Artur Mas, escenificación del agravio
jueves 27 de septiembre de 2012, 20:47h
En sus Cartas marruecas José Cadalso, hablando del orgullo español y la vanidad de los hidalgos de aldea, observa la propensión española a pedir dinero de forma tan altanera, que llega, en ciertos casos, a insultar al mismo a quien poco antes se suplicaba. Y pone en boca de su personaje Gazel la siguiente afirmación: “Hay un proverbio por acá que dice: ‘El alemán pide limosna cantando, el francés llorando y el español regañando’.” Este rasgo del temperamento castizo no es una cualidad pintoresca del pasado, sino una actitud con plena vigencia. Tenemos un ejemplo flamante. Acaba de ofrecérnoslo el señor Artur Mas presentándose en el Palacio de la Moncloa a solicitar ayuda económica en el más clásico –y rancio- estilo hispánico de pedir dinero renegando y regañando.
Es algo que viene haciéndose desde que las arcas catalanas se ven en la necesidad de acogerse al Fondo de Liquidez Autonómico y que se repite cuando se reclama una independencia fiscal. Desde que el Tripartito tiró la casa por la ventana y dejó la deuda de Cataluña al nivel de bono basura, el nacionalismo radical se ha metido en una ratonera laberíntica de muy difícil salida, renegando de España al mismo tiempo que necesita una cuantiosa financiación de esa misma España a la que no deja de zaherir.
Un contrasentido que se da de bruces contra la más elemental lógica de la realidad y del que el presidente de la Generalitat pretende salir por elevación: no solicitar ayuda, sino demandarla. Exigirla con un tono de ordeno y mando acompañado de un sermón repleto de recriminaciones. Para ello diseñó una calculadísima escena teatral en la que sólo cometió un único y decisivo error. Todo estaba premeditado al milímetro, la llegada a La Moncloa, la respuesta negativa de Rajoy a una secesión fiscal, el posterior mensaje apesadumbrado, pero firme, en una “embajada” catalana en Madrid, el retorno a Barcelona para envolverse en patrióticas banderas “esteladas” de un grupo pequeño, pero muy compacto, organizado previamente para dar una imagen de relumbrón en las televisiones autonómicas bajo su control. Era la prevista escenificación del agravio.
Sin embargo su lenguaje corporal, que con frecuencia habla con más veracidad que los discursos diseñados por asesores, le traicionó, arruinando toda la representación escénica. Rajoy no bajó ni un peldaño para tenderle la mano y Artur Mas colocó en su rostro esa teatral máscara rígida y antipática del agraviado que no concede ni una leve sonrisa a su anfitrión. Error de principiante. Cualquier director de escena le habría aconsejado: “Llegue usted, primero, con una sonrisa en la boca y un semblante ilusionado. Y deje para después el gesto duro y desairado, a la salida, para cuando lleve bajo el brazo el no.” Si Artur Mas llegó, de primeras, con el rostro despectivo es porque sabía la contestación de antemano, en un libreto victimista que él mismo había escrito de su puño y letra con antelación. Todo era una representación mal interpretada, un pequeño sainete sin gracia para los Telediarios, como tantos otros ha habido en la historia de España, a veces con tristes consecuencias. A su vuelta a la Plaza de Sant Jaume, al pasar entre las banderas, el lenguaje gestual de Presidente de la Generalitat era de nuevo rígido, agobiado, tenso, como quien ha dado varias zancadas dentro de la ratonera y ha perdido de repente la brújula que le indicaba por dónde salir.
Una preocupación sobradamente justificada. Las cuentas no salen. Las premisas en que se basan sus exigencias fiscales son indefendibles, pues parece desconocer que pagan impuestos a Hacienda las personas, no los territorios. El cuerno de la abundancia que prometen los secesionistas es sólo humo detrás de cual sólo aguarda el batacazo de una durísima bancarrota fuera del euro. Espejismos así son muy traumáticos.
Después de esto a Artur Mas le quedaban dos opciones para intentar salir de ese angustioso atolladero. Una, dejar de hacer teatro, negociando con sensatez y sin aquellos talantes altaneros más propios de hidalgos de aldea. La otra –por la que parece decantarse ahora, al precipitar un adelanto electoral-, es adentrarse aún más en el laberinto que él mismo se ha creado, multiplicando las puestas en escena teatrales de un supuesto agravio a Cataluña. Se intuye un próximo drama épico en el Parlamento salido de las urnas, exigiendo o declarando la secesión, una pieza teatral que tiene todos los visos de terminar siendo una tragicomedia del absurdo. También se entrevé que esa tragicomedia será acompañada de una escenificación de “teatro de masas” al estilo de la última Diada, en un modelo escénico tan querido por Piscator o Meyerhold en los peligrosos años treinta del siglo XX. Sólo que Artur Mas ha demostrado ser un pésimo director de escena, de modo que ese teatro de masas tiene todas las papeletas para desembocar en una pura y simple acción directa que se escapa a cualquier orquestación.
Alguien debe salvar a Artur Mas de sus deplorables libretos. Que deje el teatro a los profesionales. Mientras tanto, resulta urgente desenmascarar de una vez por todas la machacona tesis que les anima, centrada siempre en dolerse de un imaginario agravio contra lo catalán. Algo que está amenazando con crear una cierta insana manía persecutoria en sectores de una población con los nervios rotos por la crisis.
Es importante combatir esas piezas teatrales nacionalistas antes de que provoquen una auténtica paranoia colectiva. Jugar a aparentar ser víctimas, sin serlo, ha sido una estrategia muy peligrosa en muchos lugares del mundo. Contra ella nos prevenía el filósofo Pascal Bruckner en su clarividente ensayo La tentación de la inocencia, donde nos alentaba a no ceder “ante los impostores de todo tipo que se apropian del discurso victimista.”
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Profesor universitario y crítico
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