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Esperanza

Cristobal Villalobos Salas
domingo 23 de septiembre de 2012, 19:08h
Hay pocas personas en España a las que se les identifica de forma inmediata simplemente al escucharse su antropónimo. En tiempos pretéritos, todavía no olvidados por muchos, unos de esos personajes fue el fundador de Falange que, a pesar de su enraizado y aristocrático abolengo, sólo necesitaba, para ser reconocido en todos los rincones del país, su nombre de pila: José Antonio. Al “Ausente” el franquismo le hizo tal campaña de marketing post mórtem, que los niños de aquella época tomaban su nombre en homenaje. Tal fue el éxito que, hoy en día, uno de ellos preside una autonomía. Aunque ahora prefiere que le llamen Pepe y se alíe con unos señores de pretensión comunista y traje de los domingos.
Identificar a alguien, en el panorama político o informativo, por alguno de sus apellidos, es algo muy normal, ahí están Rajoy, Zapatero o Aznar, pero que se diga su nombre propio, común a miles de españoles, y todos piensen en una persona, es sólo un privilegio al alcance de ciertos personajes. En el deporte está Iker, en la política Esperanza.

Tras décadas subida al carro del poder, dicen que engancha, a la “lideresa”, apodada así por los lameculos de partido, aquellos que ascienden pero nunca liderarán más que el escalafón del mamoneo, le ha dado por dimitir. De golpe, sin previo aviso. Como un porrazo en la mesa de la política nacional. Rápido, los analistas, que no se husmeaban lo más mínimo, apuntan a motivos personales, al hartazgo, al enfrentamiento con Génova, a Eurovegas, a Cataluña… Que no tienen ni idea, vamos.

En un país acostumbrado a que la política sea el oficio de los truhanes, los charlatanes y los embaucadores, a nadie le entra en la cabeza que alguien dimita por voluntad propia. Quizás estén en lo cierto. Quizás se haya visto forzada, quizás nos vuelva a sorprender. O quizás no. Muchos tienen ya la esperanza de que “Espe” regrese de su retiro, más temprano que tarde, y ponga orden. Se olvidan de que esto no hay dios que lo arregle. Ni que lo entienda.

Rajoy desfila soso y descompuesto ante los carabinieri. Cree que subirá las pensiones, sigue mareando el rescate y hace como que juega a lo mismo que Franco, a no meterse en política. Impronta gallega, se le supone. Gallardón, feliz y aliviado, brinda junto al Gran Wyoming por el fin de su contrincante, olvidando que se le fue la juventud y el futuro en la contienda fratricida. Wert intenta, por enésima vez, adecentar la educación española, con la ventaja de que resulta difícil empeorarla. Mientras, los franceses salvan y protegen nuestra fiesta nacional ante la indiferencia del respetable. A ver si se apropian también de nuestras deudas. O nos rescatan. O lo que sea.
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