La burbuja nacionalista
lunes 03 de septiembre de 2012, 20:43h
Los nacionalistas catalanes no ganan para sorpresas ni para disgustos. Ahora una de esas agencias que toman el pulso –e influyen- en los mercados, determinando, en definitiva, quiénes pueden o no pueden endeudarse y en que condiciones, les ha echado un jarro de agua fría en la cabeza, barretina incluida, rebajando los famosos “bonos patrióticos” hasta el nivel de la basura, junk, que dicen en Wall Street. Standard & Poors no ha parado ahí sino que ha señalado como causa principal de esa decisión la pretensiones del gobierno regional de obtener un sistema de financiación propio, lo que los nacionalistas llaman el pacto fiscal que, se sepa, no ha sido pactado con nadie salvo con ERC y demás componentes de la cobla. Estas actitudes, añaden también los de S&P, afectan directamente a la credibilidad del Estado y de su Gobierno que, como acaba de recordar Rajoy, responde por todas las finanzas españoles. Hacia afuera y hacia esos mercados que nos financian y con los que nos endeudamos, España tiene una sola cara que es la del Gobierno de la Nación.
Ocurre esto a los pocos días de que el gobierno de la Generalidad haya pedido al Estado un cuantioso rescate que supone, más o menos, la tercera parte del fondo previsto para el conjunto de las comunidades autónomas. Nada sorprendente si tenemos en cuanta el despilfarro de los sucesivos gobiernos de aquella región en gastos identitarios, es decir en aquellos que tienen como objetivo último “hacer país” o, lo que es lo mismo, elevar a la categoría de dogma intangible ese ridículo lema que data al menos de 1992, el año de los exitosos Juegos Olímpicos de Barcelona, según el cual “Catalonia is not Spain”. Lo sorprendente han sido las formas con que se ha pedido ese rescate: Sin condiciones políticas porque, según ellos, “solo pedimos lo que es nuestro”. Afirmación insostenible, primero porque cuando te prestan siempre hay condiciones y segundo porque los territorios “normales” no le dan nada al Estado, son los ciudadanos que habitan en esos territorios los que contribuyen a las necesidades comunes de acuerdo con lo que establecen las leyes fiscales del Estado. Claro que, para salir al paso de esta obviedad, los nacionalistas catalanes se han inventado eso de las “balanzas fiscales”, concepto estúpido donde los haya que rechaza cualquier hacendista serio.
Y todo esto ocurre en vísperas de la Diada catalana, el Día “Nacional” de Cataluña que nunca he sabido qué es lo que celebra. En aquel lejano 11 de septiembre, Cataluña no ganó, pero tampoco perdió. Solo perdió un pretendiente al trono de España, el Habsburgo, frente a otro, el Borbón. Ya es complicado celebrar la fiesta “nacional” el día en que se dilucidó quien iba a ocupar el trono de un país, España (incluida Cataluña, claro está), que, precisamente es el país del que los nacionalistas “soberanistas”, que ahora parecen ser la mayoría (de los nacionalistas, no de los catalanes), quieren independizarse. Poca imaginación, además, celebrar una derrota, que en realidad no fue tal, salvo para el austriaco. Y encima para que tres siglos después, el año 2001 –ironías de la historia- haya marcado para siempre el 11 de septiembre como la fecha nefanda que simboliza el apogeo de la destrucción y del salvajismo.
No hay nada más absurdo, pero tampoco más peligroso que inventarse una historia “nacional” y, además, creérsela. Cataluña no ha sido nunca un Estado ni tampoco existió nunca la “confederación catalano-aragonesa”, uno de los inventos de los historiadores nacionalistas. Cataluña formaba parte de la Corona de Aragón, como parte, sin duda, importantísima, pero ni siquiera dentro de esa entidad fue reino, como si lo fueron Mallorca o Valencia. Por eso el lema de “Cataluña, próximo Estado de la UE”, es una solemne sandez. Y desde Bruselas ya les han dicho que de eso, res de res.
El mejor historiador catalán del siglo XX, Jaume Vicens Vives, de impecables credenciales catalanistas, en su libro Noticia de Cataluña, oportunamente reeditado por Destino este mismo año 2012, tras referirse a las aportaciones catalanas al conjunto español durante el siglo XIX (“No puede dudarse hoy de esta misión hispánica de la Cataluña del siglo XIX”) afirma que “la explosión nacionalista de comienzos de siglo [XX]…comprometió más que favoreció tales proyectos de comunitarismo hispánico”. Escrito en 1960 y no exento de críticas a unos y otros que todavía siguen vigentes, Vicens afirma que “Castilla y Cataluña siguen siendo los polos y las pilastras del porvenir de las Españas”. Y ya en la última página, después de haberse referido a la “voluntad de ser” de los catalanes, escribió con lucidez: “Decimos Cataluña como quien dice Castilla y Francia; pero nuestros recursos demográficos y económicos –incluso, en última instancia, los morales- son muy inferiores. Debe tener en cuenta –añade- esta impotencia coercitiva [la cursiva es suya] de Cataluña antes de animarse a emprender acciones redentoras”. No estaría de más que los nacionalistas de hoy tuvieran en cuenta estas sabias reflexiones. Porque si algo es cada vez más evidente es que nuestros males no vienen solo de la denostada burbuja inmobiliaria cuya explosión casi nos lleva a todos por delante. Hay también una burbuja nacionalista sobre la que habrá que reflexionar más detenidamente.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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