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Integrismo en Pakistán

domingo 02 de septiembre de 2012, 09:00h
Las imágenes de talibanes paquistaníes mostrando las cabezas de trece soldados recién capturados son sólo una muestra más de la barbarie que envuelve al fundamentalismo islámico. Con todo, no es ésta su única cara; hay otra, en cierto modo “institucional”, igual de perversa. Su principal exponente es la llamada “ley de blasfemia”, una cruel herramienta para depurar todos aquellos que no son musulmanes.

Asia Bibi era continuamente importunada por su condición de cristiana, hasta un día en que tuvo la desdicha de responder “es Cristo quien ha muerto por mí, no Mahoma”. Eso le supuso ser acusada de blasfemia y condenada a morir ahorcada, aunque la sentencia aún no se ha ejecutado. A día de hoy, es la misma suerte que puede correr Rimsa Maíz, una niña de 13 años disminuida psíquica. Cogió unos papeles de un basurero cercano para encender fuego en la cocina de su casa, con la mala suerte de que alguien había escrito en ellos alguna frase religiosa. Y Rimsa es analfabeta.

Son los dos casos más conocidos aunque, desgraciadamente, no los únicos. El gobierno de Pakistán permite la ley de blasfemia porque goza de un cierto respaldo social, y porque así cree contentar a los sectores más radicales. Pero sus efectos son tanto o más deleznables que el propio terrorismo talibán. Contra esto último la solución pasa fundamentalmente por la vía militar, pero no así contra la ley de blasfemia. Es aquí donde la comunidad musulmana tiene que tomar partido; bien por el sentido común, bien por el integrismo. No hay más opciones.
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