1969, una de esas fechas que guardan un sitio especial en los anales de la memoria humana. Tal jornada, el primer alunizaje, es equiparable a un 14 de julio de 1789 o a un 12 de octubre de 1492. Ni más ni menos. Y su principal protagonista ha muerto. Por eso nos significa tanto y nos entristece. Considero que el 21 de julio de 1969, la fecha que inmortalizó a Armstrong al efectuar su caminata, también merece ser una efemérides de órdago y de aprendizaje ineludible.
Y desde entonces siempre habían estado los tres expedicionarios para apreciar, suponemos, los avances de la era espacial de la que forman parte imborrable y en la que inscribieron sus inmortales nombres. Particularmente el del ahora fallecido. Desde entonces las sondas viajeras, los taxis espaciales, las misiones a Venus, la estación espacial permanente soviética, los progresos de la Agencia Espacial Europea y de China en ese mismo rubro, o la creación de la ciudad espacial, junto con los artefactos posicionados en la superficie de Marte, solo han sido nuevos apasionantes capítulos de la exploración del Espacio; ello mientras redibujábamos nuestro sistema solar renombrando a sus más insignes componentes, degradando a condición de ‘planetas enanos’ a los ya consagrados o se descubrían más anillos a Saturno o nuevos satélites a los otros planetas. ¡Cuántas lunas han pasado desde aquel descendimiento histórico de fama universal! Y Armstrong ya no estará con nosotros para seguir los nuevos avances que se añadan.
Recuerdo que cuando en julio de 2009, en el cuadragésimo aniversario de aquella epopeya, fue recibido por el presidente Obama en la Casa Blanca junto con sus compañeros de viaje –que así los homenajeaba– pensé que sería quizás la última ocasión en que se encontrarían los tres y podríamos verlos juntos. Era una premonición que se ha cumplido, tristemente. Recordaremos aquellas fotos de Obama y Armstrong charlando amenamente. Al fin y al cabo, Obama también fue el primero en varios rubros, solo que más cerca, aquí en la Tierra.
Apenas hace una semana escasamente, exponía a ustedes mi interés por la aeronáutica y mi atracción por el viaje prodigioso del Curiosity y ahora comparto esta ausencia, que en verdad lamento, pues acaso parecía que pasara lo que pasara, allí estarían siempre aquellos intrépidos y admirados viajeros espaciales. Nada es eterno, qué duda cabe. Comparto lo escrito por mi amiga Alexia, quien esta tarde-noche de sábado en México, expresa en las redes sociales: “recuerdo como saltaba en la Luna...y pensaba en ese momento: ¿cómo le hace para rebotar?…”; pues eso mismo me preguntaba yo al ver aquellas imágenes en inevitable blanco y negro. El primero de esos colores derivado de su traje de cosmonauta y el segundo, por el inmenso Espacio exterior como fondo.
Mi madre me contaba que causó un gran revuelo, una enorme y gran expectación todo aquello y recordemos que en los setenta sin duda, gracias al auge provocado, el cine y la televisión impulsaron series en torno al espacio sideral o partían de las proezas espaciales que generó aquella colosal odisea de Armstrong desplazándose por la corteza lunar. Alguna vez leí que también causó cierta decepción ver los pedregosos, desapacibles y yermos planos satelitales. Eso de que la Luna era de queso, pues ni eso. Se mató a otro mito, acaso sin quererlo.
De este personaje al igual que de sus compañeros, tal vez no sepamos nada más y es posible que no nos haga falta saberlo. Acaso queda decir de este ilustre estadounidense que había nacido en Wapakoneta, en Ohio y que murió en su capital, Columbus. Tenía 38 años cuando descendió del ya memorable Apolo IX y que en efecto, siempre se destacó por su sencillez, pese a descollar en la Historia, a la que ahora pertenecerá por siempre.
Yo soy de quienes sí acepta que el Hombre llegó a la Luna. Sé que siempre son más atractivas las conspiraciones y las elucubraciones que seducen por sí mismas al gran público y salpimientan nuestro imaginario insaciable. Lamento decepcionarles al no secundar a más de uno. Es que si no fue, en una de esas quizás ni Colón existió y entonces a saber desde dónde le escribo ahora, que no sea América.
Yo no fui contemporáneo de Colón, pero si de Armstrong, por decirlo de alguna manera. Para mí se ha ido una gran figura de la Historia y con eso me quedo. Solo me pregunto quién le avisará a la Luna que se nos ha muerto su egregio visitante. Quizás sea mejor que no se entere, para que cada noche allí, puesta en el firmamento, la enigmática nos siga deslumbrando sin reparos. Es cuanto.