¿Realmente está dispuesto Mas a asumir las consecuencias de una secesión?
miércoles 12 de septiembre de 2012, 00:33h
Ayer tenía lugar en Barcelona una multitudinaria manifestación con motivo de la Diada, con la secesión como telón de fondo. De un tiempo a esta parte, el nacionalismo catalán ha radicalizado su discurso secesionista y habla ya sin tapujos de Cataluña como “el nuevo estado de Europa”. Lástima para ellos que tal cosa sea de todo punto imposible; fundamentalmente, porque lo prohíbe el Tratado de la Unión. Dicho tratado establece las normas que regulan el funcionamiento de un selecto club del que son miembros 27 países. Otros muchos se hallan en lista de espera, sabedores de las ventajas que comporta ser un estado miembro de la Unión Europea.
Libre circulación de personas, capitales y mercancías, acuerdos jurídicos en diversas materias -Euroorden en materia penal, por ejemplo-, moneda única, tratados internacionales con el peso específico que da la fuerza de 27…todo eso es lo que perdería Cataluña si deja de formar parte de España. Porque salir de España es también salir de Europa; tal es el primer efecto que traería indefectiblemente aparejada la independencia. Ya le pasó a Argelia cuando dejó de ser parte de Francia en 1962. Y por cierto, no hay más que ver cómo le va actualmente a cada uno de los dos países.
¿Qué significa esto? Pues que los nacionalistas deben terminar por entender algo que va más allá de las preferencias políticas para situarse en una proposición de lógica elemental: la realidad no se acomoda al pensamiento contrafactual del cual parece partir su razonamiento. Una secesión provoca toda una cadena de reacciones que hacen que la realidad se acomode de otra manera en todos sus aspectos. La idea de “yo me independizo y todo lo demás sigue igual”, no es una hipótesis sostenible. Es al revés: nada sigue igual; todo cambia. Porque, los demás también se independizan. Y, para empezar, votarán lo que les venga en gana en los organismos internacionales y desarrollarán las políticas que les parezcan. En todo. Ello no es una amenaza. Es la realidad. Y, en este sentido, parece que las cosas han llegado a un punto en España como para que empecemos a hablar claro, de modo que cada uno asuma las responsabilidades de las políticas de que alardea y promueve.
La Generalidad está prácticamente quebrada por la gestión del tripartito. La máxima prioridad del actual ejecutivo autonómico catalán debería ser, pues, la de revertir esta situación en lugar de marear la perdiz con soflamas independentistas. Además, Cataluña forma parte de un todo donde también hay riojanos, andaluces o gallegos, todos con el mismo grado de españolidad. España no es una confederación de regiones, condados y principados. Es una república (coronada) de ciudadanos, individuos, libres e iguales, como recordaba hace doscientos años en Cádiz Antonio de Capmany, un diputado catalán. En consecuencia, la eventual secesión de un territorio español correspondería decidirla no sólo a los habitantes de dicho territorio, sino a los de todo el estado en su conjunto. ¿Realmente es esto lo que quiere Artur Mas? Seguramente no, y quizá por ello no se atrevió ayer a dar la cara públicamente en la manifestación.