Rajoy: el descrédito de la política
martes 11 de septiembre de 2012, 21:09h
La entrevista televisiva que ayer ofreció Mariano Rajoy es un claro ejemplo de por qué la política está tan desacreditada entre los ciudadanos. Lo que hizo el presidente del Gobierno ante las cámaras de TVE1 en horario de máxima audiencia es una muestra más de una forma de hacer política que lleva al descrédito de la misma, aunque Rajoy mostrase aplomo y convicción en la mayoría de sus afirmaciones. Después de casi nueve meses de gobierno, durante los cuales Rajoy ha dado muy pocas explicaciones de su política, ni siquiera en sede parlamentaria, excepto las insustanciales sesiones de control al Gobierno los miércoles, se esperaba algo más de la entrevista que ofreció anoche la televisión pública.
Se ha criticado mucho la política de comunicación de Moncloa por la falta de agilidad de Rajoy en dar respuesta a situaciones comprometidas de la economía española. Recordemos, por ejemplo, su mudez y su huida ante los micrófonos de los periodistas en el Senado un día de abril en que la prima de riesgo se disparaba a niveles inasumibles y la bolsa española se desplomaba. No ha sido el único momento en el que Rajoy parecía no saber qué decir. Además, con la excusa de que llevaba pocos meses de Gobierno, no quiso celebrar el debate del Estado de la Nación, que es la discusión parlamentaria sobre política general más importante del año, sustrayendo a las fuerzas políticas y a los ciudadanos uno de los momentos más importante para la democracia. También, Rajoy aprovechó una sesión parlamentaria, en la que explicaba los acuerdos tomados en Europa sobre el rescate bancario, para anunciar grandes recortes presupuestarios en temas tan sensibles como la sanidad y la educación sin que el formato permitiese a la oposición hacer bien su trabajo, en vez de ofrecer un debate profundo sobre unas políticas que suponían un cambio radical no sólo respecto al programa con el que el PP se presentó a las elecciones generales sino respecto al proyecto que Rajoy defendió en su investidura.
Sus asesores parecen haberse concienciado de la pérdida de imagen que hechos como éstos ocasionaron en la credibilidad del presidente. La entrevista de ayer debía suponer un giro en la política de comunicación de Moncloa, pero para eso había que tener algo nuevo que decir. Lo que expuso ayer Rajoy –en resumen: que es necesario reducir el déficit público y cumplir los compromisos sobre la cuestión adquiridos ante las autoridades europeas–, debía haberlo explicado con rotundidad, solemnidad parlamentaria y largueza hace meses. A día de hoy este mensaje ya es sabido y lo ha asumido la casi totalidad de los ciudadanos, porque de una u otra forma la cantinela es la misma no desde que Rajoy gobierna sino desde aquel fatídico mayo de 2010 en que Zapatero dio un giro radical a su política.
Rajoy podría haber añadido ayer alguna explicación más concreta de los recortes gubernamentales y las subidas de impuestos. Por ejemplo, podría haber señalado por qué se ha recortado en determinadas materias y no en otras o por qué el Gobierno piensa que puede recaudar más de determinados ingresos y no de otros. Debería haberlo hecho por propia iniciativa, aunque no se lo hubiesen preguntado unos periodistas, que, dicho sea de paso, aunque representaban a una gran variedad de medios con perspectivas políticas distintas, no le pusieron apenas en aprietos a pesar de la difícil situación que atraviesa nuestro país y de la incongruencia entre las políticas del Gobierno y su discurso cuando era oposición. Rajoy ni siquiera marcó lo que venimos en denominar líneas rojas que no traspasaría si se pidiese el rescate o si se viese obligado a proponer nuevos recortes presupuestarios para conseguir cumplir con la cifra de déficit acordada con Bruselas. Se contentó con insistir en el mantra de que no se puede gastar más de lo que se ingresa, lo cual puede ser cierto en determinadas circunstancias como las actuales, pero con tales políticas ni los individuos, ni las familias, ni las empresas, ni los estados podrían nunca acometer proyectos de envergadura. Además, por muy de capa caída que estén las políticas keynesianas en determinados ambientes autollamados liberales, es innegable que algunas políticas públicas bien diseñadas pueden incentivar el crecimiento del PIB y la subida del empleo, algunas incluso sin grandes costes directos sino por medio de incentivos. Los propios autollamados liberales lo hicieron al comienzo de la crisis, por ejemplo en Estados Unidos, para salvar a la banca, que parece que es lo único que interesa rescatar en esta crisis y no a los ciudadanos concretos. Lo importante de estas políticas públicas es endeudarse para afrontar tales proyectos en la medida en que resulte factible asumir dichas deudas, que es lo que no se hizo en los años anteriores y cuyas consecuencias ahora estamos pagando. Es ciertamente difícil hacer hoy estas políticas públicas dado el peso de la financiación de nuestra deuda, pero precisamente lo que debe hacer un Gobierno es elegir entre las posibilidades que las circunstancias permiten y plantear qué políticas son asumibles en el presente para proyectar así un futuro mejor. Pongamos un ejemplo: el coste energético en España es altísimo desde hace décadas y ningún Gobierno ha tomado medidas radicales al respecto. Éste se ha vuelto a enzarzar en discusiones ministeriales, mientras los ciudadanos, las empresas y las administraciones públicas siguen pagando un alto precio por la energía consumida, con el agravante de que eso afecta a la competitividad de la economía española.
El presidente del Gobierno no planteó ayer ningún programa de futuro, ni dio ningún mensaje que resulte esperanzador a los más de cinco millones de parados, o que motive a las grandes empresas y a los pequeños y medianos empresarios a invertir, o a las familias a consumir y realizar inversiones a largo plazo, o a los inversores extranjeros a invertir en España. Rajoy insistió en la política de austeridad, la cual tienen ya asumida por convicción o imposición casi todos los españoles, y, en cambio, no dio ninguna esperanza ni señaló alguna vía que permita vislumbrar el final de la crisis. ¡Tras casi nueve meses de ejercicio del poder!
Que en varias ocasiones se sintiese obligado a recordar que es el presidente del Gobierno, dejó la impresión de que él mismo tiene que autoconvencerse de lo que tan alta responsabilidad representa. Ampararse en su holgada mayoría parlamentaria, no es suficiente argumento. Hace falta un proyecto de futuro, un plan coherente como el que Rajoy tantas veces reclamó a Zapatero. Y hace falta, como hemos reclamado ya en varias ocasiones y vienen reclamando tantos analistas, intelectuales, empresarios, sindicalistas y representantes de los partidos de la oposición, consensos básicos para salir de la crisis y para que la política, que debe ser la gestión para la resolución de los problemas sociales e idear proyectos de futuro, no se convierta en un problema más.
|
Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
|
|